9 de julio de 2016

Pomuch, un pueblo con una tradición maya

Iglesia de Pomuch

Hablaba con un camarero, en un bar de Campeche, México, cuando se enteró de una extraña tradición maya: la limpieza de los huesos de los muertos en la población cercana de Pomuch. El amigo era de ese lugar y conocía, por supuesto, todos los pormenores de la tradición que le explicó a grandes rasgos.
Al viajero insatisfecho le quedaba una tarde de sol y calor en la ciudad, y de no hacer nada, antes de tomar el bus nocturno hacia Veracruz, siguiente destino. Decidió visitar el pueblo de Pomuch, a unos 50 kilómetros, que gracias a este ritual ancestral maya se ha convertido en una población conocida, en un pueblo mágico, aunque no ostente de manera oficial ese título. Le preguntó al camarero dónde podía agarrar (como decían allí) un colectivo (minibus) y se presentó en el lugar. Paró en la plaza de la Iglesia, un monumento del siglo XVII que encontró cerrado, de esta manera no pudo ver la figura sagrada hecha de pasta de maíz, única en México, según le explicó también el amigo camarero de Campeche. Agarró un ‘ricksaw’ que le recordó a su estancia en India, y se dirigió al cementerio. El muchacho que le llevaba en bicicleta le habló un poco del significado del cementerio y de los muertos. Poco, muy poco le comentó, o era tímido o poco hablador. Tal vez su juventud le impedía ser más expresivo.
Se dio perfecta cuenta de este ritual al entrar al recinto. Los nichos, pintados y decorados con diferentes colores no estaban cerrados, sino que mostraban en su interior una especie de urna que almacenaba unos limpios cráneos y huesos humanos, decorada exteriormente con telas delicadamente bordadas. El cementerio más que para enterrar al muerto se utilizaba para exhibir sus huesos.

Nicho, con urna y huesos

Para algunos, según pudo saber, el ritual de limpiar los huesos de los difuntos resultaba extraño, pero para los habitantes de esta comunidad era una tradición maya que debía perdurar. El aseo empezaba por las extremidades inferiores y terminaba con el cráneo, éste se colocaba sobre los demás huesos, según se podía apreciar en la mayoría de los nichos. La limpieza anual y ritual era meticulosa e incluía el uso de escobas y brochas, además se contaba con una cajita de madera o urna para la colocación final de los restos. Mientras se efectuaba esta ardua tarea -también, según pudo saber- los niños observaban, recibían lecciones y escuchaban narraciones de cuando estaba en vida el difunto.
Paseó sin rumbo entre las tumbas, bajo un calor hiriente, sofocante y pesado, observando detalles de cada una de ellas, tomó varias fotografías y sin preguntarse más, se marchó de allí con esa sensación de lo extravagante de la mente humana.
Nicho, con dos urnas y los huesos

Copyright © By Blas F.Tomé 2016

4 comentarios:

Independiente Trashumante dijo...

Nuestras extravagancias son las que dan sentido a nuestra vida. Me ha encantado conocer esta extravagancia de difuntos gracias a ti.

Gracias y saludos.

efurom1 dijo...

Parece increíble, Blas, la pervivencia de estos ritos ancestrales en pleno siglo XXI frente a los que siento una cierta ambivalencia: por una parte creo que, de alguna manera, habría que conservarlos porque muestran la diversidad de la naturaleza humana. Por otra, parece en la distancia que son una muestra de atraso de ciertos pueblos: ¿cómo lo ve el viajero?
Un abrazo!

V(B)iajero Insatisfecho dijo...

Pues me parece una buena reflexión, querido Emilio. Con cierto egoísmo, yo sería partidario de que esas tradiciones se mantuvieran, no para alimentar el turismo (que tal y como se vive hoy es un poco aberrante e invasor) sino por su propia esencia.
En cierto punto, ellos lo viven con naturalidad, pues dejémosles ser naturales.
Un abrazo.

efurom1 dijo...

La verdad es, Blas, que el tema podría dar mucho de sí. Leo con interés tu punto de vista, pero no acabo de verlo totalmente claro. A tu regreso, organizamos un debate y ya veremos las conclusiones :)