Lo que cuenta Vikram
Seth, en su libro Desde el lago
del cielo, le deja al viajero
insatisfecho un tanto asombrado, patidifuso,… Es un libro —acaba de leerlo,
y es apasionante— que cuenta el trayecto del autor [en los años 80 del siglo
pasado] desde el centro de China hasta el Tíbet y, luego, hasta Nepal. Todo
ello en autostop. En las cercanías de Lhasa, se encuentra el monasterio de Sera, que visita.
Este mochilero transcribirá, en estas líneas, fragmentos de lo que este estudiante indio presencia en el monasterio, y relata:
«Veo hogueras encendidas y en el suelo, junto a los camiones, una estructura que parece una tienda bajo la que están acuclilladas algunas personas. He llegado durante una pausa en el trabajo que ya ha empezado. Cuando clarea veo que en una roca yacen unos cadáveres; están desnudos y sujetos por la cabeza, les han cortado o despedazado la parte inferior del cuerpo empezando por las piernas.
»Ocho y diez. Los hombres reanudan su tarea. Trabajan a un ritmo impresionante, cortando, troceando y picando la carne. Un hombre joven, en particular, corta la carne, los músculos y los huesos con notable energía y rapidez. Su habilidad casi permite olvidar qué está cortando. Arriba, contra la línea del cielo, las águilas se han reunido. A veces los familiares y los amigos de los muertos acuden a presenciar los ritos, pero hoy soy el único presente.»Ocho y veinte. Los hombres la han emprendido con la parte superior del cuerpo y trabajan con empeño […]»Nueve menos diez. Prosigue el trabajo. El hombre de blanco extiende los brazos en dirección al cielo y lanza un prolongado grito. Las águilas se lanzan en picado desde el risco y dan vueltas en grandes círculos negros cada vez más bajos hasta acabar posándose en una loma cercana a la roca. Los enormes pájaros se posan, disciplinados, en la loma, y el hombre de blanco los alimenta con unos pedazos preliminares de carne.»Nueve menos cinco. […] La carne se muele y mezcla con cebada antes de darla a las águilas. Hay algunas que parecen ser favoritas.»Nueve. […] El hombre que está sobre la roca sostiene con las dos manos una piedra sobre su cabeza. La deja caer una y otra vez para machacar los cráneos envueltos en tela. Las águilas observan […] con impaciencia. Una o dos rompen la formación, pero las espantan. Las aves avanzan sus curvos picos. Algunas despliegan las alas, son tan altas como un hombre acuclillado.»Nueve y veinte […] El hombre del turbante blanco llama a las águilas posadas en la loma para que se acerquen a la roca, cosa que empiezan a hacer. Uno de los hombres también les da de comer de una bolsa que contiene picadillo humano mezclado con sampa. En ese momento la roca está cubierta de voraces pájaros.[…]
»Los cristianos y los musulmanes entierran a sus muertos; en realidad, los dan de comer a los gusanos. Los parsis dan de comer sus muertos a los buitres en las Torres del Silencio. Aquí, en el Tíbet, donde la madera es escasa y el suelo está duro la mayor parte del año, los cuerpos son troceados, mezclados con comida y dados a las águilas».
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Nota.- Aunque la descripción del proceso puede sonar impactante para otras culturas (como la nuestra), tiene un significado espiritual profundo y razones muy prácticas.
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