Copyright © By Blas F.Tomé 2021
30 de agosto de 2021
En busca de "otra" Marlene Dietrich
28 de julio de 2021
Georgia y Armenia
En Gori, Georgia, nació Stalin, uno de los mayores enemigos de los georgianos, según algunos críticos. En Georgia nació, también, Eduard Shevardnadze, presidente de su país entre 1995 y 2003. Anteriormente, había ejercido las funciones de ministro de Asuntos Exteriores de la Unión Soviética bajo la presidencia de Mijaíl Gorbachov desde 1985 hasta la disolución de dicho país en 1991. Shevardnadze vino a paliar, en parte, los desmanes, abusos y terribles envestidas que los soviéticos, personificados en Stalin, cometieron con los georgianos.
El monte Ararat, en Armenia, es el lugar que, según el Génesis, sirvió de puerto, después de 40 días y 40 noches de lluvia, al arca en el que Noé y su familia se salvaron del castigo divino. En casi todas las fotografías, las nubes rodean esa cumbre; unas nubes que lo convierten en un lugar de apariencia inaccesible.
Estos dos países
con tan larga historia y con tanto acervo cultural serán el destino próximo del
viajero insatisfecho.
Llegará a Tiflis,
capital de Georgia, y regresará desde Ereván, capital de Armenia. En medio
prevé largos recorridos en medios de transporte locales, marshrutkas, minibuses o trenes. Ojea y hojea la guía de Lonely
Planet y se encuentra con nombres como Stepantsminda, Dedoplis Tskaro, Svaneti,
Khevsureti, Kajetia o Tusheti que le suenan ‘a chino’. Y se pregunta por
primera vez: “¿dónde me voy a meter?”.
Así escriben los georgianos:
Y así los armenios:
Complicado, ¿verdad?.
La mochila volverá a ser su castillo de pertenencias, su mansión transportable, su compañera de viaje, y su amiga. La tiene abandonada, dormitando o invernando desde enero de 2020, cuando regresó de su viaje a Costa de Marfil. Ganas tendrá ella y ganas tiene él.
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30 de junio de 2021
Pasión por África
África, ese país soleado del que hablan los documentales, esa realidad teñida de pobreza, de acantilados marrones, de animales con rayas y manchas, de matanzas, inmensidad verde de árboles altos y de copa plana, carreteras rojizas y personas de piel negra y brillante. Ese continente lleno de vitalidad, oportunidades e iniciativas. Esa capacidad de sus gentes para luchar contra las adversidades, para asumir decadencias, apuros y desganas. Ese África es el que va llegando al corazón. Aun sin conseguir entrar en la profundidad de su alma (¿Quién puede entrar en la cueva donde la osa cuida de sus oseznos?), dedicarle un tiempo de observación, teñida de cariño, culpa a todos de sus problemas. Siempre presentes.
¿De dónde eres?, le preguntó a aquel muchacho al atravesar la frontera entre Malawi y Tanzania. «Soy africano», contestó con orgullo, como una identidad de familia, identidad de raza y filiación de territorio, de pueblo. No dijo soy de Malawi, o tanzano. El joven africano, el adulto, la mujer o el anciano que mira de frente lucha, es consciente de su dependencia de la tierra y se siente subyugado por la naturaleza y sus tradiciones. Porque depende de sus antepasados, de los dioses de la tierra, de los seres invisibles que no acreditan existencia, y depende, también, de sus semejantes, del jefe de su poblado o del patriarca de su estirpe. Es un eslabón en la cadena que une los mandatos pasados, con el progreso del futuro. Y, si sabe transmitir, logrará penetrar en el misterio de las cosas de la vida.
El africano tiene la fuerza material, más que eso, espiritual, aprendida de niño. La mamma protege al pequeño, le alienta en su más tierna infancia y le aplaca en su juventud.
Háblame de los niños africanos, le preguntó un rapaz hace unos días. Le contestó: «Los niños en África no lloran». Le miró perplejo. Su mirada le acusaba.
África es un continente joven. El niño ha oído hablar a sus padres o a sus abuelos de la lucha por la emancipación. ¿Qué mejor enseñanza que esa? No se les ha olvidado que son púberes en libertad, o que la tuvieron y la perdieron. Ahora, hace un instante, la han vuelto a recuperar, pero según transcurre la frase, la vuelven a perder por el expolio, el manejo y la manipulación que viene de fuera, que interfiere en su rumbo. Pero al momento, las luchas aparecen y África vuelve a retomar las cuerdas de su futuro. Un verdadero diente de sierra, de subidas y bajadas, de ascensos al cielo y descensos a los infiernos de la explotación.
¡Fuerza, África! Para dejarte aupar si fuera preciso, ¡fuerza, África! Para preservar los valores tradicionales: el sentimiento de pertenencia al clan; el valor para provocar el encuentro personal, ya sea en una reunión bajo la sombra de un tendido de pajas o bajo las ramas de un árbol colosal; la caricia a la mano que te da de comer, llamada tierra, o la comunicación personal, en el diario encuentro en las calles, en las plazuelas o en la huerta que labrar. ¡Fuerza, África! Para luchar contra los tópicos, estereotipos y paternalismos, y salir fortalecida de la lucha.
¿Qué es una pasión? Una pasión es comprensión o entendimiento, pero, también, cerrazón. Su pasión por África tiene mucho de comprensión; de sentir la cercanía; de estudiar los aspectos físicos y las manifestaciones de la sociedad (sin ser antropólogo); de abstraerse a su olor, mezcla de hierbas medicinales, agua encharcada y fuerte sudor humano. La pasión del viajero insatisfecho por África es entender, hablar de su fuerza con naturalidad y quitar miedos preconcebidos.
Satisfecho de haber logrado conocer un poco el continente, en la variedad de países hasta ahora visitados. De haber sufrido, mínimamente, las inconveniencias de la vida diaria. El día a día africano es, a veces, concienzudo, demoledor y desesperante. Pero, con pasión, difuminó lo sufrido.
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18 de mayo de 2021
Palo de rosa
Hacía tiempo que se explotaba y trabajaba el palo de rosa. Cuando el viajero insatisfecho pasó por aquel puesto de artesanía, en Ambanja (Madagascar), observó varias pequeñas vasijas y unas columnas en espiral perfectamente pulidas de esta madera preciosa. Muy fácil de identificar pues sus tonalidades iban desde el rosa débil hasta el más fuerte matiz púrpura. Era una madera especial, que por su delicadeza y características le recordó a otra que pudo ver en Panamá: el cocobolo.
Menuda paliza y sudada se pegó por ayudar a cargar troncos de cocobolo en un 4x4. Serrados para seleccionar el verdadero corazón de la madera, pesaban más que un matrimonio a la fuerza. En La Palma, una coqueta población en la zona del Darién donde se encontraba, había hablado con un ganadero de Quintín para que le acercara a su lejano poblado. Aceptó gustoso, pero en el trayecto tenía que hacer un flete en una apartada finca de difícil acceso. Allá se fueron, a cargar unos troncos de cocobolo para transportarlos a Quintín. La dueña era una mujer simpática, madura y rolliza, con una vitalidad de llamativas formas. Dos hijos, una adolescente joven y un niño en edad escolar, la acompañaban en la entrada de la finca. La joven adolescente con su pelo negro recogido en trenzas tenía unos preciosos ojos. Le miraba y sonreía al son de su timidez. Y allí estaba para disfrutar de la compañía y dispuesto a ayudar, a cargar, si hiciera falta, con todo el cocobolo de la zona del Darién.
- ¿Por qué es tan valiosa? –preguntó.
- No lo sé. Es muy escasa, de buenísima calidad y la compran los chinos -contestó el joven ganadero.
Supo más tarde que aquello era una posible tala ilegal de un árbol protegido como el cocobolo. Debido a su gran belleza y alto valor, este árbol se había sobreexplotado, fuera de parques nacionales y reservas. Entonces, ya estaba en peligro de extinción. Su textura era muy densa y aceitosa, a la vista y al tacto. Con aquella hermosa y carísima madera se hacían guitarras, oboes, piezas de ajedrez, manillas de cuchillo y artesanía que representaba el mundo animal.
Cuando alguna persona se plantee tener su guitarra de palo de rosa,
debería pensar que ello implicará un nuevo golpe mortal al hábitat de los
bosques en Madagascar. El trabajo de extracción era duro. Localizar el árbol
suficientemente grande para talar, podía llevar un día. Luego, estaba el corte,
traslado y porte. Un destrozado hábitat que afectará también a uno de los
animales más amenazados del territorio malgache, los lémures.
- ¿Quién compra esta madera?
- Los chinos –dijo aquel hombre, sentado a la entrada de la tienda
artesana.
¡Vaya, otra vez los chinos!
Al lado, un malgache lijaba una de estas maderas, y le daba formas,
sobre un tronco utilizado como soporte. Un serrín rosa bordeaba aquel tronco
donde el joven pulía su obra. Sin duda un artífice puesto allí para certificar
la autenticidad de lo que en el interior se vendía.
En la zona de Cap Est había una gran explotación de palo de rosa.
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9 de abril de 2021
Atravesando fronteras

Después de comprar el billete en una de las casetas de venta y comprobar que su equipaje quedaba bien situado en el sucio maletero, el viajero insatisfecho se subió al autobús que le llevaría a la frontera y más allá. En el bus ya había un buen número de tanzanos o keniatas ¿quién sabe?, que esperaban su salida. El papeleo en la frontera fue sencillo, aunque le echó un cable el ayudante del conductor, y como su destino era de nuevo Tanzania, en la frontera keniata hicieron el control mínimo imprescindible. En la mayoría de los casos, fueron bastante más estrictos con los propios locales.
Poco después del cruce de fronteras, cayó la noche de un plumazo. Tuvo la suerte de que nadie se sentó a su lado en ese trayecto y pudo viajar relativamente cómodo, piernas estiradas, sin olor humano cerca y posibilidad de ejercitar el cambio de postura sin molestar a nadie.
Pensó en su mochila grande, la pequeña la llevaba a su lado, que era todo su equipaje. La última vez que la había visto fue antes de cruzar la frontera cuando aquel servicial muchacho (por interés) se la trasladaba, del dala-dala al autobús. En la frontera vio examinando equipajes, sacando unos y metiendo otros en las tripas del bus, pero él -inconsciente- ni se acercó a controlar sus bultos.
“¡Rezaré porque esté viajando conmigo!”.
En mala hora se acordó de la mochila. Pasados unos minutos, el autobús se detuvo. Desde el asiento que ocupaba, en la mitad del autobús, no llegaba a percibir nada, pero alguien cerca dijo ‘¡Police!’. Se despejó, sin más. Una vez caída la noche, con la tranquilidad reinante en el interior, salvo alguna charla lejana que no molestaba, su cuerpo cómodo se había relajado y estaba a punto de caer dormido. Pasaron unos segundos y el policía debía estar allí, oculto en una casucha situada al lado del control observando al autobús y a su conductor. Miró al que tenía al otro lado del pasillo que parecía decir “no conviene que muestres nerviosismo, debemos comportarnos como si nada, con total normalidad”. Escrutaba también por la ventanilla los alrededores, pero únicamente a la oscuridad negra alcanzaban sus ojos. Algún comentario en el interior se alzaba ante la desconcertante espera, aunque sólo hubieran sido unos segundos, quizás, minutos. Deseaba que apareciera el policía entre la oscuridad para salir de aquella incertidumbre. Como si hubiera leído sus pensamientos, un joven entró en el vehículo por la puerta delantera, algo alejada de donde se encontraba. Portaba un extraño medio fusil, o corto fusil, que parecía llevara incrustado al pecho. Con señas y miradas, quizás alguna palabra que desde donde estaba no oyó, fue ordenando y revisando la documentación del pasaje delantero. Era el único blanco que iba en aquel autobús de negros. Rebuscó en su mochila de mano para dar con el pasaporte, sabiendo que el policía iba a alcanzar su asiento en un corto espacio de tiempo. Con un gesto le solicitó la documentación. Le miró, ojeó el pasaporte y le preguntó por el destino. Le dijo, “Arusha”, en Tanzania. El joven militar siguió revisando al resto de los acompañantes de detrás con su pasaporte en su mano. Al volver hacia adelante, con una seña le indicó que le acompañara. Bajaron del bus. Debía mostrarle -dijo- el contenido de su equipaje, es decir, el revoltijo de calzoncillos y calcetines sucios, sus raídas camisetas malolientes, zapatillas arrugadas y todo el resto de innecesarios cachivaches que portaba al viajar. El ayudante del bus le ayudó a localizar su mochila entre todas las maletas y fardos en los bajos habitáculos. Una vez, localizada y colocada en el suelo, le ordenó sacar despacio su contenido. Otro policía que apareció a su lado, vestido con un sucio anorak deportivo, le pidió el pasaporte. Lo ojeó de nuevo, sin verlo, pues la oscuridad lo impedía y le alargó su mano libre abierta solicitando no supo qué. Puso 20 dólares que tenía en el bolsillo en ella. Como contrapartida le devolvió el pasaporte, le hizo cerrar la mochila, le ordenó subir al autobús y les dejó continuar el viaje en la oscuridad más oscura rumbo a Nairobi. Después, a la frontera tanzana y a Arusha. La ‘mordida’ se había consumado.
Se despertó en Nairobi cuando la tenue luz de aquellos focos le impactó en los ojos.
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8 de marzo de 2021
Las cataratas Tello / Camerún
Estaba en la ciudad de Ngaounderé, en la provincia central de Adamawa, fundada en 1835 por un clan peul procedente de la vecina Nigeria. Hasta entonces aquella área era dominada por los mbum. De ellos quedaba el nombre del monte y de la ciudad, Ngaounderé (en mbum, “monte ombligo”).
Pasó unos días por aquella provincia sin saber
que cada día iba a tener una ocupación distinta. El día anterior había
conocido, a unos 25 kilómetros de la ciudad, las cataratas del río Vina, y
alternado con una familia mbum cerca
del sitio.
Debía ocupar todos sus días en conocer la zona y la moto era una de las mejores opciones. Desayunó temprano, recuerda que era domingo y tuvo dificultades para encontrar un lugar para ello, y se propuso regatear con alguno de los moteros que había por allí sentados, despreocupados, y de risas y charla entre ellos.

Destino previsto: las cataratas Tello, a unos
50 kilómetros de Ngaounderé. Resultó bastante difícil convencer a uno de
aquellos moteros para que le acercara al lugar. Para ellos, taxistas de ciudad,
el camino al poblado peul de
Tourningal, cercano a las cataratas, era demasiado largo. Pero siempre había alguien dispuesto, por dinero, a hacer cosas difíciles, no habituales y,
si se presionaba un poco la cartera, imposibles.
Fue un camino largo, sí, pero entretenido, por aquella carretera de tierra rojiza, polvorienta, pero relativamente bien cuidada. No era época de lluvias y eso facilitaba las buenas condiciones de aquel camino terrero. No necesitaron llegar a Tourningal, aunque irían después, para llegar a ‘las Tello’. Se desviaron por un camino de cabras, estrecho y poco transitado. Las cataratas resultaron ser muy interesantes, pero estaban fuera de cualquier ruta turística extranjera y no debía ser un buen día para el turismo local: estaban solitarias y tranquilas. El agua de varios riachuelos cae desde unos 50 metros de altura formando una piscina natural de color verde esmeralda, utilizada –al menos, entonces, lo fue- por rebaños de vacas que se acercaban allí para calmar su sed.
Cataratas Tello
Debajo de la caída, se podía pasear por una
enorme caverna que formaba la roca, detrás de la catarata. Incluso un asiento,
allí colocado, lleno de humedad y líquenes, podía servir para disfrutar un rato
del ruido permanente del agua cayendo de lo alto. Y el viajero insatisfecho se sentó, dejándose llevar por el sonido
acompasado, casi musical, del agua.
Tardaron más de una hora en llegar; otro buen rato, perdieron visitando y descansando a la orilla de aquella belleza natural. Se acercaron a visitar y pisar el pueblo de Tourningal, muy tranquilo, sin nada que ver. Ni siquiera pudieron comprar una botella de agua para atenuar la deshidratación del fuerte calor.
Cuando llegaban de vuelta a Ngaounderé era primera hora de la tarde. Misión cumplida. Pagó al motorista lo convenido, y algo más, y se sentó a tomar unos pellizcos de carne cocinada, en unas brasas negras y grasientas, cargados de guindilla y acompañados con una fría cerveza.
Enjambre/colmena tradicional, camino de las cataratas
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17 de febrero de 2021
Trayectos
Este tema seguía siendo tabú en aquel entonces
y eso que habían pasado más de cincuenta años. Es posible que haya cierto
oscurantismo por vergüenza de los franceses que dieron una respuesta excesiva y
contundente a aquellos humildes soldados que alentados por fuerzas internas
reclamaban lo que, en buen juicio, les pertenecía. La memoria popular e
histórica ocultaría aquellos hechos a los malgaches venideros. Unos incidentes
que se convirtieron en masacre cuando intervino la aviación francesa y se
propiciaron fusilamientos en masa. De ello, aún quedaban testigos. Uno de ellos
se dirigió al viajero insatisfecho en
aquella especie de pic up, en el
trayecto de Mahajanga a donde se encontraba.
- ¿Eres francés? –dijo. Le contestó una
negativa con la cabeza.
- Soy español.
Luego, relató que los franceses no fueron
buenos en su poblado, a muchos kilómetros de donde transitábamos. Los vazaha (blancos) les obligaban a
trabajar las plantaciones de café para luego exportar el producto, lo que
produjo mucho descontento y, al final, rebelión. Los franceses, según aquel interlocutor, habían enviado soldados senegaleses a combatir a los insurrectos
malgaches en aquella área nororiental donde él vivía. Era difícil entrar en un
tema que desconocía, pero desde que le había dicho que era español su semblante
se transformó en risueño y tranquilo.
Ahora podría ocurrir lo mismo con las hectáreas
y hectáreas de plantaciones de vainilla, aunque hoy en día al margen del hecho
colonial francés. Según Winston Churchill: "El pueblo que no conozca su historia está condenado a repetirla”.
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25 de enero de 2021
La casa de los esclavos, en Ilha Moçambique
Estaba en Ilha Moçambique, una isla, una ciudad. Aquella mañana encontró lo que buscaba, la casa de los esclavos, documento viviente -o mejor moribundo pues estaba abandonada a su suerte, ubicada en la ciudad de piedra- y monumento histórico que sirvió durante varios años en la época de la esclavitud como lugar de almacenamiento de esclavos. Se mantenían allí por un período indeterminado, bajo un régimen de “cuarentena”, con el objetivo de recuperar sus fuerzas y nutrientes antes de ser vendidos a comerciantes. Según fuentes orales, muchos de los esclavos murieron allí mientras esperaban a sus futuros jefes.
Comercio vil y vergonzoso, en aquellos siglos (XVII y XVIII), no
solamente por la intervención de los esclavistas árabes y europeos sino por la
responsabilidad de los propios africanos, sobre todo jefes y reyezuelos que, por
el sentido de posesión y por intereses también económicos, participaban y
facilitaban este mercadeo. Estos jefes africanos consideraban a los súbditos
como objetos de su propiedad y comenzaron a intercambiarlos por abalorios,
collares o armas de fuego. Primero serían los siervos condenados por su propia
ley penal, pero luego se extendería, ante la generosidad de los traficantes, a
todos los miembros de la comunidad o tribu en su condición de vasallos.
Constituía todo un entramado de caza mayor pues el negrero o esclavista pagaba,
como ahora se paga en los safaris de caza, por raptar jovencitas, hombres
musculosos o niños con futuro prometedor. No tenían nada más que penetrar en el
interior del territorio africano, surtirse de un buen grupo y en condiciones
infrahumanas traerlo a la costa donde comenzaba la distribución hacia el
exterior en barcos negreros. Obligados a caminar, como muestran algunos
documentales, atados y maltratados, al llegar a Ilha Moçambique, a aquella casa
de los esclavos que visitó el viajero
insatisfecho o a cualquier otro paraje costero, serían lavados y acicalados
para una minuciosa y detallada inspección de los compradores. ¡Tremendo!
También conoció la residencia del poeta portugués Luís de Camões que
¡pásmense!, poco antes de su ocupación había sido lugar de subasta de esclavos,
donde eran vendidos o comprados.
¡Cuántos recodos tenían aquellas viejas calles!
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5 de enero de 2021
Nocheviejas lejos
De manera tradicional, tras las enseñanzas en la infancia, las aventuras de la juventud y el reposo de la madurez es necesario reconocer que las nocheviejas tienen algo especial. Debemos acudir al Imperio Romano para comenzar a tener datos de su relevancia. Los romanos dedicaban el mes de enero al dios Janus, dios que mira al año que termina y al principio del que viene. Se le representaba con dos rostros, uno viejo y con barba, y otro joven, como el nuevo año que comienza. Este pueblo romano comía ese día con sus familiares y amigos, y se intercambiaban higos y dátiles con miel, con la intención de empezar el año de la manera más dulce posible.
O sea, si es especial la nochevieja, tiene su historia, sus anécdotas y sus tradiciones. El viajero insatisfecho ha pasado varias nocheviejas lejos. Deja aquí, después de cumplir este año 2020 con familiares y amigos, algunas breves historias sobre ellas.
2
Quería conocer la mezquita de Kong,
una tradicional mezquita de estilo sudanés. Original construcción y belleza de
formas. Estos singulares edificios religiosos se caracterizaban por su material
de construcción común: ladrillos de barro reforzados por grandes troncos de
madera y vigas de soporte que sobresalían de la pared de manera irregular, sin
tallar. Estas estacas de madera, llamadas ‘torones’, se utilizaban como
andamios de cuando en cuando, según las necesidades de retocado de sus paredes.
Era 31 de diciembre, estaba en
Korhogo
a una relativa cierta distancia de Kong y se lanzó a la aventura.
Apareció allí sobre las cinco de la tarde, tiempo suficiente para visitar las
mezquitas, había dos del mismo estilo, aunque una de ellas, la menos famosa, de
tamaño menor. Paseó, sacó fotos y cuando la noche empezaba a caer se retiró al
único hotel que había en la población. Allí, tenían organizada la despedida del
año para varios invitados y a la entrada habían montado una auténtica terraza
con mesas, música y follón.
Se fue a dormir.
2012 (Benin)
“¿Qué estoy haciendo aquí?” se
preguntaba sobre las diez de la noche, solo, delante de unos espaguetis a la boloñesa, o algo
parecido, con una cerveza La Beninoise
al lado, la ciudad norteña de Natitingou al fondo, con escasas
luces y en silencio, solo roto por algún que otro bocinazo de los pocos coches que
a esa hora circulaban. Era 31 de diciembre (Nochevieja) y acababa de llegar a
la ciudad después de un cansado día de bus y baches.
2016 (Indonesia)
Era 31 de diciembre en Bukit
Lawang, isla de Sumatra, y en el resto del mundo. Madrugó como estaba
previsto, desayunó como era necesario y esperó como era de suponer. El guía contratado
para visitar la selva y orangutanes se presentó, una vez finalizado el café,
con ganas de negociar, aunque -diría- más bien con necesidad de imponer: “la
nochevieja es una noche de celebración”. Quería pasarla con su familia. No había más clientela para pasarla en la
selva como había contratado y tenía previsto.
Le miró en principio al muchacho
con intención de presionar, pero en una ágil batida mental, rápido encontró
sensatos sus razonamientos. ¿Qué haría él en la selva durmiendo al más puro
estilo de vagabundo sin techo con un guía para él solo y sin posibilidades de
socializar con otra gente? Aburrido
¿no?. Como lo contratado eran dos días, el guía le ofreció como alternativa dos
excursiones mañaneras y tardes de relax en el pequeño poblado repleto ya de
turistas locales.
Aceptó, sin más exigencias.
2017 (Birmania/Myanmar)
En la ciudad de Khata,
al norte del país. Había llegado en tren desde el norte, desde Myitkyina.
Se encontró con una ciudad relativamente tranquila, siendo 31 de diciembre. Una
ciudad que acogió a George Orwell a primeros del siglo XX. Allí escribió su
libro Los dias de Birmania y, gran
parte, está basado en su larga estancia de meses. Allí pasó también este mochilero
aquella nochevieja.
Copyright © By Blas F.Tomé 2021
3 de diciembre de 2020
Subira, en Mto-wa-Mbu
Copyright © By Blas F.Tomé 2020
16 de noviembre de 2020
Playa Jabá / Costa de Marfil
Ya había contado cosas sobre la ciudad marítima de Sassandra, en Costa de Marfil, pero había dejado a un lado aquella tarde que visitó una tranquila playa (Playa Jabá) a sólo unos pocos kilómetros. Se acercó en un taxi compartido, aunque el último kilómetro lo hizo solo, pues sus acompañantes abandonaron antes el vehículo. El taxista le dejó al lado de un camino por el que -le dijo- tendría que continuar unos quinientos metros hasta alcanzar la playa.
Era
poco más que una senda entre árboles y matojos. Tenía una bajada pronunciada
hasta un pequeño charco formado, casi seguro, por las aguas de un mar
embravecido en algún determinado momento. Bordeado éste, se llegaba a la playa. El océano se veía al fondo con algunos barcos de pescadores que cruzaban
entonces y se alejaban de Sassandra. Pensó en lo dura que sería su próxima
noche pues, según dedujo, la dedicarían a la labor de la pesca.
Deja aquí un video, que relata mejor que el viajero insatisfecho lo que era la playa:
VÍDEO
27 de octubre de 2020
Mahajanga /Madagascar

Embelesado y sentado en aquella balaustrada, dando la espalda a un inmenso baobab y mirando a lo lejos el inmenso océano, invadido como se veía por unos entrantes de tierra, estaba insanamente feliz. Se había entretenido hacía un rato con un buen plato de mariscos, refritos y especiados en exceso, pero con sabroso paladar, y aquella cerveza fría ¡ay! Ahora estaba dejando al estómago trabajar, segregar jugos para hacer una buena asimilación, y su mente dando vueltas allá por la ionosfera de la razón.
Había llegado hacía dos días a Mahajanga, en un largo camino ya conocido, desde Nosy Be. Un experto y avispado guía le había sugerido este puerto para hacer la travesía entre Madagascar y Mozambique que quería hacer. Dijo, incluso, conocer servicios especiales desde esta ciudad hacia las islas Comores, y más allá. Lo pensó unas horas, desde la tranquilidad.
Tranquilidad
para tratar de descubrir el rumbo personal. Su rumbo.
El
caso es que decidió desandar lo andado y volver a Mahajanga. No tenía prisas, y
sí ganas de hacer algo que llenara su espacio mental.
El
lugar y el baobab tenían encanto. Ya
lo había visitado al subir, y pensó que sería un buen punto de reunión con
personajes de la mar. Resultaría más fácil entrar en contacto con la gente,
pensó. Evitar el calor era también una buena razón para cobijarse bajo el árbol
milenario, especialmente cuando aprieta a estas horas de la siesta. El paseo no
resultó tan agradable como esperaba, hacía un viento racheado que levantaba una
polvareda grisácea en remolinos espaciados a lo largo del camino. Eso sí, aquel
marisco refrito desapareció totalmente de su buche y no dio ninguna amargura
digestiva. No se veía un alma hasta donde alcanzaba la vista, a pesar de que
varias casas aledañas mantenían la posibilidad abierta de que algún espíritu móvil
apareciera, pero sus habitantes -imaginó- sestearían o simplemente se protegían
del calor y polvo.
Le
llevó más de una hora alcanzar su objetivo, pero mereció la pena. Allí estaba
el majestuoso árbol, impasible a la ventolera y dignificando todo lo que había
a su alrededor, por muy humilde que fuera. Sus dimensiones eran ostentosas,
solo el tronco ocupaba un círculo de unos 10 metros de diámetro. Enmarcándolo,
a modo de faja, la balaustrada de obra donde estaba sentado, y la parte baja de
su tronco, pintada de blanco, no sabe si con el fin de protegerle de parásitos
u hormigas.
El
lugar que ocupaba no era muy apropiado pues el baobab era el centro de una rotonda que los coches y motos bordeaban,
a veces, con un tino desquiciado de conductores de rallys. Un rickshaw se
paró y le incitó a la vuelta turística de rigor, algo que desestimó con
controlada educación y varios dala-dala
gritaron, cuando estaban frente a él, su destino. Como aquella zona, por la
hora, no era precisamente un jolgorio, extrajo de su pequeña mochila azul la
libreta de notas y se puso a escribir de manera desordenada pequeñas puntillas
y anotaciones breves del día. Ya lo ordenaría más tarde.
Cuando
levantó la cabeza tenía a dos blancos delante. Le miraron e hicieron un gesto
de saludo. Sorprendente esta actuación en África cuando dos blancos se cruzan
en la calle o se encuentran en un local, siempre surge de manera improvisada un
gesto de saludo. ¿Por qué esa distinción? Eran españoles, con marcado acento
vasco. Casual, sorpresivo y raro fue aquel encuentro. Vascos, de Bilbao y
Bermeo, pertenecían a la tripulación del “Rosyth”
que, según Jon, el bermeano, era como un camión de reparto.
-
Traemos y llevamos carga de un lado para otro, desde Ciudad del Cabo hasta
Mombasa. De aquí vamos a Beira, Mozambique, dijo. Si tienes alguna intención de un abordaje,
pídenos permiso primero, añadió según transcurría la conversación, en tono de
broma, después de que les comentara sus intenciones.
-
No. Nosotros no llevamos pasaje, remarcó el otro que llevaba un llamativo Fred
Perry rosa. Pero yo que tú me informaría antes en la oficina del consignatario.
Le
apuntaron datos, direcciones portuarias, e incluso de manera enigmática,
insinuaron ciertas posibilidades. ¡Vaya! No sé por qué me parece que las cosas
se están arreglando, pensó de manera optimista. Hablaron largo rato del
Gobierno, del SIDA, de los atentados de ETA y de fútbol. Y sí, les vió menos
inclinados a prolongadas charlas políticas que partidarios de visitas al campo
del San Mamés.
¡Aupa,
Athletic!
[Continuará].
Copyright © By Blas F.Tomé 2020
10 de octubre de 2020
Olite, o la historia de Navarra
![]() |
| Palacio de Olite |
¿De qué le suena?... No sabe. Los viajeros iban, en su Nissan Almera, por la carretera que les traía de Pamplona y a lo lejos de una prolongada recta se veía la esbelta y estilizada silueta del castillo ¿o era un palacio? ¿o era un Parador?
¿O
era todo a la vez?
Sede
real durante la Edad Media, los gruesos muros y torres almenadas del palacio
alojaron a reyes y princesas. Pero la historia se pierde por cantidad de
recovecos que a un inexperto como el viajero
insatisfecho le resulta difícil analizar, conocer y, por ende, explicar. El
complejo tiene mucha historia, seguro, pero también tiene muchas restauraciones
que desfiguran bastante la realidad de lo que aquello fue.
Actualmente está dividido en tres partes: Palacio Viejo (actual Parador), ruinas de la Capilla de San Jorge, y el Palacio Nuevo, que es la parte visitable del monumento. Esta parte airosa y pateada por turistas, ávidos de conocer o pasar la tarde, tiene escaleras, minaretes, torres, miradores, patios, galerías o garitas adaptadas. También almenas, cada uno de los salientes verticales y rectangulares dispuestos a intervalos regulares que coronan los muros perimetrales de este castillo y de la mayoría de ellos.
Llama la atención todo, por su experta restauración, pero a este mochilero, sin mochila esta vez, el patio de la Pajarera le resultó simpático, tapado con una red para que, a modo de jaula, los pájaros que había dentro no pudieran escapar. También apreció el patio de la Morera, fácil de identificar por una vieja morera que no puede ser tan ancestral ‘como la pintan’. No hay nada peor que los engaños y con esa morera a cualquier crédulo le tratarán de engañar.
¿600 años? Imposible. Ningún naturalista y experto le dataría con esa edad ¡Vamos a dejarlo en 80 años!
Desde cualquiera de las torres se podía divisar la viña de los frailes que llamaba la atención por su potencial productivo, pero también por su escaso cuidado. Ya hay pocos frailes en los conventos y trabajar, doblando el lomo, no está bien visto ni para los que hacen votos de piedad, pobreza y castidad.

La huerta del fraile, vista desde una de las torres del Palacio
Es muy recomendable visitar Olite, cuna de navarros con ínsulas de historia. Por otra parte, como para cualquier pueblo que necesite buscar sus orígenes.
¡Y dicen que Olite es la capital del vino!
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27 de septiembre de 2020
Bardenas reales
Nada.
Y
fue un recorrido suave, pero intenso, a la vez; bello, pero un poco deprimente,
e interesante, aunque había que positivar el recorrido.
Este
mochilero habla en estos términos porque nada más entrar coció la idea de que
allí debía cuajar un clima desértico en cualquier estación del año: veranos
calurosos, fríos inviernos y ausencia casi total de lluvias. ¿De qué vivirían
los labriegos que allí estuvieron asentados? Al menos sus casas, aparecían
sembradas y desperdigadas por aquella extensión de tierra seca, polvorienta y,
en algunos puntos, pedregosa y desapacible. Aquellas casas solitarias, sus
grandes chimeneas, escasa altura del suelo y su construcción mimetizada, hacían
pensar en una dura batalla de supervivencia de sus moradores.
Las
Bardenas
Reales conocidas hace años -de oídas- por el viajero insatisfecho, han sido siempre nombradas como campo de tiro
y lugar de maniobras aéreas y terrestres. Y precisamente aquel día de la visita
parte de la zona estaba cerrada porque ‘cazas’ del ejército estaban practicando
con sus arsenales, o experimentando sus habilidades.
Según el plano informativo que ofrecían a la entrada del parque, hay tres zonas muy definidas: La Bardena blanca, el Plano y la Negra. El recorrido en coche se centraba únicamente en la Bardena blanca que era la depresión central de suelos a menudo blanquecinos, desnudos y de aspecto desértico. Al rodar por aquel territorio parecía estar uno inmerso en una película del oeste americano sin diligencias, ni vaqueros, ni manadas de terneros atravesando la llanura. Se han filmado películas en sus agrestes paisajes, sesiones de fotos con modelos renombradas y hace poco ante estos ojos han pasado imágenes en un videoclip.
La
visita era totalmente intuitiva, no necesitaba guía y pocas sugerencias
previas. Era dejarse llevar por la ruta, por el camino pedregoso y polvoriento
y dejarse sorprender por lo que pudiera aparecer detrás de aquellos montículos
planos o al lado de las formaciones rocosas.
Lo
más fotografiado era el ‘Cabezo de
Castildetierra’, icono del parque. Se trataba de un gran pináculo rocoso, tipo
de formación denominada cabezo. Hay
más en la zona, pero éste era tan fotogénico como Kate Moss. Un cabezo es el resultado y mejor ejemplo
del proceso de erosión -viento, lluvia y frío- que durante millones de años han
sufrido estos parajes. Se producen porque en la parte superior de la formación
rocosa quedan materiales más resistentes a la erosión, como pueden ser la
piedra caliza o la arenisca, y en la inferior hay materiales más blandos, como
las arcillas.
Se
veían muchos coches haciendo la ruta, pocas motos y, menos aún, bicicletas.
En las paradas, fotos, subidas y bajadas.
Poses fotográficas, para dejar huella del paso por allí.
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7 de septiembre de 2020
Cañón del río Lobos / Soria
En la plaza mayor de Burgo de Osma había un cartel (hashtag) que decía: #SoriaQuiereFuturo. Una reivindicación muy lógica, pues las necesidades actuales son progreso, futuro, bienestar, dinero, empresas o tecnología.
¿Y
todo eso le falta a Soria?
Bueno,
a Soria, a León, a Teruel, a Ourense o a Lleida. Todas estas provincias quieren
futuro.
Conoces
Soria y no da sensación de que les falte bienestar, progreso…. Es una provincia
provinciana, con las características de los lugareños inmersas en su idiosincrasia
social. La provincia de Soria tiene una maravillosa ciudad, con un centro
cuidado y bonito; Soria tiene pueblos encantadores e históricos como
Calatañazor, y Soria tiene bellos paisajes, de naturaleza desbordante como el
Cañón del Río Lobos. Y de todo ello, mucho más.
En
el Cañón del Río Lobos pasó una mañana el viajero
insatisfecho recorriendo el bello curso del río Lobos, contorneado entre
grandes peñascos de roca caliza, donde la naturaleza ha ejercido de reina y
señora durante muchos años. Las formaciones rocosas del río Lobos son fruto de
la acción erosiva del agua. Por un lado, de desgaste y, por otro, por la
disolución de la roca.
Iba
acompañado y pudo disfrutar en compañía de las oquedades, salientes, cuevas o
canchales que el paso de los siglos había estructurado a su antojo.
Inició un recorrido matinal por Santa María de las Hoyas (Soria) cuyo acceso está situado al lado del puente de los Siete Ojos, un trayecto entre pinos que no acababa de resultar interesante. Muy arriba, donde el cañón aún no se había formado. Andando por el curso de un rio seco se hacían aburridos los pasos. Dieron la vuelta, y con el coche se trasladaron a Ucero (Soria), a la otra entrada, acceso sur del cañón. Desde el inicio, una vez abandonado el coche en el aparcamiento de Valdecea, apareció el cañón más auténtico, más impresionante y más entrañable. El cauce del río Lobo, aunque muy escaso, enseñaba entre juncos y maleza sus aguas. El gran cañón comenzaba a verse con los altos y pronunciados peñascos en las montañas laterales, cercanas en algunos tramos. La vida comenzó a aparecer en el cielo, con los frágiles y lentos aleteos y largos vuelos de los buitres leonados. Se vislumbraba, también, en las oquedades de las rocas con los cantos insistentes de los alevines y polluelos. Pedirían comida o jugarían entre ellos, quien lo sabe. Desde el fondo del cañón se veían ciertos movimientos en los nidos, pero por su enclave, lejanos. Daba igual. La vida natural y salvaje se sentía a cada paso. Un lugar protegido, maravillosamente protegido.
La
Ermita de San Bartolomé apareció de pronto en un pequeño promontorio. Era como
la insignia religiosa del río Lobos, cercana a la Cueva Grande. En el camino
bordeando el río se encontraban chopos (muchos), sauces, avellanos, endrinos o abedules,
y en sus aguas nenúfares y eneas. A un lado del cañón unas antiguas colmenas,
tradicionales, servían para hacer historia del lugar. Unas colmenas construidas
con troncos huecos que fueron implantadas allí por los templarios que habitaron.
No
se olvidará de citar al cangrejo ¿era autóctono?, que se cruzó en su camino
cuando atravesaba, por unas rocas colocadas exprofeso, el río. Tremenda alegría
al descubrir este animal tan cercano en su infancia, en sus recorridos
infantiles por ríos, charcas y arroyuelos.
Fue un agradable paseo.
Para finalizar, una parada en el mirador la Galiana, desde donde, a la sombra de unas sabinas, se podía observar el cañón en casi toda su extensión.

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