Nada más cruzar el arco de entrada, el ambiente cambiaba por completo. En el interior de la medina, con sus fachadas encaladas en tonos blancos y azules, se respiraba un intenso aire turístico. La calle principal era un hervidero de actividad: puestos de comida, bebidas, artesanía, especias, helados, recuerdos y pequeñas boutiques especializadas en aceite de argán se sucedían sin apenas dejar espacio entre unos y otros.
El aceite de argán era, sin duda, uno de
los productos estrella de la región. Se utilizaba tanto en cosmética como en la
higiene corporal y capilar, además de tener un importante uso culinario. Se
obtenía del fruto del argán, un árbol autóctono del suroeste marroquí. Durante
el trayecto en autobús hasta Esauira, el paisaje había estado dominado por
extensas plantaciones de estos árboles, cuya silueta evocaba inevitablemente a
los olivares andaluces.
Esauira fue declarada Patrimonio de la
Humanidad por la UNESCO gracias a la riqueza de su patrimonio histórico y al
excelente estado de conservación de su medina. También era conocida en algunos ámbitos
como «la perla del Atlántico», un apelativo quizá algo exagerado, aunque
bastaba pasear por sus calles para comprender de dónde nacía esa admiración.
Su historia se remontaba a tiempos de
los fenicios, atraídos por el comercio de la púrpura. Sin embargo, la ciudad alcanzó
su mayor importancia en el siglo XVI, cuando los portugueses construyeron el
puerto comercial, levantaron las murallas y la bautizaron con el nombre de Mogador.
Más tarde, el sultán Sidi Mohammed Ben Abdallah impulsaría su desarrollo y le
daría el nombre con el que hoy es conocida: Esauira.
Después de varias horas deambulando sin
rumbo fijo, observando rincones, plazas y callejuelas, el viajero insatisfecho llegó a la hora de comer. Como nada más entrar
en la medina ya le habían ofrecido pescado y marisco fresco, decidió probar
aquella experiencia.
El sistema era curioso. En la entrada
del mercado se elegía el pescado o el marisco entre decenas de puestos, rodeado
de un bullicio constante en el que resultaba difícil distinguir la auténtica
oferta del intento de aprovecharse del foráneo. Una vez hecha la elección, un
joven se encargaba de transportar la compra hasta uno de los pequeños
restaurantes cercanos, donde la cocinaban, supuestamente, «por unos pocos dirhams», tal y como había leído en
varias guías de viaje. La realidad fue bastante distinta: la cuenta final
resultó considerablemente más elevada de lo esperado. Todo el proceso tenía
cierto encanto popular, aunque también una evidente orientación al visitante
extranjero. En definitiva, era una experiencia simpática, siempre que uno
estuviera dispuesto a aceptar que probablemente acabaría pagando bastante más
de lo previsto.
Uno de los lugares imprescindibles de Esauira era el baluarte defensivo y el paseo de las murallas. Frente a ellas se extendía el Atlántico, y resultaba fácil imaginar antiguos navíos piratas aproximándose para intentar asaltar la ciudad. No era extraño que aquel escenario hubiera servido como localización para varias producciones cinematográficas y televisivas, entre ellas algunas escenas de Juego de Tronos.
Sobre las murallas se alineaban
diecinueve cañones del siglo XVIII, fundidos en Sevilla y Barcelona, que
recordaban el pasado defensivo de la ciudad y su importancia estratégica en las
rutas comerciales del Atlántico.
Un poco más adelante se encontraba el Skala du Port, quizá uno de los rincones
más fotografiados de Esauira. Desde allí se contemplaba el puerto pesquero,
repleto de pequeñas embarcaciones pintadas de un intenso color azul que
contrastaban con el gris de las fortificaciones y el azul profundo del océano.
En los alrededores, numerosos puestos ofrecían pescado recién capturado que
asaban en parrillas improvisadas, impregnando el ambiente de un inconfundible
aroma a brasas y sal.
Como sucede en tantos destinos que alcanzan gran popularidad, el turismo masivo iba transformando poco a poco la ciudad. Cambiaban las costumbres, los comercios, el ritmo de vida y, en parte, también su esencia. En Esauira esa transformación ya comenzaba a percibirse con claridad y daba la impresión de que el delicado equilibrio entre autenticidad y explotación turística empezaba a resquebrajarse.




Inspirada descripción de tu ciudad. África le transforma a nuestro Tigre.
ResponderEliminarLa originalidad del resto hay que pagarla, no?
Si, hay que pagar la "turistada", como tu bien sabes, y eso que suelo tener pocos momentos para ello.
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