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9 de marzo de 2024

Salar de Uyuni, última etapa boliviana


Salar de Uyuni, Bolivia


Monumento Dakar

Uyuni, el salar de Uyuni sería la última etapa reseñable del viajero insatisfecho en Bolivia. Después vendría el paso de frontera con Argentina para internarse en este país, y conocer, a la vez, Paraguay.

Llegó a este municipio boliviano (Uyuni), procedente de Potosí, en un autobús que había tomado a primerísima hora de la mañana. Fueron dos o tres horas de viaje (no recuerda) y, una vez abandonado el bus, se uniría a una expedición de cuatro personas (todas ellas españolas, aunque no conocidas hasta entonces) para hacer el recorrido en 4x4 por el salar y, dos días más, para recorrer Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa. Era una buena manera de hacerlo, y poder disfrutar así de los atractivos de estos lugares únicos.

Con una superficie aproximada de 10.500 kilómetros cuadrados sobre el altiplano, era el desierto salado más grande del mundo. Una inmensa llanura blanca, y sin duda una inmensa panorámica, de las que se podían grabar en la retina para siempre. De hecho, se le grabó. El salar de Uyuni representa un importantísimo motor económico para Bolivia, no sólo por ser un reclamo turístico que atrae a miles y miles de personas cada año, sino porque de él se extraen anualmente unas 25.000 toneladas de sal. Además, se encuentra la mayor reserva de litio del mundo, y ya se sabe lo importante que se ha vuelto este mineral para unas amigas del género humano: las baterías.


Cementerio de trenes

La excursión comenzó con la visita al cementerio de trenes, un lugar extraño con un montón de vagones oxidados que no se levantaban de allí por su atractivo fotográfico para turistas y viajeros. O eso creyó. Posteriormente, la incursión en la extensión blanca, casi infinita — kilómetros y kilómetros— ocuparía todo el día. A una velocidad constante de unos 40 kilómetros por hora, se hicieron paradas en diferentes sitios para admirar ciertas peculiaridades. La primera parada, después de recorrer varios kilómetros fue para pisar el salar (caminar sobre él), sentir y palpar su atractivo, y hacer las siempre imprescindibles fotografías. La segunda, para también retratar el “monumento Dakar” y zampar el almuerzo correspondiente en un restaurante-comedor, allí, al lado del monumento. En el resto de la tarde, el trayecto se extendería hasta la isla Incahuasi, en medio del salar (en quechua significaba «la casa del Inca»), una isla repleta de cactus gigantes que podían llegar a los diez metros de altura. Después de varios kilómetros de recorrido una parada para hacer las originales fotos con peculiares perspectivas, una actividad muy popular (¿y ridícula?), pero que dejaba imágenes simpáticas. A última hora de la tarde, visita al lugar que vulgarmente era conocido como ‘de los reflejos’, para hacer más fotos, usando el efecto de la luz y la suave capa de agua, y conseguir más originales instantáneas. Cree, no obstante, este mochilero que lo mejor del salar de Uyuni, sería disfrutarlo, pues contarlo se hace reiterativo y difícil. De todo ello, se grabaron las imágenes en la mente, mantenidas para siempre como un poso de vivencias.


Juego de perspectiva


Isla Incahuasi

Después de una noche en un humilde hotel construido a base de bloques de sal, comenzaría el itinerario por la Reserva Nacional Eduardo Avaroa, durante dos días. Impresionante y muy bella excursión. Se recorría toda una altiplanicie rodeada de grandes montes andinos, algunas lagunas y un territorio semidesértico con espectaculares momentos. El contrato de esta marcha hablaba de los siguientes lugares y zonas a visitar: laguna Cañapa, laguna Hedionda (fuerte olor a azufre y sedimentos), desierto de Siloli, árbol de Piedra, laguna Colorada, géiseres, desierto Salvador Dalí,….. Multitud de sitios, imágenes y sensaciones que se iban guardando en la retina y en el interior de la psiquis viajera. Las lagunas de coloridos espectaculares (blancos, con verdes, morados y rojizos), los flamencos picoteando y alimentándose de sedimentos y algas, que solamente se encontraban en ellas. Algunos otros pájaros, o llamas y vicuñas, acompañaron en el recorrido para convertirlo en original, auténtico y distinto. Parajes que se extendían en el horizonte, donde crecían plantas como la queñua o la yareta (arbusto nativo del altiplano, de apariencia similar al musgo).


Árbol de piedra, R.N. Eduardo Avaroa
Terminó todo —después de dos días— y, de nuevo, en la población de Uyuni. Las dos jóvenes vascas y el murciano que le acompañaban se despidieron hacía otras y diferentes aventuras.

Fin.


Laguna Colorada, R.N. Eduardo Avaroa


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