En su recorrido por territorio birmano, el viajero insatisfecho también transitó el sur, por la lengua de
tierra que forma el país con la frontera tailandesa. Aquella estrecha franja
bajaba cientos de kilómetros bordeando el mar de Andamán cerca de multitud de
playas que no tenían nombre ni renombre turístico. Pero allí estaban sin
explotar, ni expoliar.
Frente a estas largas playas de arena se situaba un extenso archipiélago de pequeñas islas, muchas de ellas solitarias. En aquel estrecho territorio se encontraba el estado de Kayin y la región de Tanintharyi, el sur profundo de Myanmar.
Bajó muy al sur hasta la ciudad de Myeik pero no la encontró mucho atractivo y decidió permanecer poco tiempo. En su inevitable ascenso por la misma y única carretera longitudinal de nuevo hacia Yangón, donde al final debería tomar el vuelo de vuelta, paró, entre otros sitios, en Dawei, ciudad habitada, según señalaba el libro-guía, desde “hace cinco siglos o más, principalmente por marineros mon y tailandeses”. Desde luego la ciudad tenía vestigios más modernos, más de la época colonial inglesa. A pesar de ser relativamente pequeña, Dawei poseía mucha arquitectura interesante, con numerosas casas de madera antiguas de dos plantas, con tejados a cuatro aguas y abundante decoración de madera tallada. Paseó y paseó, aquella primera tarde, por la ciudad, sacó fotos de la arquitectura de sus casas y dispuso que al día siguiente iría a visitar su primera playa de aquel país en el viaje.
La playa de Maungmagan, una de las más famosas, estaba a unos 20 kilómetros de donde se encontraba, por lo que decidió alquilar una moto para dicho propósito. El primer intento fue fallido pues no consiguió comunicarse con el motorista que no hablaba ni una palabra de inglés. Lo logró al segundo, cuando al menos pudo hacerse entender sobre el destino del trayecto.
Frente a estas largas playas de arena se situaba un extenso archipiélago de pequeñas islas, muchas de ellas solitarias. En aquel estrecho territorio se encontraba el estado de Kayin y la región de Tanintharyi, el sur profundo de Myanmar.
Bajó muy al sur hasta la ciudad de Myeik pero no la encontró mucho atractivo y decidió permanecer poco tiempo. En su inevitable ascenso por la misma y única carretera longitudinal de nuevo hacia Yangón, donde al final debería tomar el vuelo de vuelta, paró, entre otros sitios, en Dawei, ciudad habitada, según señalaba el libro-guía, desde “hace cinco siglos o más, principalmente por marineros mon y tailandeses”. Desde luego la ciudad tenía vestigios más modernos, más de la época colonial inglesa. A pesar de ser relativamente pequeña, Dawei poseía mucha arquitectura interesante, con numerosas casas de madera antiguas de dos plantas, con tejados a cuatro aguas y abundante decoración de madera tallada. Paseó y paseó, aquella primera tarde, por la ciudad, sacó fotos de la arquitectura de sus casas y dispuso que al día siguiente iría a visitar su primera playa de aquel país en el viaje.
La playa de Maungmagan, una de las más famosas, estaba a unos 20 kilómetros de donde se encontraba, por lo que decidió alquilar una moto para dicho propósito. El primer intento fue fallido pues no consiguió comunicarse con el motorista que no hablaba ni una palabra de inglés. Lo logró al segundo, cuando al menos pudo hacerse entender sobre el destino del trayecto.
La carretera hasta la playa serpenteaba entre plantaciones de caucho y
verdes matorrales ribereños. En el trayecto, ‘de paquete’ en aquella moto
alquilada, pudo ver la vida campestre, cotidiana y diaria de mucha gente; un
grupo de jóvenes birmanos sobre aquel tuk-tuk,
que durante unos kilómetros precedió a la moto, saludaba con cierta timidez al
motero extranjero; el agradable joven birmano
que le porteaba sonreía
cuando el mochilero leonés le hacía parar (stop,
stop, please!!) para recrearse con unas fotos a los cuencos colocados en los árboles del caucho que recogían su consabida
savia o resina, y, por sorpresa, a
orillas de la carretera, en un camión con guirnaldas, un grupo tocaba y bailaba
una canción religiosa local. No entendía nada.
Pura vida birmana.
Aquella inmensa playa de más de 10 kilómetros de extensión no le pareció espectacular. Como era un día entre semana y fuera de la época vacacional se encontró aquella arena semivacía, tan sólo ocupada por unos ocasionales pescadores que reparaban sus aparejos de pesca. Aprovechó la coyuntura para darse un paseo en la moto, a toda pastilla, por la dura y lisa arena a sólo un metro del agua.
Esto, junto a las risas, las boberías de todo turista y el agua de coco tomada en un pequeño chiringuito, fue lo único reseñable.
Pura vida birmana.
Aquella inmensa playa de más de 10 kilómetros de extensión no le pareció espectacular. Como era un día entre semana y fuera de la época vacacional se encontró aquella arena semivacía, tan sólo ocupada por unos ocasionales pescadores que reparaban sus aparejos de pesca. Aprovechó la coyuntura para darse un paseo en la moto, a toda pastilla, por la dura y lisa arena a sólo un metro del agua.
Esto, junto a las risas, las boberías de todo turista y el agua de coco tomada en un pequeño chiringuito, fue lo único reseñable.
No obstante debió reconocer que un día así, ordinario y
reposado, valía un viaje.
Instantáneas en la playa de Maungmagan
VÍDEO
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