22 de septiembre de 2008

¿No se habrá tomado las pastillas?

El abuelo no se ha tomado las pastillas”, dejó caer el otro día uno de los muchos bloggers que bromean sobre la edad y la memoria de McCain, candidato republicano a presidente de Estados Unidos, a raíz de una entrevista en la que le preguntaban por el presidente Zapatero y probablemente pensó que la entrevistadora “estaba hablando de Zapata, porque para McCain 1910 es prácticamente ayer”.
¡Qué genio este blogger!.
¿Qué le pasó a aquel otro abuelo chileno en Foz de Iguaçu, ciudad cercana a las cataratas, que lloraba como una magdalena cuando el viajero insatisfecho se despedía para tomar el avión a Río de Janeiro?. Había charlado con él un rato antes de ver las cataratas y otro poco al día siguiente de haberlas visitado.
¿No se habría tomado las pastillas?.
¿La vejez sensibiliza y confunde tanto, que McCain no supo que la guerra de Cuba había terminado o el abuelo chileno olvidó que los españoles ya no somos sus jerifaltes a quienes deben sus lloros y pleitesía?.
El mundo está confuso, a veces por la vejez, o quizás por la quietud.
Yo creo que si McCain hubiera viajado asimilando un poco, habría sabido discernir que Spain no está en South America sino que pertenece a Europe. Si aquel chileno no hubiera visto disminuida su capacidad por la propia vejez habría sabido que el “españolito” no era su protector ni mecenas sino un despistado viajero con ganas de ver y transitar.
El mochilero cree que los dos casos son tan estrambóticos como diferentes.
La torpeza de McCain es producto de no haber sido un asimilador viajero, o viajar con la manifiesta ignorancia que lo hacen un sinnúmero de americanos; el desliz del abuelo chileno tuvo que ver con la emoción de sentirse escuchado, de haber recibido la atención de un español con ganas de conocer, escuchar y vivir -a través de otros- unas aventuras que contar.
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Nota.: La fotografía cortesía de su autor y de Google.

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17 de septiembre de 2008

Patio dos Quintalinhos

Alahbáaa!!. Alahbáaa!!.
Sibri surijhi irimera alherita, dirimo.
Alahbáaa!!. Alahbáa!!”.
Perdón, por estos casi ridículos sonidos onomatopéyicos, pero así, o similar, sonaba la llamada a la oración desde los altavoces de la “mezquita verde” de Ilha Moçambique, a diez metros de mi lecho, en una habitación con cierto encanto enclavada en el hotel Patio dos Quintalinhos que regentaba un avispado italiano. Eran más o menos las cuatro y media de la mañana -noche cerrada- y aquellos cacharros que expulsaban estruendosas voces metálicas pareciera que sonaran en lo alto de la almohada.
¡Malditos!, gritaba entonces el viajero insatisfecho.
Luego, cuando el sol se había ya levantado a lo lejos, en el horizonte del reposado océano, se repetía él mismo tratando de convencerse: ¡Qué bello es despertarse en medio de la noche con los chirridos metálicos de una oración que no entiende “ni el tato”!.
¡Malditos!, grita de nuevo el mochilero al escribir estas líneas, mientras en su memoria flotan las estridentes voces enlatadas.
Contradicción, otra vez.
Sus ganancias y rentas estaban claras. Se levantaba y paseaba al amanecer por una silenciosa playa donde recibía, sentado y sereno, a los extrañados pescadores de ciudad Makuti que preparaban sus aperos para las tempraneras faenas.
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11 de septiembre de 2008

La flor de la montaña

Cuando el viajero, después de una tempranera e impresionante tormenta tropical, ve aquella flor de la montaña crecer orgullosa, aguantar las tiernas ráfagas de viento al amanecer y absorber la lluvia recién caída, piensa en el poderío de Inka Yupanki (o Pachakuti), que desde aquella impresionante y privilegiada atalaya ajardinada (frase prestada), controlaba a sus trabajadores afanados en la construcción de su hacienda Real (Machu Picchu), y donde ahora, más de quinientos años después, esta hermosa flor escudriña y tantea los valles con su hierática mirada.
Domina Machu Picchu, como un día lo hiciera Inka Yupanki; vigila su poderío, como un día lo hiciera Inka Yupanki, y acaricia el cielo, como un día -también- lo hiciera Inka Yupanki.
Al frente, las ruinas de un imperio orgulloso; a la derecha, el empinado barranco que adormece o, quizás, solivianta al hermoso río. Este mochilero, a su lado, observa el entorno del Paraíso o, al menos, así se lo imagina.

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31 de agosto de 2008

El despertador de su vida

- “¿A qué hora sale el bus?”.
- “A las 4,30 de la mañana. Tendrás que madrugar. En este país, los autobuses para viajes largos salen siempre sobre esta hora”.
El mochilero tendrá que levantarse gran parte de los días a las 3 de la mañana, pero ¿cómo?. Duerme como una roca y los vigilantes nocturnos de los hoteles baratos, por lo general, son la irresponsabilidad absoluta.
La solución del clásico despertador le pareció la más inteligente. Ya tarde, salió a la “busca y captura” del despertador de su vida por las calles de Maputo.
El viajero insatisfecho, a veces, sufre momentos convertido en verdadero espeso-mental, míseros momentos (que se dispone a enseñar), la olla a punto de explotar, vahídos intelectuales, turbaciones varias, estrechez de miras y candidez enfermiza. Y allí, lejos, sufriendo uno de esos estados, o todos a la vez, se compró el “despertador de su vida”. Tan kitch como algunos templos budistas, tan hortera como un cerdo con diente de oro, y hasta silencioso: una contradicción para semejante aparato.
En fin, un desastre.

Un desastre pero que le resolvió un tema tan nimio como importante, como es el de viajar a diversos lugares en autobús.
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23 de agosto de 2008

El chubasquero

Quien vaya a disfrutar del Parque de Atracciones de Madrid, encontrará muchas posibilidades de diversión, sorpresa, alegría…. El otro día hablaba con unos amigos para quienes “El aserradero” es una de sus mejores atracciones. Es una montaña rusa de agua con canoas que discurren a través de un canal con ‘dos geniales’ caídas, pero donde algunos -decían- se ponen el chubasquero para no verse salpicados por ‘cuatro’ gotas de agua controlada.
Y este viajero se acordó de las potentes cataratas de Iguazu (Brasil).
¡Qué maravilla recibir, al final del paseo -a sus pies- a los pies de la más imponente catarata nunca vista, las aguas casi gaseosas, frías, casi ventisca, monumentalmente ruidosas, que deja su cola al caer por el terrible desnivel que ella misma, con el paso de los años, se ha fabricado!.
¡Qué maravilla percibir desde allí ese ruido casi infernal!
¡Qué maravilla encontrarse en medio de una nube de agua casi celeste!
¡Qué chubasquero, ni qué niño muerto!.
Cuando alguien se enfrenta a la naturaleza, o disfruta de su ímpetu, o se queda en “el aserradero” de su particular parque de atracciones y coloca ese salvador chubasquero.
No hay término intermedio.
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12 de agosto de 2008

Amigo Reverte, tus experiencias son un blog en regla

Hace unos días invitó a Javier Reverte a un “focus group” que trataría de “Los blogs de viajes y el periodismo”. Aunque se mostró en principio encantado de participar, al final concluía: “Pero yo no sé nada de blogs”. Para animarle este mochilero le pidió que pensara en los cuadernos de bitácora. Se sentiría más experto. Aún así aseguró que lo único que hacía en sus viajes era tomar unas notas que le sirvieran de recuerdo.
Inmediatamente, este viajero insatisfecho se plantó delante de su libro Vagabundo en África, para tratar de rebatir con sus propias frases, que este viajero recordaba muy bien, las empecinadas teorías de este famoso y querido autor. Decía Reverte:

Durante los días que siguieron, disfruté con intensidad de la vida a bordo y de la potencia y la belleza del río Congo. Y tuve muchas horas para leer y tomar notas. Pienso que es mejor reproducir mi diario tal y como lo escribí entonces, a bordo del Akongo-Mohela, siguiendo la estela de Joseph Conrad, corriente arriba, y rumbo al corazón de las tinieblas.

25 de septiembre de 1997. Muelles de Kinshasa.

El barco ha comenzado a moverse a eso de las cuatro y veinte de la tarde. Encerrado entre otros viejos buques que parecen fuera de uso, más que maniobrando para zarpar nos abrimos hueco a empujones y el Akongo-Mohela, que tiene casco de metal, ha descascarillado las bordas de un par de naves de madera….
[y así, durante un centenar de páginas].
¡Amigo Reverte, creo que esto -según lo describes- es un cuaderno de bitácora, o un blog, en toda regla!.
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2 de agosto de 2008

Ahí va

Hace unos días el viajero insatisfecho hizo una entrada sobre un árbol por el que sintió absoluta curiosidad. Un árbol que observaba cuando circulaba por una de las muchas carreteras africanas, en concreto, mozambiqueñas. Aparecía insistentemente en el centro de los poblados que veía rápido al pasar en el bus.
Decía entonces, al tener la oportunidad de observarlo de cerca: “Intentó informarse y preguntó a las mujeres que salieron tímidas al encuentro.
No hablaban portugués. Ni con gestos lograron entenderse
”.
Como si fuera un experto periodista, citó la fuente (las mujeres) pero no la mostró.
Ahí va.
(Ellas posaron con mucha amabilidad para la fotografía. Con la misma, es expuesta).
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25 de julio de 2008

Tal vez un refrán o un proverbio


Un viajero insatisfecho es un viajero apasionado en potencia”.

He ahí el dilema; tal vez del autor; tal vez de los viajeros en general; tal vez del que lo lee y medita.
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18 de julio de 2008

En Perú, al viajero le robaron

Transcripción de la denuncia:
Siendo la fecha y hora indicada al margen, se presentó a esta Comisaría PNP de Máncora la persona de Blas……….., natural de España, soltero, ocupación……., identificado con pasaporte Nº…………. y hospedado en el hotel Casa Blanca, Mancora, para denunciar que el día de hoy, a las 11,45 AM, en los momentos que se encontraba caminando por la playa El Amor, fue interceptado por un sujeto no identificado, el cual lo amenazó con una arma blanca (cuchillo) para luego proceder a quitarle su canguro, color marrón claro, lo cual contenía en su interior una cámara fotográfica digital de color plateada de marca OLYMPUS; un reloj marca LOTUS color dorado, valorizado en 200,00 euros; 200 nuevos soles en dinero efectivo, una conexión de cable USB de su cámara fotográfica. Este tipo presentaba las siguientes características: vestía polo amarillo, short gris, 1, 68 m de estatura. Ted gruesa, color trigueño de pelo corto, para luego de cometer el hecho se dio a la fuga conduciéndose a las lagunas de oxidación, sienta la presente denuncia, ante la PNP, para fines de Ley…….”

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14 de julio de 2008

Asalto en Monteverde (Costa Rica)

Este viajero tomó el autobús frente al Banco Nacional de Santa Elena, área de Monteverde en Costa Rica, a las 9 de la mañana, rumbo al volcán Arenal (La Fortuna).
Su nuevo destino.
4 horas después, saltaba la noticia: “El Banco Nacional de Santa Elena, asaltado. En su interior, varias decenas de rehenes”.
Toda la zona turística de Monteverde fue cerrada herméticamente por la policía. Zona, por cierto, que a este mochilero no le gustó, por turistona, y por acoger a los niños-pijos de países de habla inglesa, puede que también hispana.
28 horas más tarde, los titulares de las noticias decían algo así como “los asaltantes lo calcularon mal y todo terminó en un ‘baño de sangre’, que dejó nueve muertos: tres atracadores, cinco civiles y un policía”.
Por la televisión costarricense se siguió todo el asalto-secuestro. La sociedad costarricense estaba consternada. Un pueblo acostumbrado a la ausencia de violencia siguió por televisión asustado las 28 horas de incertidumbre. Se vivió, incluso, un fracasado intento de asalto policial, que añadió cadáveres al triste panorama.
“Seguro que serán nicas [nicaragüenses]. Los ticos [costarricenses] no serían capaces de hacer una cosa así”, oyó decir este viajero insatisfecho a una de las muchas personas expectantes ante el televisor.
Luego se demostraría la verdad de estas palabras.
No hay pateras, pero los ticos sienten ese similar rechazo hacia sus vecinos, según aquellos, acostumbrados éstos a la violencia de revueltas, revoluciones y contras en su país.
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Foto.- Volcán Arenal, visto desde Monteverde.


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6 de julio de 2008

El niño de Ollantaytambo

Le hacían un gesto imitando al movimiento para que les sacase una foto; le decían abiertamente “señor, pídame que le cante”, o se ponían delante del viajero y entonaban sus primeras notas. Así se mostraban muchos niños en los alrededores de las ruinas peruanas.
Ruinas para turistas; ruinas para viajeros; ruinas para los güiris de turno. Ruinas para la ruina-del-niño que quiere vivir del viajero.
El mochilero no suele hacerles mucho caso. Sería darles para que pidan más. Sería otorgarles una esperanza vana. Sería animarles a perder sus oportunidades. Sin duda, cree este viajero insatisfecho, que las tienen.
Pero en Ollantaytambo (todo un reto pronunciarlo), en unas preciosas ruinas -aperitivo de las de Machu Picchu- un niño se le acercó y le pidió que le pidiera que cantara.
Y se lo pidió.
Y el niño cantó.
El Dios sol caía desbocado sobre las descubiertas cabezas. Las terrazas incaicas servían de refugio. Y cantó una canción local, surgida de las montañas y valles, del imperio inca o, tal vez, de los pueblos chanka.

¡Hasta los niños siguen viviendo e interpretando el recuerdo de aquellos pueblos antepasados!.
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27 de junio de 2008

Ese "no se qué árbol"

Insistentemente aparecían en el centro de los pequeños poblados o comunidades que iba dejando atrás, subido en un autobús-intermedio (ni demasiado bueno, ni demasiado cutre). Los veía rápido, de manera fugaz, pero despertaban curiosidad por su color verde brillante, chillón; sus extrañas hojas multiformes, y sus ramas rectas y orgullosas. Si el mochilero fuera dentro de una excursión organizada, seguro que el guía daría sentido religioso a esa planta, a su situación o, tal vez, a su misión protectora del poblado, con informaciones banales y engañabobos.
- Ejercen una fuerza sobre los malos espíritus del poblado, a los que expulsan perseguidos por su olor celestial- imagina podría ser uno de los comentarios supuestos.
Se encontraban casi siempre en el centro del círculo que conformaban las cabañas de tierra y paja, ocupando un lugar de privilegiado en la mayoría de los casos.
Como no llevaba un experto guía, el viajero insatisfecho se preguntaba “¿Qué tipo de planta será esa?”.
Un oportuno pinchazo a unos metros de una de esas pequeñas comunidades, le permitió sacar una fotografía. Mientras pulsaba botón de la cámara, sintió el denso olor a naturaleza, también el fino hedor que desprendían las cercanas cabañas, percibió el fuerte brillo de sus hojas erguidas y chillonas y apreció la variedad de objetos que se encontraban en su base.
Desde luego, lugar de reunión.
Intentó informarse y preguntó a las mujeres que salieron tímidas al encuentro.
No hablaban portugués. Ni con gestos lograron entenderse.
Mala suerte, se dijo.

Ahora, la curiosidad le corroe al ver la fotografía.
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21 de junio de 2008

La mosca tse-tsé

Ayer leía Mi viaje por África del premio Nobel de Literatura, Winston Churchill. No había leído nada de él. Conocía lo que conoce la gran mayoría de los ciudadanos: sus días como primer ministro y, por referencias de otros libros leídos, sus andanzas y paso por Jartum.
No siendo crítico literario, este viajero insatisfecho no se propone hacer una loa de sus dotes como escritor ni de su dominio de la lengua y el lenguaje. Pero sí exponer, en sentido crítico, “sus vapores” literarios con tufillo imperialista, productos de aquella época, los primeros años del siglo XX.
Pero no es lo importante.
Lo que le animó a escribir esto fue uno de esos capítulos donde habla del reino de Buganda, actual Uganda. Más o menos, pues de todos es conocida la arbitraria partición de las tierras africanas.
En aquella zona, Buganda, al oeste del lago Victoria, el nobel inglés sitúa la terrible epidemia que entonces minaba la población ribereña de ríos y lagos. El causante: la pequeña mosca tse-tsé -glossina palpalis- que propagaba la ‘enfermedad del sueño’ (tripanosomiasis africana), “sin que apenas exista -decía Churchill- precaución alguna eficaz contra su picadura”.
A finales de 1905, en las regiones azotadas por esta plaga se contabilizaron más de doscientos mil muertos, entre una población total que no habría excedido los trescientos mil habitantes”.
Esclavitud, hambre, colonialismo, mosca tse-tsé, hambre, malaria, pobreza, sida, guerras, esclavitud, malaria, hambruna, sida, pobreza, colonialismo, sequías,…..

¡Pobre África!.
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15 de junio de 2008

Se derrumbó la revolución

Muy cerca de Sierra Maestra, cuna de la revolución cubana de Fidel Castro, en el Oriente isleño, este viajero insatisfecho desmitificó en su interior ese histórico acontecimiento.
En un poblado aledaño, entre Santiago de Cuba y Guantánamo, compró ilegalmente a unos labriegos un cerdo (no estaba permitido), en el llamado periodo especial, que sirvió para alimentar las bocas y calmar el estómago de un grupo de jóvenes lugareños, que escondían el bocado -la tajada- como si fuera la cosecha de un cruel robo.
La idea partió para “echarnos unas risas” y “resolver” la cena, pero se convirtió en un verdadero espectáculo al ir aumentando el grupo, al olor de tan sorpresivo asado campestre.
Qué mal (por el hecho en sí) y qué bien (al verles saciados). Así se sintió en las estribaciones de aquellos montes tan guerrilleros.
Se derrumbó la revolución, cuando tuvo que comprar un cerdo a escondidas.
Se derrumbó la revolución, cuando observó cómo los bocados eran de asustadizas personas.
Se derrumbó la revolución, cuando oyó al viejo, oriundo de Asturias, gemir por haberse quedado atrapado entonces por el Régimen -de entonces y de ahora-.
¡Se derrumbó la revolución, como se derrumbó para muchos cubanos!.
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8 de junio de 2008

La otra publicidad

La publicidad en África es -a veces- tan sencilla, tan evidente, tan transparente que no necesita muchas pistas. En multitud de ciudades pequeñas y grandes este viajero se ha quedado mirando un cartel publicitario con ese asombro que todos tenemos para las cosas simpáticas y originales.
Alguien podría espetarle extrañado al ver la fotografía que presenta en este post: “¡Pero esto no es publicidad!”.
Efectivamente, puede que no sea publicidad tal y como se entiende actualmente pero lo que no hay duda es que a ellos les sirve. Es allí donde está el cartel, las letras, los dibujos, los logos,…. ¿No recordáis la publicidad española de hace unos años?.
No preguntemos más.
Esa cierta simplicidad esta llena de verdad.
Esa transparencia de mensaje está llena de verdad, y mantiene las mismas aspiraciones que la campaña más exótica, rimbombante y cursi que se pueda lanzar en este mundo europeo más cercano.
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1 de junio de 2008

Todo un viaje mochilero-religioso

Siempre pone cara de sorpresa este mochilero ante las ceremonias y oficios de esas religiones de voceros y actores lenguaraces que alimentan el espíritu de las gentes, no siempre las más cultas, a base de gritos y exagerados gestos. Religiones, cree, de mentecatos manipuladores e impulsivos sinvergüenzas.
No sabe por qué cuando paseaba por una de las calles de Beira, una bella ciudad de Mozambique, y oyó salir de un edificio religioso -Igreja Universal do Reino de Deus, rezaba a la entrada- fuertes voces metálicas-de-micrófono en apariencia barato, se acordó de esos voceros, nunca vistos en directo pero de los cuales todo mundo tiene referencia.
Al entrar, la sonrisa de una monaguillo (¿se dirá monaguilla?), le animó a pasar con un simpático gesto. Tomó asiento atrás en uno de los largos bancos de la iglesia y se dispuso a presenciar lo que era un novedoso espectáculo.
El oficiante, micrófono en mano, lanzaba exhortos a gritos, entre sonrisas y ojos chillones, que los asistentes (algunos) contestaban con extravagantes gestos de oración, casi de éxtasis. Era tal la fuerza de convicción del personaje que, de manera anárquica, los imbuidos del espíritu del Más-allá lanzaban a su vez todo tipo de gritos y saltos impulsivos. La creencia religiosa repercute fuertemente en la vida de las personas, en sus actitudes, costumbres y normas de conducta.
No siempre de manera positiva.
Este viajero insatisfecho no pudo menos que salir un poco traicionado por su también convulsiva curiosidad. Luego tendría ocasión de oír otros oficios de similar estilo, e incluso viajar (brazo con brazo, sudor con sudor) con un joven que dijo ser pastor de la iglesia baptista mozambiqueña (mozambicana, como les gusta decir a ellos).
Todo un viaje mochilero-religioso. Y aún hay más.

Para otra ocasión.
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27 de mayo de 2008

El mensaje de “El Roto”

Este mochilero no pudo menos que reírse al ver el chiste de “El Roto”, ayer en el diario El País. Pensó en los bloggers, en general, y, en alguno, en particular. Entre ellos, en él mismo.
Este descarnado humorista (que siempre incide en la diana con sus particulares maneras) no se refería expresamente a nadie en concreto, claro está, sino que podría ser un mensaje a todos los que tienen una pequeña bitácora.
El viajero insatisfecho se aplicó el cuento (andantes = viajeros), tomó nota, e intentará mejorar para tener “más pegada”.
Difícil misión.

¿No somos todos merecedores de tener “más pegada”?.
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23 de mayo de 2008

¿Cacique o sueño?

El viajero insatisfecho se ha relacionado con chamanes (son un misterio) y con jefes de comunas (normales y corrientes), pero nunca lo ha hecho con caciques.
Pero caciques antiguos.
Aquellos de las películas infantiles que, aunque bravos, mantenían un cierto aire de exotismo. No como los de ahora, que se convirtieron hace tiempo en peligrosos.
Aquellos, ya no existen. En sus paseos los ha buscado y en su interior los tiene descritos, pero no los ha visto. Se va a atrever con la descripción de uno de ellos que tiene en su mente:
Era uno de los hombres más notables y más aristocrático de entre los de su raza. Para ser un cafre (habitante de la antigua colonia inglesa de Cafrería, en Sudáfrica), su corpulencia resultaba inmensa; pero no era solamente grueso, sino de aspecto imponente, monumental. Su cuerpo erguido estaba cubierto de bellos y ricos ropajes, de sedas trenzadas y coloreadas y de bordados de oro. Su enorme cabeza, iba envuelta en un pañuelo verde y negro; la cara grande, redonda y llena de arrugas y sinuosidades; dos profundos surcos semicirculares partían de cada lado de las anchas y exageradas ventanillas de la nariz y parecían encerrar la boca, de gruesos labios, en una cerca prisionera. El cuello era macizo como el de un toro. Constituía, en fin, un conjunto que, una vez visto, no se olvidaría jamás.
¿Sería un cacique o sería un sueño?.
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16 de mayo de 2008

El 100 por 100

Para cruzar el río Zambeze era necesario hacerlo en una barcaza que transportaba camiones, autobuses, bicicletas y pasajeros. El viajero insatisfecho así lo hizo en su trayecto de sur a norte de Mozambique. Siempre le llamaron la atención estas barcazas: parecen construidas para sufrir un inevitable percance.
No sabe por qué.
El puente que construían allí iba para largo (ver uno de sus pilares en la fotografía). No hacía falta ser ingeniero para deducir tal afirmación.
Era un río impresionante, mucho más si el día era lluvioso, con las nubes cayendo amenazadoras en el horizonte, que imprimían una terrible sensación de humedad. Cuando se llegaba a laorilla, uno se veía desbordado por la cantidad de vehículos que aparecían por sus alrededores. Los camiones se mezclaban con las personas que por allí merodeaban; con los puestos de venta de frutas, de bebidas, de comida aparentemente insana, de venta de todo tipo de artículos, en un raro desorden, que los guardias mozambiqueños conseguían controlar no siempre con adecuados modales.
Los vehículos fueron los primeros que ocuparon un sitio. El resto del pasaje, amontonado, al final. Tres blancos, contados, subieron en ese turno a la barcaza-transbordador. Cuando ya navegaban por el centro del río, el viajero vio detrás, por el rabillo del ojo, a los otros dos. Mientras, les escuchaba hablar en español.
Se giró completo e hizo la siempre impertinente pregunta: ¿Españoles?. Si. ¿Qué hacéis por aquí, de 'turisteo'?. No, somos cooperantes de Cruz Roja. Estamos aquí, al lado, en un pueblo. Por aquí pasaremos un mes….
¡La cosa tiene serendipia!
Tres blancos, los tres españoles.

El 100%.
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7 de mayo de 2008

La lucha del viajero

Viajar es algo muy, muy serio,…… Y divertido, y apasionante, y enfermizo, y gratificante…. Hubo un tiempo -cree este intrépido mochilero- que la marabunta viajaba porque así al regreso de vacaciones tendría algo que contar, y si salía en la conversación -que salía- tendría algo de que hablar. De esta manera, viaje se convertía en un fonema más dentro del feliz reencuentro delante de un café con churros, y salía de su boca como la palabra atasco, o playa, o suegra, o hamaca.
Podría convertirse en algo odioso o, quizás, contradictorio.
Pero no.
El viaje y el viajero no son como el día y la noche que se empujan mutuamente: te ocultas tú, para aparecer yo. No, el viaje y el viajero son como la luna y la noche: donde estas tú, estoy yo.
El primer viaje de este mequetrefe fue a la India. Fue un pronto, un impulso, una decisión impetuosa, una manera de homenajearse a sí mismo, a su trayectoria. Hasta entonces.
Pero a partir de ahí, todo cambió.

La lucha por conseguir lo alcanzable había comenzado. Surgió en los recovecos de la mente de un muchacho que iba camino de convertirse en un paseante más, en un merodeador más, y un caminante más de las calles y recodos del Madrid de entonces, y de ahora.
Y luchó, luchó y luchó por evitarlo.
Ahora, el viajero insatisfecho, en sus recorridos mochileros, ve hasta imágenes y caras en las rocas ¿se habrá fumado un porro?.
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29 de abril de 2008

El gallo canta (Para mi amigo Pp Porras)

Los diez primeros días de su viaje-mochilero por Colombia se dejó acompañar por un amigo. Era, o parecía, un momento peligroso para viajar por ese país, en especial si se leían los periódicos, con informaciones, día sí y día no, de secuestros y encontronazos del Ejército con la guerrilla y las FARC.
Desde Bogotá, un vuelo les llevó, a su amigo y a él, a Leticia, a orillita del río Amazonas. Una barca contratada les adentró en la inmensidad de la selva por afluentes amazónicos llenos de vida animal, vegetal, salvaje, y de pirañas. La noche la tenían que pasar en un poblado amazónico, ya en territorio peruano.
Las comodidades de la vida madrileña contrastan con las incomodidades de la selva amazónica. Yo, aquí, no creo que pueda dormir, aseguró el amigo al subirse, no sin ayuda, a la hamaca en la que debería descansar.
Ya en la suya, la mente del viajero insatisfecho comenzó a fantasear. Reinaba un completo silencio y quietud, y en los rincones se amontonaban las sombras que producía una mísera vela encendida, cuando -a los dos minutos- el amigo-que-no-podría-dormir roncaba como gorrino en su cochiquera. No pudo este viajero evitar el golpe de risa convulsiva, forzada y, a la vez, entrecortada ante la sorpresiva aparición de aquellos ruidos venidos, quizás, de ultratumba. Seguro que se les oiría más allá de la quietud de la estancia, en la orilla del río que hacía poco habían surcado -ambos- sin el menor indicio de agotamiento.
Varias horas después.
Pocas.
Los que han velado alguna vez a un enfermo conocen esos débiles ruidos que se oyen en medio del silencio. De repente, en ese duerme-vela amazónico, el canto del gallo sonó como un estruendo dentro de la cabaña.
Se acabó el feliz descanso.
- ¡Hijo-e-puta! Fue el grito que al unísono soltaron el viajero y su amigo cuando el día comenzaba a levantarse.
No eran más de las seis de la mañana y el gallo entonaba su habitual canto de libertad debajo de las hamacas, al margen del sueño, cansancio o espanto de unos mochileros venidos de lejos.

¿Quién molestaba a quién?.
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22 de abril de 2008

Ilha de Moçambique

El explorador portugués Vasco da Gama desembarcó en Ilha de Moçambique de camino a hacia la India, en 1498. Eso fue hace más de 500 años. Este viajero insatisfecho llegó a pisar sus huellas, atravesando un estrecho puente de unos tres kilómetros de largo, que es lo que la separan del continente. Apareció por allí cuatro días después de un fuerte ciclón, del que todavía se veían sus efectos. Muchos de los árboles centenarios que tenía la antigua ciudad aparecían arrancados (fotografía grande), todavía en el suelo donde la fuerza de la naturaleza les había dejado.
Tres partes tiene la isla -pequeña y alargada- muy diferenciadas, las tres muy mal cuidadas: la fortaleza, la ciudad de piedra y la ciudad de Makuti.
Le sorprendió la fortaleza (fotografía pequeña), o fuerte de Sao Sebastiao, abandonado.
Le sorprendió la ciudad de piedra, Patrimonio Mundial de la UNESCO, muy tranquila y ligeramente cuidada; aún así, la consideró abandonada. Dos estatuas modernas, en apariencia levantadas en algún acto conmemorativo de pasados centenarios, representando a conquistadores o antiguos exploradores o dueños, no tenían letrero indicativo alguno ¿No habrá algún movimiento anticolonialista, destructor de conmemoraciones ridículas?.
Le sorprendió la ciudad de Makuti, ciudad de pescadores -semihundida entre calzadas laterales- en cuyos angostos callejones, de negro y viejo aspecto, resonaban los murmullos de las madres, los gritos de los niños, los ladridos de los perros y las alborotadas gallinas. Mientras, los todavía artesanos pescadores entretejían y reparaban sus redes en la arena.

Muy cercana.
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16 de abril de 2008

El kudú


Nada que ver con las vacas que crecieron a la par con el viajero insatisfecho. El animal más salvaje que pudo ver durante sus primeros años de vida.
Sus lejanos días infantiles.
El kudú es el símbolo del Parque Nacional Kruger (Sudáfrica). No lo es el fiero león, ni el poderoso elefante, ni el imponente rinoceronte negro. El kudú es como la salvaje naturaleza, como los animales que acampan por la sabana, como este viajero: asustadizo y libre. Viste rayas discretas, nada que ver con las folclóricas de las cebras, ni -en el otro extremo- con las inapreciables del impala.
Hay muchos. Se vislumbran a lo lejos, pero en cuanto el coche se detiene y el ávido viajero apunta la cámara, o permanecen inmóviles o salen huidizos hacia la espesura. Es muy bello el kudú, con ese cuerpo en apariencia fibroso, sin la agilidad de un impala pero con la fuerza en la carrera de un depredador.
Y es herbívoro.
Sus cuernos en espiral y fuertes tienen la fuerza visual de algunos de los mejores momentos de la película King-Kong, versión antigua (1933). No pregunten a este mochilero -por un día convertido en voraz turista- el por qué.
Como alma-animal huidiza que es en su llanura selvática, no pudo captar una buena fotografía. La que muestra es la mejor, lograda aprovechando el zoom de su humilde cámara, con la calidad que, tal vez, no sea la apropiada para los muy admirados y expertos fotógrafos de la blogosfera.

11 de abril de 2008

¿Mozambicano o cubano?

Siempre defendió, y lo sigue haciendo a pesar de lo agotado que siempre termina, que los viajes en autobuses africanos son como “la madre de todas las batallas”, “la teta donde mama el viajero”, “la vitamina de los amaneceres”,… Y eso que, también, este viajero insatisfecho defiende su espacio vital, que se va ¡al carajo! en el momento en que sube al dichoso 'carro'. Todo es contacto, codazos inoportunos, sudores que se mezclan con la ropa del vecino, roce sistemático de brazos, piernas encogidas,…..
¿Dónde quedó su espacio vital?.
En ese vehículo mozambicano, sentado en la parte de atrás, el mochilero escuchaba la conversación del joven que estaba a su lado y otro que se acomodaba, en diagonal, en la fila anterior. Unas veces hablaban portugués, lengua oficial en el país, y otras, cubano. Si, cubano, el acento era su seña de identidad.
Morenos, casi negros. Jóvenes. Cuando se expresaban en portugués, les veía en Mozambique. Cuando lo hacían en cubano, les imaginaba en La Habana.

Uno de ellos se apeó. El que estaba al lado continuó viaje.
“¿Qué hace un cubano tan lejos de su tierra?”, preguntó el viajero. “No. Soy mozambicano, pero mi niñez y juventud las pasé en Cuba”, dijo en perfecto español cubanizado. Otra vez que el mochilero no acertó.
Y van,….. veinte mil.
Pocos años después de la independencia, con Samora Machel al frente del FRELIMO y de la República Popular de Mozambique, los intercambios entre Cuba y este país africano fueron frecuentes. Fidel Castro enviaba personal especializado (médicos, profesionales, militares,…) a este país del hemisferio sur, mientras Mozambique desplazaba a la isla caribeña jóvenes a estudiar y formarse como futuros comunistas. Pero apareció el RENAMO a desestabilizar al FRELIMO, a Samora Machel, y paralizar al país entero.
Guerra civil.
En este intercambio Cuba-Mozambique participó el vecino de asiento y compañero de viaje. En la Isla de la Juventud (Cuba) le pilló la guerra civil de su país y se pasó seis años ¡seis! sin noticias de su familia. A su regreso, a principios de los noventa, con 24 años, comprobó que todos estaban desaparecidos.
Solo, sin ser querido alguno, se volvió loco. Vagabundeó cuatro años por el país, durmiendo en la calle, viviendo de limosnas y perdido.
Ahora ya no. Todo se arregló con el matrimonio, que me salvó. Me casé y tengo dos preciosas hijas”.
Este mochilero leonés conoció a una de ellas, cuando vino a recibirle al bus.


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7 de abril de 2008

El puente


En algún blog -leído estos días- le han dado protagonismo a los puentes. ¿Qué mejor manera que mostrarlos en todo su esplendor a través de una fotografía?.
El viajero insatisfecho va a añadirle además un breve comentario a su particular puente.
Se encontraba de camino a "La Ciudad perdida", en la Sierra Nevada colombiana, en uno de los puntos de obligado paso después de dos días de agotadoras caminatas con subidas y bajadas por las estrechas veredas de las estribaciones montañosas. Este puente sobre el río Buritaca había sido construido por los kogis y arzario, pueblos de la zona, dignos herederos de la famosa civilización tayrona ya extinguida.
Al cruzar esta artesanal e impresionante obra ingeniera (?), le hicieron una fotografía de recuerdo (ver), para regalar a su paisano y amigo, ingeniero de Caminos y diseñador de puentes en España.
A este caminante le impresionó -también- la breve charla con el chamán-mamá Lorenzo, hombre difícil y poco comunicativo pero verdadero jefe espiritual para las gentes de la zona, que acuden a su destartalada cabaña, a unos metros del río, en son de consejo y buenaventura.

2 de abril de 2008

Todo el mundo tiene talento....

Todo el mundo tiene talento, es original y tiene algo importante que decir
BRENDA UELAND
.
.
Basándose en esta frase que leyó hace unos días, el viajero insatisfecho trató de autojustificarse sobre el por qué escribía en un blog. Nada más lejos que intentar ponerse rosas sobre su linda cama; nada más lejos que pretender adornarse con adulerías de otros, pero…..
Hace tiempo que conocía un blog-colega, que también habla de viajes, que le había dedicado una entrada, compartida con otras dos bitácoras (pinchar). No había querido sentirse orgulloso, ni pregonar su existencia pero hoy le ha dado por ello.
Cede su orgullo a sus lectores.

28 de marzo de 2008

Cerca de la frontera


ESCRITO YA EN ESPAÑA.
DE VEZ EN CUANDO, EL
"VIAJERO INSATISFECHO" SEGUIRÁ CONTANDO COSAS DE MOZAMBIQUE.

Cuando estaba leyendo la experiencia sobre lo oído en la frontera, entre Nicaragua y Costa Rica, por los autores, Rosa Regàs y Pedro Molina, del libro Volcanes dormidos, este viajero no pudo menos que recordar los problemas existentes entre Zimbabwe (ahora arruinado -política y económicamente- por Mugabe) y Mozambique. En Manica, una ciudad muy cerca de la frontera con “el territorio Mugabe”, gran cantidad de refugiados anglo-parlantes son criticados por los portugo-parlantes de Mozambique.
“Su dinero no vale nada”, decían -entre orgullosos por el suyo y apenados por sus vecinos- los herederos de los lusitanos. El viajero insatisfecho lo pudo comprobar al comprar un billete de 10.000.000 de dólares de Zimbabwe por 10 meticais, moneda mozambicana (unos 30 céntimos de euro).
(La fotografía que acompaña este “post” es la reproducción exacta del billete de curso legal que este mochilero adquirió como artículo de recuerdo).
“Sus mujeres no quieren trabajar”, decía el mismo conversador, haciendo referencia al grupo de llamativas y flamantes negras, de escotes generosos y modales procaces que merodeaban por la terraza del bar del hotel. El conversador en cambio no dijo -y querría este mochilero dejar constancia de ello- que en otras ocasiones -la mayoría- estas mujeres, u otras parecidas, hacían los trabajos más bajos y menos gratificantes en suelo mozambicano.
Pero no sería justo viajar a Mozambique a reclamar con los menos favorecidos una sensibilidad que los españoles de hoy, en una situación similar (salvando las diferencias y distancias), tampoco parece que estemos muy por encima de los mínimos exigibles.

24 de marzo de 2008

Los mercados africanos (Mozambique)


Ser simple y sencillo es una buena medicina para la comprensión y el entendimiento de ciertos matices, sensaciones o pasiones vividas.
Si hay una cosa caótica, al menos en apariencia, son los mercados africanos. Pero no esos mercados con artesanías inservibles para los turistas impulsivos de las compras anodinas, sino los puestos de venta de sus productos básicos, locales y cotidianos.
Puro caos.
Son cosas y más cosas apiladas en inestables tenderetes (estos, si son artesanía), colgadas de los árboles y colocadas en el suelo; encima de otro producto, sobre la destruida acera o sobre un pequeño arbusto cercano (verde, siempre verde). Personas resguardadas del sol bajo sus propios tenderetes, mujeres sentadas en un saco de arroz y detrás de varios cestillos con pequeñas cosas (pocas): tomates, patatas, arroz, pimientos, guindillas, naranjas, verduras raras,….
Ninguna de estas unidades productivas pasarían los controles de calidad de los países europeos, lo que le hace pensar a este caminante que difícil colocación tendrían en cualquier mercado de la Vieja Europa (hartos estamos de ver tomates todos iguales. ¿Quién compraría un kilo de este popular producto si sus unidades no fueran todas la viva imagen unas de otras?).
Y gritos.
Muchos gritos.
Y, otras, silencio.
Una vende arroz, o maíz, y tiene sobre su producto varias latas de diversos tamaños (tal vez, ¿un kilo?, ¿medio kilo?). Latas de hojalata que ahora sirven para medir pero que otrora, hace muchos años, fueron el glorioso envase de buenos productos exportables. Y niños (muchos niños), sentados en las aceras con su palangana de cacahuetes, con su cortada botella de plástico que hace de medida. Los niños, también las mujeres y jóvenes, al pasar el viajero insatisfecho, le miran con extrañeza. Los niños, tal vez, con tristeza, y hacen amago de ofrecerle su venta. Si les mira a los ojos, se amilanan y se olvidan de su ofrecimiento.
Al viajero le ofertan productos inservibles:
¿Para qué quiere una pequeña caja de herramientas, made in China?.
¿Para qué le sirve un juego de cuchillos?, y
¿para qué un viejo y oxidado pestillo de una puerta?.


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20 de marzo de 2008

Gorongosa (Mozambique)

El Parque Nacional de Gorongosa fue antaño uno de los más importantes de África.
Otra cosa venida-a-menos.
Parece ser que estos últimos años resurge, aunque la población animal no puede compararse con la que tuvo en sus primeros comienzos.
Se pueden ver impalas, antílopes acuáticos, oribis, kudus, jabalíes verrugosos, hipopótamos, elefantes y, con suerte, algun león. La gran cantidad de aves es una maravilla. En el noroeste del Parque se encuentra el monte del mismo nombre, envuelto en leyendas locales, que despiertan la voraz curiosidad del occidental que llega a sus cercanías.
Como persona que escribe esta entrada lo vió, como viajero insatisfecho lo soñó. Gorongosa estaba cerrado al subir al norte del país, por fuertes lluvias e inundaciones (es la época lluviosa). En un fracasado intento pudo imaginar todo eso, y soñar, y arrepentirse de haberlo soñado, e intentarlo de nuevo a la bajada del norte, y volver a fracasar.
Cuando estaba escribiendo este breve texto en su libreta de notas, al lado de una cerveza, alguien le preguntó: “¿periodista?”.
- No, “blogger”.
Miró con "cara-de-haba" y se fue.

13 de marzo de 2008

No se identifica con lo escrito (Mozambique)

De Beira a Quelimane (dos ciudades costeras de Mozambique), debería haber sido un viaje de nueve horas, según lo previsto, pero derivaron en veinte.
Debería este mochilero haber viajado en un cómodo (relativo este adjetivo en África) pero viajó en un pequeño microbús atestado de personas y, a ratos, cuando la lluvia arreciaba (!!y cómo llueve!!, cuando llueve en Mozambique), abrazado a su mojada mochila, que viajaba normalmente en el techo de autobús, pero cuando era rescatada de allí, después de hacer detener al “carro”, goteaba ya empapada. Créanle, que no había otro sitio en el dichoso autobús.
Debería haber “falado” con los viajeros que le rodeaban pero eran parcos en palabras, casi mudos y antipáticos y poco predispuestos a entretener al blanco barbudo, que debería haberse quedado -pienso que pensarían ellos- en su país para viajar con su gente, evitar entrometerse en su ambiente, de ellos, y, con ello, no provocarles el trastorno de parar el buseto cuando llovía y rescatar la mochila de dónde nunca debería haber sido colocada por el propio cobrador mozambicano (!!Y encima el que se creaba enemigos era este indefenso mochilero!!).
El viajero insatisfecho, después de 20 horas de un pesado y cansino viaje, repleto de paradas, también de averías, con el dolor de espaldas de rigor y harto de sí mismo y los demás, escribió en su libreta de notas el siguiente texto con el que ahora ni se identifica, ni pareciera haber salido de su pensamiento y pluma:

Siempre tuve la extraña impresión que iba a ser viajero hasta la eternidad, pero parece que la eternidad encontró ya su meta. Porque ya no me siento el viajero que fuí. El goce de viajar se está convirtiendo en una neblina. Difícil traslucir lo que hay detrás”.

7 de marzo de 2008

Contrastes, demasiados (Mozambique)


Casa colonial en Beira

En África las cosas son como son. Si cambiaran ya no sería África, sería Honolulú, o Torremolinos o el Shangai de los chinos. No importa saber cuando comenzó este empobrecimiento porque, en realidad, ese paso-atrás nunca ha acabado.
Este viajero insatisfecho ha encontrado este continente -una parte de él, pero significativa- como la dejó hace varios años. Todos aceptamos la tradicional y discutible distinción entre el fondo y la forma. Tratará de explicar la forma, siempre sencilla e inteligible, pero no el fondo que es siempre profundo y complejo.
!! Ay, el fondo!!.
El continente estaba lleno de jóvenes, también de niños que jugaban y gritaban cuando el sol ha caído. De personas sin-techo, sucios, demacrados, envejecidos (era curioso que nunca les ha visto con su botella-tetra-brick de vino o alcohol al lado). Estaba lleno de trabajadores que en las pocas terrazas de los pocos cafés, se movían -en apariencia, ajenos- en la vorágine de la vida diaria, de su vida africana.
Esto ha visto en Mozambique, donde, si les mirabas a los ojos, se anticipaba e intuía a las boas pesoas.
Esto ha visto en Beira (en el centro del país), una ciudad venida-a-menos, de destartalados y sucios edificios coloniales, de demasiadas personas tumbadas bajo los singulares árboles africanos, de demasiados niños descalzos vendiendo chucherías.
Como contraste, tribus de niños y niñas guapos, aseados, saliendo de escuelas sucias y desconchadas. Adolescentes enamorados en cualquier esquina en un anochecer de sonrisas en sus corazones, y ejecutivos cansados en las simples (por sencillas) recepciones de las pensaos (pensiones) locales.
Y muchos y modernos móviles Nokia......
¿En qué mundo de contrastes estamos viviendo?.


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28 de febrero de 2008

Próxima parada: Mozambique

El viajero insatisfecho retorna a África, su “País-de-Nunca-Jamás”. Desea sentirse quijote en tierra extraña, despertarse en ciudad desconocida y saborear sensaciones agradables y embriagadoras. Fuertes y, a la vez, ligeras.
Leyó a otro viajero, hace unos días, y decía que cuando estaba lejos “sentía una euforia casi infantil al adentrarse en un mundo desconocido, al observar cosas nuevas”.
Pues eso.
África es y será un continente de retales, de mandiles rotos, de sharis de colores, de turbantes azulones, blancuzcos o jaspeados de rayas, de incomodidades viajeras y de días de meditación y arrepentimiento. Una tierra rojiza y ocre. A veces, encharcada de miseria; otras, reseca de sed y hambruna. De hombres fibrosos y extraños; de mámas de culo africano (african body) o negras mujeres de tipo europeo.
Pero, con todo y con eso, es África.
Con todos los respetos.
El mochilero se olvida de colonialismos y vidas mancilladas, únicamente observa, ve, siente y clama al cielo si algo no le gusta.
Lleva la mochila cargada de libros, de ropajes viejos, de zapatillas queridas y de vaqueros rotos.
Se dejará acompañar por Volcanes dormidos, de Rosa Regàs y Pedro Molina Temboury (lo compró por barato); La tregua, de Mario Benedetti (un regalo); Lord Jim, de Joseph Conrad (lo tenía pendiente), y más libros que quizás lea en sus horas previas al sueño. Y, también, de vuestros mensajes de apoyo, de vuestras caricias y silencios, de vuestros vocablos cariñosos. De vuestras palabras de ánimo, de aprecio, de comprensión, de vértigo y envidia.
No viaja acompañado, pero tampoco solo.
Y en esta salida, menos que en ninguna.

24 de febrero de 2008

La sencillez de un tema complejo

Cuando leyó este fragmento, el viajero insatisfecho no sabía hacia que posición decantarse. Incondicional como era del autor, no creía que esas palabras fueran todo lo precisas que exigía el tema. Las leyó una y otra vez. Y unas veces sí (precisas), otras no (precisas).
Tampoco eran para desmitificar la figura de su hacedor pero sí para poner una nota discordante a las abundantes reflexiones de sus escritos.
Ryszard Kapuscinski decía:
Una nueva mirada a la historia de África. Y es que, en los últimos quinientos años, dicha historia se ha dividido en dos épocas: la de la esclavitud y la del colonialismo; sólo que los historiadores solían tratar la de la esclavitud como algo marginal, tan sólo la mencionaban, mientras que todo el mal que ha perseguido a África lo achacaban al colonialismo. Sin embargo, era una imagen falsa del pasado, pues la trata de esclavos, es decir el robo y el asesinato de la población africana que se prolongó durante más de trescientos cincuenta años, destrozó y despobló el continente, frenó su desarrollo para siglos, lo marginó del mundo y lo condenó a la miseria y a una existencia vegetativa. Se trata del gran crimen, oprobio del mundo, cometido sobre África. El colonialismo, en cambio, que imperó durante un tiempo sensiblemente inferior, pues fueron menos de cien años, es un fenómeno bastante complejo. A pesar de que era un sistema de explotación, abusos y humillaciones, no dejó de tener un lado positivo: aquí y allá construyó escuelas y carreteras, introdujo la administración e instituciones sanitarias. Sin embargo, se sigue omitiendo mencionar, no sin cierta turbación, el horror de la esclavitud, que fue decisivo para el atraso histórico de África y en su lugar se señala al colonialismo como al único culpable de todas las desgracias”.
Este mochilero sigue sin saber qué es lo que le mantiene en esa duda y por qué no apoya completamente las palabras de este monumental periodista.
¿Podría ser por la sencillez con que está expuesto un tema tan complejo?.
¡¡Valiente!!

18 de febrero de 2008

Divisó dos cuerpos

A lo lejos, divisó dos negros cuerpos femeninos que se acercaban balanceándose como dos ramas movidas por el viento. Daba la impresión de que jugaban entre ellas mientras se acercaban lenta, muy lentamente. Ya se sabe que en la lejanía la sensación de movimiento se ralentiza. La escena era entretenida y de exquisita generosidad visual. No lo dudó un momento y el viajero se sentó en uno de esos troncos corroídos, por el agua del mar, que se encontraba muy cerca de donde rompían las pequeñas olas en la arena. Desde allí pudo observar sus cuerpos con cierto disimulo pero -a su vez- con una ansiedad carnal que esos días afloraba en su piel y su interior. Mientras las observaba a lo lejos, ambas mantenían sus juegos, pequeños empujoncitos y lo que creía fueran risas de amistad y complicidad. Era una imagen estéticamente serena. Si fuera de una película, su director la hubiera difuminado para impresionar al espectador y realzar su belleza. Pero la imagen era de una realidad pasmosa. Entre tranquilo y nervioso, esperó a que estuvieran a pocos metros, entonces -se dijo- “las abordaré”.
No fue necesario.
Se acercaron a él entre risas y breves comentarios que oía como un bullicio chismoso. Le ofrecieron artesanía local, collares, anillos y figuras de madera, todo ello labrado, con profesionalidad, pero también con cierta torpeza.

11 de febrero de 2008

Noches de ayahuasca y silencio


El viajero insatisfecho echó un vistazo al interior de la cabaña, en medio de la selva amazónica, para buscar un sitio donde sentarse y observar la puesta en escena del chamán. Éste se vistió con cierta lentitud programada o, quizás, provocada por el cansancio de caminar los agrestes y húmedos senderos del paisaje selvático.
El mochilero parecía dominar la situación. Dio un trago a la ayahuasca (mezcla hervida de corteza de bejucos y hojas de chacruna, oco-yajé, y otras) del vaso que llegaba a sus manos después de hacer un recorrido por los labios de otros cinco observadores y, sin mucho aspaviento a pesar del fuerte contenido, devolvió el vaso vacío a Humberto, el guía local. Era noche cerrada y la única iluminación que había eran cuatro míseras velas que en el mismo instante en que el chamán comenzara con su rito serían apagadas para vivir la experiencia en la más absoluta oscuridad.
Pasados unos minutos, nuevo trago de ayahuasca, el sagrado líquido.
El chamán, en su continuada parsimonia, lió su cigarro de conjuros, mezclas herbáceas y alucinaciones que, junto con el sagrado líquido, era fundamental en estos rituales. Bebió, fumó, bebió y volvió a fumar hasta que se puso temperamental y bravo. Luego, tras unas frases indígenas de vital calado, comenzó con su ritual de limpieza. De uno en uno.
La ayahuasca salía insistente de ronda, incluso a oscuras, y el aforo comenzaba a sentir sus efectos.
Al llegar su turno, el sumiso mochilero se sentó frente al hombre, que -entre tragos y bocanadas de humo- recogía con exagerados gestos los malos espíritus. Insuflaba y, después, absorbía el humo de su cabellera (ver fotografía), como quien aspira el veneno después de una mortal mordida de serpiente.
Malas enfermedades y augurios, pero “el viajero no debe preocuparse -dijo- la limpieza cumplió su cometido”.
El ritual había terminado.
Mientras los allí congregados, ya trastornados por el brebaje, desgranaban alguna de sus vivencias, el anciano chamán y su anciana compañera, con una humildad que parecía casi un insulto, se acurrucaron en una esquina de la cabaña para así pasar la noche, en este caso, no de lobos. El chamán miró al grupo por última vez. Parecía cansado, pero el suyo era un cansancio infinito que procedía de algún rincón profundo de su interior. El hombre parecía llevar una carga interna, el peso de las penas, la angustia y la tristeza de la humanidad entera. O quizás, también, los malos espíritus de este avieso trotamundos.

7 de febrero de 2008

Hoy toca escuchar

Nada que contar.
Hoy toca estar callado.
El viajero insatisfecho piensa en esa gente que encuentra, a veces, por los caminos de otros países y por las rutas de otras tierras, que tienen auténtica serenidad a la hora de estar y aparecerse en momentos delicados.
Y reflexiona: “cuando uno habla con estos personajes, termina uno callándose. Todo lo que presentan, hasta su triste mirada, es pura y absoluta verdad”.

Hoy toca escuchar.

3 de febrero de 2008

La Nariz del Diablo

De toda la línea del ferrocarril ecuatoriano trans-andino entre Guayaquil -en la costa pacífica- y Quito sólo se conserva el trazado que va de Riobamba a Alausí. Es un tren de vía estrecha que pasa por lugares irrepetibles y que circula con una obligada lentitud debido a sus difíciles curvas y pendientes.
El ferrocarril (toda una obra de ingeniería), que comenzó a construirse por Guayaquil, llegó Riobamba en 1905, después atravesó su punto más alto en Urbina (3.618 m) y finalmente llegó a Quito en 1908. Pero los desprendimientos de tierra que provocaron las lluvias torrenciales de El Niño (1982-1983) y los daños que produjo este fenómeno en 1997-1998, obligaron al cierre de todo el recorrido, tan sólo se pudo reparar el tramo que discurre entre Riobamba y Alausí, y unos pocos kilómetros más, hasta atravesar la Nariz del Diablo, en un espeluznante descenso y en un increíble zigzag que obliga en ciertos tramos a ir marcha atrás.
A veces, puentes de aspecto desvencijado cruzan profundas quebradas. Toda una movida-turista desde el techo del tren donde se viaja (ver imagen grande), sin otra separación de los precipicios que el vacío. La experiencia de este viajero en ese tren se saldó con ocho descarrilamientos (ver imagen pequeña). Ocho, que un grupo de empleados ferroviarios solucionó con una habilidad pasmosa.
De verdad, que fueron ocho. El viajero insatisfecho no salía de su asombro.

Fue allí para conocer y palpar un poco más la historia de este trazado ferroviario, buscando y queriendo entender su historia. Pero una vez allí, simplemente, lo sintió. Los viajes son un patrimonio personal, un bagaje que no permanece estático, sino que se alimenta día a día. No se si alguien imagina lo que puede salir de una aburrida y perezosa charla en un autobús o, en este caso que nos ocupa, en un ribazo a orillas de la vieja vía, esperando que el tren retorne al sitio de donde nunca debió salir: de sus raíles.

27 de enero de 2008

No todos los caminos llevan a Roma

El Parque Nacional Tortuguero, en Costa Rica, fue un delicioso lugar para este viajero insatisfecho.
A veces él mismo se asombra de lo despistado que puede estar en un país, cuando se trata de ir a un lugar previamente decidido. Señala en el mapa, quizás, una ciudad cercana a donde piensa dirigirse. Y allí, sin más, se encamina. Pero, sobre todo, cuando los parajes son complicados “no todos los caminos llevan a Roma”. La proximidad puede no ser el lugar ideal para lanzarse al descubrimiento de un territorio cercano insensible al caminante o viajero. A veces dependerá de las lluvias; a veces, de la época turística; otras, dependerá de la propia naturaleza que cortará el paso. No siempre se llega en el primer intento.
Pero fue divertido, una vez descubierta la ruta, lanzarse con un bote a motor (de caro alquiler -otro paisano local insensible a las miserias de este mochilero-) por la multiplicidad de canales que atraviesan el Parque y que brindan al visitante una oportunidad única de conocer la exuberante flora y fauna de la zona.
Las tortugas que desovan en sus playas no las vió. La época no era propicia. Pero si se relajó en medio de esa inmensidad natural con mezclas de agua salada y agua dulce cristalina, perfectamente diferenciadas; observó incrédulo y silencioso a un colibrí explorando las flores de un pequeño arbusto, y escudriñó entre dos luces varios estrechos canales en una silenciosa piragua. Apreció la diversidad de animales que moran allí.
Preciosos amaneceres.
Amaneceres de monos cariblanca, manatíes, tapires, zopilotes, oropéndolas de Montezuma, gavilanes cangrejeros, jaguares, nutrias, perezosos de tres dedos, murciélagos pescadores, pecaríes, mapaches, y más, y más,………., y más.

22 de enero de 2008

Y si fuera la niña sagrada

Cuando sacaba esta fotografía (ver) casi le temblaban las manos. Este mochilero acababa de salir del patio del viejo templo nepalí, donde, con la disculpa de la religión y la tradición, mantenían a una niña semi-secuestrada. Esta otra niña, que vio unos minutos después asomada a la ventana del bello balcón de una calle cercana, era la viva imagen de la escena que podía haber presenciado -y no presenció- en el patio del templo.
Era la viva imagen de la niña sagrada.
La secuestrada.
Y si fuera.
Y si fuera la niña sagrada.
Si fuera la niña, la arrancaría de un tirón de semejante prisión religiosa, de semejante condena.
El templo, y su patio, era uno de los más antiguos de Katmandú. El libro-guía contaba la tradición al viajero, que se acercó, para reconocer más tarde, en sus recuerdos, haber estado allí, en Kumasi Bahal.
En esta casa, habita la diosa viviente. Es una niñita elegida hacia la edad de 4 o 5 años, dentro de una casta determinada, por su cuerpo sin defectos, su horóscopo que encaje con determinados criterios,…. Se satisfacen todos sus deseos y no sale más que para algunas ceremonias religiosas. Sobre todo no debe herirse, puesto que la aparición de la sangre significa para ella el fin irremediable de su carácter sagrado.
Por tanto, no juega, casi no se mueve y termina su carrera cuando tiene su primera regla. Se la devuelve, de nuevo, a su familia con un montón de regalos… y un poco “tocada” de la cabeza. Además, su vida quedará estropeada definitivamente ya que en la práctica nunca encontrará marido. Según una tenaz superstición, él moriría en los meses siguientes al matrimonio.
Puede asomarse a la ventana, pero está formalmente prohibido fotografiarla
”.
El viajero insatisfecho no la vio.
Vio a la otra.
A la inocente niña. A unos metros de su posible destino fatal.

15 de enero de 2008

De ronda de cervezas y ron

Si le pasa algo a mi amigo, le monto una balasera que no queda vivo ni el gallo”. Eso, o algo parecido, le dijo el joven-rancherito-venezolano al conductor del bus que llevaría al mochilero al centro de Caracas.
Ahora, desde la reflexión y el reposo, no sabe cómo llegó hasta allí (bueno, sí: despistado) pero lo que tiene claro es que jamás volverá a los ranchitos caraqueños en las condiciones que lo hizo en aquella ocasión.
Subió paseando. Miraba y miraba las casas y pequeños escaparates cercanos y, de vez en cuando, trataba de encontrar un punto donde divisar la ciudad en toda su extensión ¡Más arriba!, pensaba. Así, casi sin ser consciente de nada, se adentró en un territorio marginal, asfixiante, sorpresivo y peligroso. Cuando se encontró en pleno callejón sin salida -casi precipicio- con las caras de cuatro niños y señoras regordetas y sucias mirándole extrañadas, se dio mediana cuenta de dónde se encontraba. Dio la vuelta. Cuando se sintió rodeado por cuatro chavales bien vestidos pero de maneras provocativas -como provocativo es ser dueño de un territorio o calle sin ley- se puso a la defensiva.
La naturalidad parecía, en esos momentos, su mejor arma. Y esa naturalidad le llevó a invitarles a rondas de cervezas y ron; a dejarles la cámara de fotos como si no fuera con ellos su drama interior; a visitar una casa donde cuatro plañideras rezaban al muerto que tenían en la vecina habitación. Apuñalado, jovenzuelo, hermano del acompañante, ya casi amigo, de rondas de cervezas y ron.
Verle tieso en la cama tan moreno, casi imberbe, y oír a las plañideras rezar y llorar, llorar y rezar, fue como trazar una raya entre lo verdadero y lo falso. La muerte no era nada más que muerte, adornada con un mínimo candor de unas mujeres que, aparte de plañir, ofrecían al viajero insatisfecho arroz blanco y le invitaban con gestos a pasar al muy cutre salón. Mientras, en su cabeza, planeaba una salida digna del lugar, con naturalidad de amigo y sin sentirse trasquilado.
De allí, otra vez de rondas de cervezas y ron. Por fin, al bus. “Si le pasa algo a mi amigo, le monto una balasera que no queda vivo ni el gallo”.