Atar,
como ya se ha señalado en posts
anteriores, se encontraba a unos 45 kilómetros del oasis. Era una ciudad en medio de la
aridez mauritana con cierta actividad, aunque sin nada especialmente reseñable.
Una población más. Su principal valor residía en ser un punto de tránsito y
comunicaciones para alcanzar enclaves más profundos y, a priori, más
interesantes.
Una
vez allí, el grupo se separó. Los malteses visitarían primero Chingueti,
mientras que el resto se dirigiría directamente a Ouadane, en un recorrido
más largo. Aunque la ruta inicial era prácticamente la misma —el camino hacia
Chingueti se desviaba a mitad de trayecto—, los vehículos empleados eran
distintos: todoterrenos 4x4 que, además de transportar pasajeros, servían
también para el acarreo de mercancías.
Todas
las informaciones recomendaban visitar primero Ouadane y dejar Chingueti para
el regreso, pero cada cual tenía sus propios planes. Los malteses, con menos
tiempo disponible, optaron por acercarse únicamente a este último enclave y
prescindir de Ouadane, más remoto.
El vehículo que los sacó de Atar iba cargado hasta los topes de fardos, cajas y objetos variopintos. Sin duda, transportaba parte de los enseres destinados a los habitantes de Ouadane. Una vez en marcha, los kilómetros transcurrían lentamente, siempre rodeados de un paisaje austero y desértico. Más adelante, la carretera ascendía por un desfiladero hasta desembocar en una planicie inhóspita y poco fértil: una llanura casi infinita, con un horizonte plano y lineal extendiéndose en los 360 grados de la mirada.
Hicieron varias paradas. Los pasajeros las aprovechaban para estirar las piernas o
atender necesidades básicas; para el conductor, en cambio, era el momento de la
oración. Arrodillado en dirección a La Meca, se entregaba a sus rezos y
plegarias. Al concluir, con la gravedad de un penitente y ante la imposibilidad
de comunicarse verbalmente —no hablaba otro idioma que el suyo—, invitaba con
gestos a los viajeros a subir de nuevo al vehículo para reanudar el trayecto.
El sol descendía lentamente hacia el horizonte y la noche terminó por envolverlos cuando aún faltaban muchos kilómetros para llegar al destino.
En plena oscuridad, finalmente, llegaron a Ouadane.



Bueno Blas, aparte de ese inmenso desierto que protagoniza tu escrito, me llama la atención algo que no sueles frecuentar (y si lo haces no sueles referirlo...que yo recuerde): En esta ocasión te mueves en un grupo, en esa troupe de malteses, etc.
ResponderEliminarSi con el conductor no te puedes comunicar por el idioma, ¿qué tipo de comunicación se establece con el grupo? Supongo que el inglés será la lingua franca y que habrá gente desconfiada y que no hable mucho y gente parlanchina que no pare de hablar. Unos quizás se limitarán a charlar de cosas estrictamente necesarias relacionadas con el viaje, pero otros quizás cuenten sus "aventuras" de ese y otros viajes.
¿Es mejor viajar solo que "mal" acompañado?
Un abrazo!
Sí, amigo Emilio. El grupo se formó y continuó sobre todo porque la ruta que seguíamos era más o menos la misma. En Mauritania, no hay muchas rutas a seguir, pues, cuando te internabas en el desierto, los caminos eran 'habas contadas'.
EliminarA mí en esta ocasión me vino bien (creo que es la primera vez), pues como ya verás (lo contaré en otro 'post') no hubiera hecho "el tren de hierro" si no hubiera ido en ese 'grupeto de mochileros'. Me hubiera perdido una gran experiencia viajera, aunque esté un poco denostada.
Abrazos.
Pues nos dejas intrigados...
ResponderEliminarEspero...
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