7 de junio de 2024

Hacia el Sani Pass


Mapa de Lesoto (última parte del recorrido, la ruta en blanco)

Lesoto -antiguo protectorado de Basutolandia- era un país de gran altura y un bonito paisaje montañoso. Excepto algún lugar puntual y concreto, lo mejor estaba en el camino, en la ruta, por eso creyó que circular por las carreteras de un lado a otro era una opción más que interesante para conocer el país. Desde Semonkong, donde se encontraba, hasta Sani Pass para, a través de éste, entrar otra vez a Sudáfrica, era una larga ruta. Pensaba hacerla por etapas utilizando, como siempre el transporte local: el viajero insatisfecho no tenía otra opción viajando como viaja. Haría el siguiente trayecto: Semonkong—Maseru (ya lo conocía)—Butha-Buthe—Mokhotlong—Sani Pass. Todo este recorrido le llevaría tres o cuatro días.

¡Adelante!


Jóvenes pastores


Rebaños de ovejas

La primera etapa, con cambio de minibús en Maseru, salió según lo previsto. Se trataba de alcanzar la población de Butha-Buthe, y dormir allí. Lo logró sin problemas. Atravesó grandes montañas y extensas llanuras también elevadas; pequeños pueblos con algunas de sus casas basuto (paredes circulares de piedra y techo de hierba); campos cultivados y paisajes de laderas con hierba y pasto. No muchos árboles, más bien escasos. En esta parte, estaba haciendo el recorrido menos atractivo del plan previsto.

En Butha-Buthe tardó encontrar una guesthouse que se adaptase a su presupuesto. Todas eran bastante nuevas, con un servicio de B&B (cama y desayuno); ocupadas por ejecutivos y viajeros pudientes, y realmente bien cuidadas. Pero caras. Moroeroe Guesthouse estaba completa: un grupo de estos ejecutivos de la capital habían ocupado la mayoría de las pocas habitaciones. Otra, que estaba relativamente cerca, “se subía a la parra” con el precio. Echó el alto a un taxi-colectivo que pasaba por allí y se acercó a otra más céntrica, pero que estaba en lo alto de una cuesta, con una gran pendiente de subida. Se cansó de buscar, y allí se quedó. La joven recepcionista, además, se portó maravillosamente: le lavó la ropa, le informó sobre los hotelitos en Mokhotlong, próxima meta de etapa, y le regaló unos melocotones (pequeños, pero sabrosos) recogidos por ella (había muchos por los alrededores y, en general, en todo Lesoto). Los pequeños melocotonares y las casas circulares basuto eran un paisaje habitual en los pueblos que cruzaban. Butha-Buthe tenía pocos atractivos, por lo que decidió abandonarla al día siguiente.


Poblado al lado de la mina de diamante

El trayecto a Mokhotlong lo encontró muy interesante. Ocupaba el asiento del copiloto en el minibús y podía disfrutar de todo el paisaje nuevo y revelador. Después de unos kilómetros, encontraron un bello y empinado puerto de montaña, que tardaron más de una hora en ascender: el camión de grandes dimensiones que precedía al minibús —transportaba una gran máquina de derrumbes— se veía obligado a hacer peligrosas maniobras en las curvas en pendiente. Pero era un bello paisaje montañoso lo que pudo disfrutar en las múltiples paradas. Arriba del puerto, más llanuras de hierba y rocas, matojos y, por la altura, diminutos matorrales. En esas extensiones pastaban pequeños rebaños de, también, pequeñas ovejas con cuernos: típicas de aquella región. De trecho en trecho, grupos de jóvenes pastores basuto, enfundados en sus mantas y pasamontañas, vigilaban los rebaños. A un lado dejaron AfriSky, la estación de esquí de Lesoto. El complejo operaba como un pueblo de esquí al estilo europeo y proporcionaba todo lo que lo necesario para unas vacaciones de esquí: el alojamiento, material de esquí, forfaits de nieve, escuela de esquí o comida, aunque en aquel momento estaba desierto. Imprescindible, la nieve, y no era la época. Cruzaron por el lateral de la mina de diamantes Letseng (le hubiera gustado visitarla), con un poblado de humildes casas al otro lado de la carretera, casas de explotados trabajadores —supuso—, y llegaron a Mokhotlong bien avanzada la tarde. En esta población, situada en un amplísimo valle rodeado de montañas, se quejaban también de la falta de lluvias, del cambio climático y de unos alrededores muy secos y, así, poco atractivos.

Un día más en estos bellos parajes.


Descendiendo por el Sani Pass

Una buena carretera, recientemente asfaltada, rompía la llanura y las laderas, al alejarse de esta pequeña ciudad. Por los alrededores se veían rebaños de ovejas que limaban el verde pasto, a trozos sombreado por las nubes. La ruta llevaba al Sani Pass. Allí, en lo alto, se hacían los trámites de salida del país. La frontera de Sudáfrica se encontraba después de descender el Sani Pass. Todo el zigzagueante y peligroso descenso se hacía por un camino de tierra y pedruscos, apto para 4x4 y muy complicado para el minibús en el que iban. Lentamente, rodando despacio el vehículo iba dejando atrás curvas y curvas, unas de giro a la derecha y otras a la izquierda. Bellas montañas arropaban a los pasajeros a ambos lados del peligroso paso y verdes laderas confluían formando el valle.

Un bonito espectáculo natural.


Sani Pass

Copyright © By Blas F.Tomé 2024

23 de mayo de 2024

Paraguay, guay, guay,....


Catedral-Basílica de Asunción

Estaba en el norte y, antes de lanzarse al centro y sur argentinos, el viajero insatisfecho quería conocer algo de Paraguay.

(Resumirá la visita en este único ‘post’).

A ello se dedicó los siguientes días. Un planing ambicioso desde la ciudad de Salta, donde se encontraba, pues las distancias en este país eran siderales, sobre todo, empeñado como estaba en hacerlo por la vía terrestre y evitando el avión como medio para los traslados. Un autobús nocturno le colocaría —después de horas y horas de trayecto— en la ciudad de Corrientes, a orillas del río Paraná. Esta ciudad, tenía como vecina muy cercana, la población de Resistencia, otra gran urbe. Corrientes tenía la parte central urbana muy del estilo colonial, con reminiscencias arquitectónicas españolas, con calles angostas y un casco funcional. Había varios lugares antiguos para visitar. Pero la ciudad había crecido y creado su personalidad propia. Corrientes, a orillas del río Paraná, tenía un moderno paseo pegado a la ribera del río, aunque su centro histórico parecía no mirar hacia él. La creencia popular afirmaba que el suelo de Corrientes tenía "payé": Una magia que atrapaba a todo aquel que lo pisaba y, por más lejos que se encontrara, siempre sufriría de añoranzas por estas tierras. Fundada en 1588 por Juan de Vera y Aragón, era la ciudad más antigua del nordeste argentino.

Después de recorrer el centro y el parque se acercó hasta la Punta Mitre, una de las siete puntas de tierra y piedra que sobresalían sobre el Río Paraná y que le dieron el antiguo nombre a la ciudad: San Juan de Vera de las Siete Corrientes. Orgullosos como estaban de ello, una señora le insistió que hiciera un recorrido por todas aquellas puntas. Aunque, no eran nada más que pequeños salientes que los correntinos cuidaron y empedraron para mantener su forma y fama.

Disfrutó de la brisa.

De esta ciudad se dirigió hacia la frontera de Clorinda para entrar en Paraguay. El autobús le dejó en el centro de Asunción, capital de Paraguay, a orillas del homónimo río, y en la frontera con Argentina. Una pensión, en una típica casa colonial en la zona centro, con un patio-jardín interior, le sirvió de refugio nocturno. Le atendió una bella y simpática mujer paraguaya. Cree recordar que vio muchas de este estilo, lo que en su mente generó un bello patrón de mujeres paraguayas. En una habitación grande, con una cama king size, permaneció tres o cuatro noches.

Asunción tenía unas edificaciones en sus alrededores sin estilo, pero su centro urbano, estaba relativamente bien cuidado, aun con una Catedral poco altiva, pero, también, muy apreciada por los locales. Entró en el Panteón Nacional, mausoleo del país, donde reposaban los restos de diversos personajes de gran importancia en la historia del Paraguay, siendo, arquitectónicamente hablando, la réplica paraguaya de Le Panthéon, monumento ubicado en París.

Debe reconocer que no le dedicó mucho tiempo a la ciudad: se habría merecido más oportunidades y pausados recorridos. Otra mañana, se acercó a San Bernardino, en el vecino lago Ypacarai, orillas del lago muy apreciadas por los habitantes de la gran capital, que las utilizaban como zona de veraneo y fines de semana. Podría haber desestimado esta visita, de escaso atractivo para este mochilero.


Represa de Itaipú

En sucesivas jornadas, conoció también Ciudad del Este, una ciudad con inevitable actividad comercial por ser frontera con Foz de Iguaçú, Brasil. Sobre todo, en los alrededores fronterizos, esta actividad era hasta excesiva y agobiante.

La represa de Itaipú (“piedra que suena”, en guaraní), que visitó en medio de un aguacero, merecería un capítulo aparte por su grandiosidad y las impresionantes cifras sobre construcción, y acumulación y aportes de agua para dos países. Era una hidroeléctrica binacional que estaba situada entre las ciudades de Hernandarias (Paraguay) y Foz do Iguaçu (Brasil), sobre el río Paraná, en la frontera entre ambos países. Según Wikipedia, la represa “es el resultado de una maniobra diplomática para evitar un conflicto bélico entre Paraguay y Brasil por una cuestión limítrofe”.

(Los lectores, que queráis saber más sobre los voluminosos datos de la represa, visitad "la Wiki").

Cataratas del Monday
Cataratas de Iguaçú / Brasil

Conoció, además, la cercana población Presidente Franco (nada que ver con el dictador español), donde estaban las cataratas del Monday, que los paraguayos promocionaban orgullosos, al estar a unos pocos kilómetros de las famosas cataratas de Iguaçu, en las que no tienen parte. Atravesando la frontera con Brasil, se llegó hasta estas cataratas, que ya conocía de su viaje anterior a Brasil, hace muchos años. La experiencia de la visita, en esta ocasión, fue horrible: agua y agua cayendo del cielo sin compasión durante todo el recorrido. Tanto chaparrón que, ese mismo día, cerraron la parte argentina de las cataratas, por desbordamientos y destrucción de varias pasarelas.

(Luego se enteraría de que la parte argentina estuvo cerrada varias semanas más).


Playa en el río Paraná, Encarnación (al fondo, la ciudad argentina de Posadas)

Finalizó su recorrido paraguayo, en Encarnación, esta ciudad a orillas del río Paraná, con una envidiable playa fluvial, de gran actividad turística. Visitó la población, su playa y, también, algunas misiones jesuíticas por la zona, entre ellas, la de la Santísima Trinidad, a más de una hora en un autobús local. Otro aguacero, éste a media mañana, le impidió pasear con cierto reposo por todas aquellas ruinas.

Al día siguiente, atravesaría el puente sobre el río Paraná y daría con su cuerpo en la población argentina de Posadas.


Ruinas, Misión jesuítica de la Santísima Trinidad

VÍDEO

Copyright © By Blas F.Tomé 2024

9 de mayo de 2024

Salta, Salta, Salta,....


Salta, desde el cerro San Bernardo

Catedral basílica de Salta

El siguiente destino argentino, una vez visitada la zona de Jujuy, fue la ciudad de Salta. Una gran urbe, cuyo nombre surgió por los indígenas allí afincados, cuando las hordas españolas conquistaban aquellas tierras, fundaban ciudades y establecían asentamientos permanentes (Bueno, tal vez, la palabra “horda” no es la más apropiada). La traza de la ciudad, en su momento, fue una especie de tablero de damas, que se conservaba aún como zona centro. Lo más significativo de la plaza (“9 de julio”) era —junto a la Catedral basílica de Salta— el Cabildo, uno de los mejor conservados en todo Argentina.

Llegó, y paseó. Llegó, y miro por todo el centro (su hotel, que encontró de casualidad, estaba muy cerca), donde presenció pequeños mítines de simpatizantes políticos de algunos partidos, entre ellos, un grupo de jóvenes simpatizantes de Milei.

(Era fin de semana y, ese domingo, se celebraba la primera vuelta de las elecciones presidenciales. Precisamente, allí pasó ese día electoral, donde la ingesta de alcohol estaba prohibida. Ni una cerveza. En esta jornada, de poca actividad, además, visitó la quebrada de San Lorenzo (muy cerca de la ciudad), un lugar que encontró más bien adaptado al turismo local de fin de semana. Le decepcionó. Sin embargo, allí estuvo en el pequeño castillo de San Lorenzo, conocido porque en él Yul Brynner rodó escenas de la película de Taras Bulba).

Uno de los días que pasó rondando por allí, cree recordar que fueron tres, subió al cerro San Bernardo en el teleférico que partía de un jardín cercano, en el centro. Desde el cerro, la ciudad se veía en toda su extensión a sus pies. Un sitio de sorpresivo relax, donde las pocas personas que andaban por allí parecía guardaban un cierto silencio sepulcral.

Pero como siempre, las expediciones a los alrededores de las grandes ciudades suelen ser lo más interesante. Para visitar aquellas zonas aledañas, pero relativamente lejanas, no le aconsejaron utilizar el transporte local, pues no era viable por ser, además, poco frecuente. Las agencias organizaban ‘tours’, y uno de ellos contrató. Un minibús con unas 12 o 15 personas, todas ellas con la misma intención: conocer Cachi (una pequeña población a los pies del homónimo pico andino, y dentro de los valles Calchaquíes). Esta población no era lo más importante, más bien lo especial estaba en el itinerario.


Cuesta del Obispo

Hasta llegar allí, se ascendía la famosa cuesta del Obispo (un tramo de esta ruta —y único no asfaltado— que subía la montaña por un bonito y zigzagueante camino con vistas espectaculares hasta el punto panorámico de la piedra del Molino); se admiraba el Valle Encantado; pudieron ver cantidad de guanacos, y se atravesaba el Parque nacional Los Cardones, de singular belleza por la cantidad de cardones (el cactus argentino) que poblaban aquella llanura (los cardones estaban, así, protegidos): altos, fuertes y gruesos como columnas de monasterios o catedrales.


Guanacos


Parque Nacional Los Cardones

En la zona de Salta había muchos otros sitios posibles, pero el viajero insatisfecho debía continuar su viaje argentino por otros lares o lugares.

Argentina era y es increíblemente extensa.


Copyright © By Blas F.Tomé 2024

28 de abril de 2024

Las cataratas de Maletsunyane / Lesoto


Locales 'basothos', en sus caballos

Descendió del minibús que le traía de Maseru (capital de Lesoto) en Semonkong, una pequeña población de no más de seis mil habitantes. La brisa fresca se unía al poco calor reinante, generado por un apacible sol en este asentamiento, que estaba a una altura de unos 2.200 m.s.n.m. Eran aproximadamente las 10 de la mañana. Lo primero que hizo fue buscar un lugar dónde dejar la mochila grande y pasar la noche siguiente —traía una dirección, encontrada por internet, Bonnini Homestay—. Y lo encontró, con la ayuda de una amable joven semonkongesa (?). Lo regentaba otra simpática joven de sincera sonrisa y de sugerencias y consejos desinteresados. Le ayudó en la breve estancia y le hizo una exquisita cena, con cordero y verduras. Se movía ella de un lado a otro siempre con su especial mokorotlo sobre la cabeza: un sombrero cónico trenzado con paja o un tipo de hierba local y rematado en la punta con un diseño intrincado. El edificio del homestay había sido construido no hacía muchos años y ofrecía unos servicios mínimos. No tenía ducha ni lavabos (se utilizaba el sistema de “cubo y cazo” para la higiene corporal) y el wáter, bastante alejado, era en modo compost.

Pastor, en su montura

¡No pasaba nada!

Una jornada de turismo sostenible.

La llegada a esta población era con el fin de visitar las cataratas de Maletsunyane, y a ese propósito se encomendó nada más dejar la mochila grande en la habitación. Pero el trayecto al salto de agua era largo. Se atravesaba la población, después se cruzaba un arroyo, en cuya orilla estaba Semonkong Lodge, el más prestigioso alojamiento de la población, y luego se iniciaba, por unas estrechas sendas para caballerías y ganado, la ascensión a las montañas que rodeaban la zona. Por una de estas veredas, de subidas y bajadas, circulaba el viajero insatisfecho en la búsqueda de las cataratas. Respiraba un aire extremadamente puro y lo notaban sus fosas nasales. Desde el primer momento, se daba cuenta de la gran altitud, a la que normalmente no estaba acostumbrado a vivir: hacía algo más de brisa fresca de lo normal y al mirar alrededor veía montañas imponentes, algunas más bajas que el punto de observación. Otras, más altas.


Gran barranco

Desde una de las partes más altas del trayecto, divisaba todas aquellas montañas de suaves picos y verdes laderas y algunos rebaños de ovejas pequeñas en tamaño, que eran la raza de Lesoto. De ellas extraían la lana con la que se hacían las numerosas mantas que los locales llevaban habitualmente por aquellas latitudes. A veces, de coloridos variopintos; otras, no tanto. Se cruzó con cantidad de pastores y labriegos montados todos ellos en sus apuestos caballos y enfundados en las austeras mantas de lana. También, con sus pasamontañas calados.

Amables, y alguno de ellos sonriente, saludaban al mochilero con simpatía.

Y llegó, después de dos horas de caminata, a las cataratas Maletsunyane. Un gran barranco se divisaba antes de llegar al salto. Éste se formaba al caer el agua de uno de los arroyos al gran despeñadero.

¡Espectacular!


Cataratas de Maletsunyane, Semonkong

Se veía alejado, pero imponía.

Con poca agua, pero aun así de gran belleza.

Se sentó en una de las rocas y dejó pasar los minutos. En silencio. Esperando oír al agua golpear el fondo, pero, no. Era silencio sobre el silencio reinante. Era la paz absoluta, enmarañada entre los picos, valles y laderas.

(Las fotografías completan más la información descrita).

VÍDEO


Copyright © By Blas F.Tomé 2024 

17 de abril de 2024

Lesoto, un nuevo país


Cocodrilo, monumento en el centro de Maseru

Entraba en Lesoto por la frontera de Maseru Bridge, una de las más habituales y concurridas. Venía de Bloemfontein, una insulsa ciudad sudafricana (capital de la provincia del Estado Libre de Orange), donde había llegado el avión de Ciudad del Cabo. Tomó este medio de transporte porque la distancia entre estas dos ciudades, en autobús, le hubiera llevado unas 24 horas. Excesivo tiempo perdido y demasiado cansancio para iniciar este periplo sudafricano. 
No se arrepintió. 
Atravesó el río que separaba ambas fronteras (sudafricana y lesotense) y, sin más, se encontraba a las afueras de Maseru, capital de Lesoto. Encontró un alojamiento, una guesthouse, que consideró cara para un país como éste, pero allí arribó después de visitar varias y todas ellas de presupuesto elevado. Eso sí, estaban super limpias y ofrecían unos servicios muy cualificados (B&B).

Maseru tenía varios mall (comerciales), un aspecto de cierta prosperidad, pocos atractivos turísticos y era una deslavazada ciudad, con subidas y bajadas por los diferentes cerros que la rodeaban. Intentó visitar el Royal Palace, pero eran necesarios una serie de permisos: la burocracia le desanimó. Ante este panorama, se lanzó a conocer Thaba Bosiu, a unos 30 kilómetros de la capital (el libro-guía lo proponía, y un barato taxi, la solución), en el corazón histórico y espiritual del reino Sotho, pero resultó ser algo tan artificial, que más bien hubiera debido visitar por la noche, donde las actuaciones folclóricas (incluso picantes, según alguna información recibida) eran lo más reseñable.


Escenario, en Thaba Bosiu

Al regresar a Maseru, ya de noche, se desorientó y, sin dirección de su hospedaje, se dedicó con el taxista a tratar de localizar la guesthouse, sin conocer siquiera su nombre. Menos mal que, después de multitud de llamadas (tenía el teléfono en el llavero de la habitación), se dignaron en contestar, si no la noche la hubiera sido diferente. Aquí no terminaba esta lamentable aventura: cuando el taxista se fue, se dio cuenta de que había olvidado la cartera en el coche, donde llevaba el pasaporte y un buen monto de dinero.

Debería levantar el vaso y brindar por aquel taxista y su amigo acompañante, que decidieron regresar —animados por la llamada telefónica de la dueña de la pensión— con los objetos perdidos del viajero insatisfecho (pasaporte y dinero). Comprobó que tenía todo en regla, les dio las gracias más efusivas y les gratificó con un buen montón de lotis (moneda lesotense).

¡Que nadie critique a este pueblo de gente buena y honesta!

Durmió, con la mente reprobatoria hacia sí mismo por este tipo de olvidos (el primero en su larga vida viajera), y a la mañana siguiente abandonó la capital en dirección a Semonkong, a unas cuatro horas de trayecto.


Cerveza "Maluti", de Lesoto


Copyright © By Blas F.Tomé 2024

6 de abril de 2024

Jujuy, provincia argentina


En la población de Tilcara

Había visitado el salar de Uyuni y, según lo decidido (no siempre el viajero insatisfecho tiene las cosas previstas de antemano), abandonaría Bolivia para internarse en Argentina. Fue fácil. Un autobús le llevó hasta Villazón, en el lado boliviano; en el lado argentino se encontraba La Quiaca. Cruzó la frontera andando. Del lado argentino no le pusieron ningún tipo de sello de entrada en el pasaporte, se suponía que todo estaba informatizado. Después de esperar unas horas (no muchas) en la estación de La Quiaca, tomó un autobús hacia la ciudad argentina de San Salvador de Jujuy, aunque se bajaría en otra población anterior, pues le pareció el sitio más cercano a ciertos lugares recomendables y visitables.

Era noche cerrada en Tilcara, y no solamente eso, llovía a mares cuando descendió del bus, lo que dificultaba los movimientos para encontrar algún sitio donde pasar la noche. No llevaba nada previsto, aunque sabía que en los alrededores de la estación había sitios baratos y cómodos. Pero llovía, y no se podía mover de la estación hasta que al menos aflojara el chaparrón. Estuvo un buen rato esperando y cuando la lluvia no fue escandalosa se lanzó a la calle en busca de ese alojamiento. Encontró uno.


Pucará de Tilcara

Tilcara era una pequeña población en la provincia de Jujuy, con cierto aire turístico pues por los alrededores las montañas contenían escondrijos que eran populares, bonitos y con encanto. Además, en la misma población había un sitio arqueológico famoso, el pucará de Tilcara. Ubicado en un morro en la confluencia de dos ríos, fue el lugar ideal que eligieron los antiguos pueblos tilcaras para defenderse de los ataques, ya que dominaba el cruce de los dos únicos caminos del lugar. En las faldas más accesibles de este morro construyeron altas murallas. Los pucarás no solo tenían fines defensivos sino también sociales y religiosos. Desde esa altura podían controlarse los campos de cultivo circundantes y las viviendas de los campesinos en los terrenos bajos. Lo inspeccionó el último día, y observó que estaba reconstruido en exceso. 


Cerro de los catorce colores, Serranía de Hornocal

Antes, aparte de admirar los alrededores, fue a visitar en la serranía de Hornocal, la montaña de los catorce colores, que según se había documentado, era un lugar de especial belleza. Todas las montañas erosionadas circundantes tenían esas capas de diferentes colores en los sedimentos, pero el Hornocal era algo especial por el número de tonalidades. Y así fue. Tomó un autobús interurbano que le llevó hacía el norte, a Humahuaca, la población más cercana. Allí todo estaba ya organizado (numerosas ofertas de muchachos para contratar trayecto) lo que facilitaba el alquiler de un 4x4 compartido para hacer los últimos kilómetros hasta el mirador. Lo hizo con tres jóvenes argentinas, simpáticas y muy agradables, amigas entre ellas y, a partir de entonces, también las consideraría sus amigas. Una bella cordillera esta de Hornocal. La variedad de sus catorce colores, o quince, o doce, ¡qué más da!, le daba un aire de montaña de cuento de hadas, por allí habría pasado Alicia (“en el país de las maravillas”). Capas y capas de diferentes tonos: amarillos, ocres, rojizos, e incluso, verdosos o azulados. Una delicia visual.

En Tilcara, también, comió la mejor milanesa de llama, que probaría en todo Argentina.

Copyright © By Blas F.Tomé 2024

28 de marzo de 2024

Llegada a Sudáfrica


Hotel Kimberley


Taberna, Hotel Kimberley

El viaje a Sudáfrica era una cuenta pendiente. Tenía comprado el vuelo en el 2020, pero la variante sudafricana del coronavirus frustró tal viaje. KLM le devolvió el importe del billete, pero siempre quedó sonando “el run run“ (como dice la canción de Estopa) de un viaje no realizado.

Largo trayecto se impuso el mochilero por conseguir el vuelo más barato: Madrid-Doha-Ciudad del Cabo, y regreso, a la inversa. Llegó a Ciudad del Cabo por la tarde, a última hora. Tenía una habitación contratada por Booking en el centro de la ciudad y hasta allí le llevó el taxi, con el correspondiente “impuesto-novatada”. No quería estar nada más que un día, aunque esta ciudad necesita varios, pero pensaba —como siempre— dejar la visita como colofón del viaje.

Durmió esa noche en el Kimberley Hotel, que ya tenía reservado: un bonito edificio, colonial y viejo. Tenía una taberna, en el bajo comercial, digna de ser visitada: clásica, auténtica, con sabor de mediados del siglo XX, y mantenida tal y como debió de ser en sus orígenes. Allí se tomaría la primera cerveza sudafricana y escucharía ritmos de música “de los 80, 90 y 2000”.

No había decidido qué rumbo tomar y entre trago y trago, entre acordes que le entraban por los oídos, fue planteándose el trayecto sudafricano a ritmo también de la vieja guía de Lonely: el primer destino que veía en su mente era Bloemfontein, para desde allí dirigirse a Lesoto.


Edificios coloniales, en Long Street

Pasó todo el día siguiente recorriendo sin rumbo el centro de Ciudad del Cabo, sin programar nada, sin atenerse a un plan, sabiendo que le dedicaría tiempo al regreso. Paseó por los jardines de la Compañía; el edificio donde Mandela dio su primer discurso al salir en libertad; Long Street, la calle más auténtica, que mantenía muchos edificios coloniales; pequeños mercadillos en el centro; Slave Lodge, casa museo de los esclavos; castillo de Buena Esperanza, que estaba en la ciudad no, como pensaba, en su homónimo cabo.

¿Había peligro en este viaje? Parecía que ese rápido trayecto urbano fuera para sacar conclusiones. Pero, no, no tenía esa intención. Era, en realidad, una inspección de curioseo viajero. La Table Mountain (icónica montaña de fondo) estuvo todo el día cubierta de nubes y la pregunta interior de cómo sería con el cielo despejado se quedó sin contestar. Ya lo averiguaría a la vuelta. Vio en el rápido recorrido tantos negros como blancos, sin observar extrañas diferencias. Vio turismo, se apreciaba un constante goteo de visitantes que parecían fáciles de identificar. Y lo eran. Algún “sin techo”, pero como en todas las ciudades. ¿Qué tenía entonces de especial Ciudad del Cabo? Su ubicación; su función económica como puerto, su realidad social, y sin duda su historia.


Castillo de Buena Esperanza

Era sábado y, en varias plazas, vio y oyó grupos de jóvenes cantando y bailando música góspel, o sin ser tan puristas, música de ritmos que siempre identificamos como de negros. En un círculo, muchos turistas observaban, tiraban fotos, alguno bailaba al ritmo y, otros, cumplían con la cita del sombrero, allí colocado para la consabida colecta. El primer día, el viajero insatisfecho terminó agotado, había recorrido de norte a sur y de este a oeste todo el centro antiguo de la ciudad.

La abandonaría al día siguiente.


Copyright © By Blas F.Tomé 2024

9 de marzo de 2024

Salar de Uyuni, última etapa boliviana


Salar de Uyuni, Bolivia


Monumento Dakar

Uyuni, el salar de Uyuni sería la última etapa reseñable del viajero insatisfecho en Bolivia. Después vendría el paso de frontera con Argentina para internarse en este país, y conocer, a la vez, Paraguay.

Llegó a este municipio boliviano (Uyuni), procedente de Potosí, en un autobús que había tomado a primerísima hora de la mañana. Fueron dos o tres horas de viaje (no recuerda) y, una vez abandonado el bus, se uniría a una expedición de cuatro personas (todas ellas españolas, aunque no conocidas hasta entonces) para hacer el recorrido en 4x4 por el salar y, dos días más, para recorrer Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa. Era una buena manera de hacerlo, y poder disfrutar así de los atractivos de estos lugares únicos.

Con una superficie aproximada de 10.500 kilómetros cuadrados sobre el altiplano, era el desierto salado más grande del mundo. Una inmensa llanura blanca, y sin duda una inmensa panorámica, de las que se podían grabar en la retina para siempre. De hecho, se le grabó. El salar de Uyuni representa un importantísimo motor económico para Bolivia, no sólo por ser un reclamo turístico que atrae a miles y miles de personas cada año, sino porque de él se extraen anualmente unas 25.000 toneladas de sal. Además, se encuentra la mayor reserva de litio del mundo, y ya se sabe lo importante que se ha vuelto este mineral para unas amigas del género humano: las baterías.


Cementerio de trenes

La excursión comenzó con la visita al cementerio de trenes, un lugar extraño con un montón de vagones oxidados que no se levantaban de allí por su atractivo fotográfico para turistas y viajeros. O eso creyó. Posteriormente, la incursión en la extensión blanca, casi infinita — kilómetros y kilómetros— ocuparía todo el día. A una velocidad constante de unos 40 kilómetros por hora, se hicieron paradas en diferentes sitios para admirar ciertas peculiaridades. La primera parada, después de recorrer varios kilómetros fue para pisar el salar (caminar sobre él), sentir y palpar su atractivo, y hacer las siempre imprescindibles fotografías. La segunda, para también retratar el “monumento Dakar” y zampar el almuerzo correspondiente en un restaurante-comedor, allí, al lado del monumento. En el resto de la tarde, el trayecto se extendería hasta la isla Incahuasi, en medio del salar (en quechua significaba «la casa del Inca»), una isla repleta de cactus gigantes que podían llegar a los diez metros de altura. Después de varios kilómetros de recorrido una parada para hacer las originales fotos con peculiares perspectivas, una actividad muy popular (¿y ridícula?), pero que dejaba imágenes simpáticas. A última hora de la tarde, visita al lugar que vulgarmente era conocido como ‘de los reflejos’, para hacer más fotos, usando el efecto de la luz y la suave capa de agua, y conseguir más originales instantáneas. Cree, no obstante, este mochilero que lo mejor del salar de Uyuni, sería disfrutarlo, pues contarlo se hace reiterativo y difícil. De todo ello, se grabaron las imágenes en la mente, mantenidas para siempre como un poso de vivencias.


Juego de perspectiva


Isla Incahuasi

Después de una noche en un humilde hotel construido a base de bloques de sal, comenzaría el itinerario por la Reserva Nacional Eduardo Avaroa, durante dos días. Impresionante y muy bella excursión. Se recorría toda una altiplanicie rodeada de grandes montes andinos, algunas lagunas y un territorio semidesértico con espectaculares momentos. El contrato de esta marcha hablaba de los siguientes lugares y zonas a visitar: laguna Cañapa, laguna Hedionda (fuerte olor a azufre y sedimentos), desierto de Siloli, árbol de Piedra, laguna Colorada, géiseres, desierto Salvador Dalí,….. Multitud de sitios, imágenes y sensaciones que se iban guardando en la retina y en el interior de la psiquis viajera. Las lagunas de coloridos espectaculares (blancos, con verdes, morados y rojizos), los flamencos picoteando y alimentándose de sedimentos y algas, que solamente se encontraban en ellas. Algunos otros pájaros, o llamas y vicuñas, acompañaron en el recorrido para convertirlo en original, auténtico y distinto. Parajes que se extendían en el horizonte, donde crecían plantas como la queñua o la yareta (arbusto nativo del altiplano, de apariencia similar al musgo).


Árbol de piedra, R.N. Eduardo Avaroa
Terminó todo —después de dos días— y, de nuevo, en la población de Uyuni. Las dos jóvenes vascas y el murciano que le acompañaban se despidieron hacía otras y diferentes aventuras.

Fin.


Laguna Colorada, R.N. Eduardo Avaroa


Copyright © By Blas F.Tomé 2024 

21 de febrero de 2024

Ciudad Imperial de Potosí / Bolivia



El conductor del autobús lo dejó a las afueras de la ciudad de Potosí. Final de trayecto. Desde varios kilómetros antes ya iba observando la ciudad y el Cerro Rico que presidía la panorámica. Veía así, a lo lejos, lo que venía a buscar. Luego olería la multitud de olores que partían del mercado, al pasar a su lado, y advertiría, aunque de manera no intrusiva, la altura a la que se encontraba, a más de 4000 m.s.n.m.

Una vez en el centro, y ubicado ya en el hotel —una casa con siglos de historia— dedicó la mañana a sus habituales recorridos exploratorios. La herencia colonial era más que evidente, tanto en la plaza principal, con su imprescindible catedral metropolitana, como el resto de las calles aledañas. La historia de Potosí es de sobra conocida, sobre todo el periodo español de explotación de la plata en el famoso Cerro Rico, lo que originó, a posteriori y durante años, un cúmulo de críticas por parte de los locales hacia las autoridades españolas de entonces.



Una visita obligada —y verdadera joya de la ciudad— era la Casa Real de la Moneda (entró al día siguiente), la edificación civil colonial más destacada y protagonista de una intensa historia a lo largo de los siglos. Nació en 1572 para organizar y trabajar la sorprendente producción de plata de Cerro Rico por orden del virrey del Perú, Francisco Álvarez de Toledo. La que se visitaba hoy, era una segunda construcción barroca de 1759, con sus cinco patios.  A la entrada del primero de éstos, una gran máscara presidía el frontal. Su simbología era desconocida, aunque se decía que representaba al dios Baco. El guía, que luego explicaría el recorrido, vería además en el gesto de la máscara —algo mucho más difícil de apreciar— dos partes diferenciadas: un lado, representaba el gesto triste de los locales explotados en las minas, y el otro, el gesto sonriente de los españoles que se llevaban la plata. Otra explicación más era que la máscara ocupaba el espacio del escudo real español, y habría sido colocada para la mofa popular tras la guerra de la Independencia. Dentro, se podían ver muchas de las monedas acuñadas y las máquinas de elaboración de las monedas, en particular, el "Real de a 8". ¡Toda una joya histórica!

Más lugares de visita en la preciosa urbe: la Catedral basílica; la torre de la Compañía (de Jesús); el convento de Santa Teresa, convertido en Museo sacro y de vida de claustro; el pasaje subterráneo “callejón de la pulmonía”, o la calle Guijarro y otras de la zona central con gran cantidad de casas, palacetes coloniales e iglesias.



Restaba otra actividad estrella: No era fácil tomar la decisión de internarse en una de las minas horadadas en las laderas de Cerro Rico, aunque había que hacerlo. Su explotación, desde hacía cinco siglos, estaba causando hundimientos en la cima lo que, a su vez, amenazaba la vida de miles de mineros bolivianos, pero también de los turistas que, como un goteo constante, y diario, visitaban las minas/cooperativas para enterarse de su funcionamiento, gastar adrenalina internándose en ellas, o conocer al ‘Tío’ —una imagen hecha de barro al que los mineros consideraban dueño y señor de las vetas de plata y del subsuelo—. Los obreros, entre el miedo y la resignación, defendían su necesidad de trabajar a sabiendas del peligro. Parece ser que, al año, al menos dos decenas de mineros morían por derrumbes e intoxicaciones, pero eso no desanimaba al resto de los obreros. Allí seguían trabajando (todos los días unos 20.000 mineros, en varios turnos, aunque la cifra fluctuaba dependiendo de épocas) y abriendo galerías que habían convertido el cerro en un peligroso queso gruyère.

Una vez dentro, la actividad era palpable. Las vagonetas entraban (vacías) y salían (cargadas de ese material que era una mezcla de plata, zinc, plomo y estaño) con rápida frecuencia. Los curiosos que asistían expectantes a los trabajos tenían que arrimarse cada poco a los laterales de la galería para dejar pasar estas vagonetas, tanto cargadas como vacías.

Cuando este grupo (5 personas) llegaba a cierta profundidad se produjo el encuentro con el ‘Tío’, en un pequeño túnel lateral que finalizaba con su figura. Llamaba la atención, a primera vista, el colorido del pequeño dios de las profundidades, pero, sobre todo, lo que le envolvía y rodeaba: cigarros apagados, hojas de coca, botellas del alcohol casi puro (ofrendas de los mineros, solicitando su intervención y ayuda), y tiras de serpentina colgadas de los cuernos y de su falo erecto. Porque tenía, sí, un gran falo que exhibía con orgullo a trabajadores y huéspedes. El guía que acompañaba a este grupo de visitantes, hizo su particular ofrenda que era un poco más de lo mismo que allí ya existía, en cuanto a los artículos ofrecidos. Le puso en la boca un grueso cigarro encendido, elaborado de manera rústica (en algunos lugares, llamado mapacho), le ofrendó las hojas de coca, le roció con unas gotas de alcohol puro —luego dejó allí la botellita— y recitó en alto unas frases petitorias, solicitando su ayuda para aquel singular recorrido minero.



Todo un espectáculo, hasta cierto punto, incomprensible y grotesco.

Por lo demás, el viajero insatisfecho que iba bien pertrechado de traje y casco con linterna (equipo obligado para su ingreso en la mina), se olvidó de una mascarilla que hubiera sido muy útil para el aire que allí se respiraba: denso y con muchas partículas de polvo, que hacía difícil, en ciertos lugares, respirar. Y olía.




Copyright © By Blas F.Tomé 2024

10 de febrero de 2024

Sucre, capital oficial de Bolivia


Portón del Centro cultural Santa Pacha, con habitaciones

Sucre, la capital oficial del país, era una ciudad con muchas y variadas reminiscencias coloniales. Llegó a ella después de muchos kilómetros en bus; un transporte nocturno que había tomado en La Paz. Por “booking” había contratado un hotel (era un centro cultural, con habitaciones) en el meollo de la urbe y con unas condiciones que consideraba aceptables, pero al llegar -a primeras horas de la mañana- el bonito portón de acceso al recinto estaba clausurado. Cerrado. Llamó al timbre varias veces y golpeó con insistencia el artístico portón, pero nadie daba respuesta a sus desesperadas 'insinuaciones'. Aprovechando la salida de unos clientes —supuso que lo eran— traspasó el portón y se introdujo en el patio del edificio. Caminó por un paseo durante unos cuantos metros, sorteando a un perro que dormitaba en ese mismo camino de acceso, y llegó al edificio principal. Nadie aparecía. Subió unas escaleras, exteriores por la fachada del edificio, que accedían, según indicaba un cartel, al lugar donde desayunarían de los huéspedes. Allí se encontró a una joven que organizaba la estancia, al margen de la puerta de entrada y ajena a cualquier timbre de llamada. Después de mostrarle su indignación, la señora le enseñó varias habitaciones disponibles. Eligió una.

Debió reconocer, al finalizar, que su estancia había sido agradable y tranquila en aquellos aposentos que —ahora— recomendaría sin duda.


Busto de Simón Bolívar, en la Casa de la Libertad

El centro de la ciudad era bastante organizado, y urbanizado en cuadrículas, como tablero de ajedrez. Se respiraba un aire turístico, no exento de aromas antiguos, de recuerdos y contiendas religiosas. En cuanto se abandonaba el centro, el tema se complicaba y la ciudad perdía esa organización. En una de las cuadrículas centrales estaba la Plaza de Armas 25 de mayo y en uno de sus laterales la Catedral basílica Nuestra Señora de Guadalupe. ¡Vamos!, como en todas las ciudades coloniales.

Otro de los laterales estaba ocupado por la Casa de la Libertad, a la que acudió una de las tardes para hacer la habitual visita: un edificio colonial, tanto en el interior como por fuera, con varias salas que, según indicaciones, habían sido testigos de acontecimientos históricos. Entre estos, la firma del Acta de la independencia del Alto Perú, hoy Bolivia. En otra de sus salas, utilizada para reuniones varias, había un gigantesco busto en madera de algarrobo de Simón Bolívar. La joven-guía que explicaba las diferentes dependencias del recinto, se escuchaba a sí misma, dando unas charlas que más parecían lecciones didácticas para los alumnos de su colegio particular. Especiales menciones recibió una héroe de la independencia, Juana Azurduy, nombrada mariscal de ejército. Muy cerca de allí, el nombre de una calle lo recordaba.

Un mediodía, subió al mirador de La Recoleta, donde estaba el homónimo convento-museo, y disfrutó desde allí de unas particulares vistas de la ciudad. En la plaza frontal al convento, muchos jóvenes adolescentes daban pasos en las primerizas artes amatorias y mostraban sus dotes de coqueteo. Pura adolescencia y juventud.


Desde el mirador de La Recoleta

Por lo demás, Sucre tenía un bonito cementerio (suele acudir a estos lugares en las diversas visitas de ciudades), muy organizado, con multitud de árboles centenarios que generaban ambiente y conformaban un agradable paseo, y donde había una zona de nichos y panteones dedicada a “los héroes del Chaco”; el Parque Simón Bolívar, repleto a aquella hora de estudiantes que jugaban en los jardines donde disfrutaban de chuches y helados, y el Palacio de Gobierno, también en la plaza de Armas.


Cementerio

Una mañana, el viajero insatisfecho tomó un autobús y se fue a la población de Yotala, promocionada en los blogs de viajes por internet, pero no le gustó en exceso. Un pueblo con ese aire local y pretendido ambiente turístico de fin de semana. Nada especial.

Copyright © By Blas F.Tomé 2024