Samarcanda,
Bujara y, también, el valle de Ferganá, son algunas de las etapas de un viaje
milenario que ha llegado hasta nuestro presente. Estas famosas etapas o
localidades están ubicadas todas ellas en el actual Uzbekistan. ¿No parecería
suficiente motivo para que el viajero
insatisfecho iniciara un “viaje de conocimiento”?
[¿”Un
viaje de conocimiento”?: no pretende ser un iluso explorador, pero sí quisiera conocer
algo esencial de esta ruta].
Aterrizó en Taskent (Uzbekistán), pero como su plan era llegar hasta Jiva, organizó el trayecto evitando que fuera una ida y vuelta repetitiva: pisando los mismos sitios en tren o en bus en ambos sentidos. Decidió tomar un avión doméstico hasta Urgench, ciudad vecina de Jiva. Haría, así, un único viaje de vuelta por medios terrestres conociendo las renombradas ciudades de Jiva (o Khiva), Bujara (o Bukhara) y Samarkanda, y tal vez, Shahrisabz, población donde en el siglo XIV había nacido Tamerlan, hombre histórico y clave en la zona. Un gran conquistador de la época.
Una
vez en Urgench, como un primer recorrido inicial, organizaría un viaje
relámpago hasta un lejano lugar del que había oído una triste historia: la
extinción del lago Aral, al menos, en gran parte. Se trataba de ver in situ la terrible situación del lago,
o lo que quedara de él, y hacer la foto de rigor. Para ello tomó un transporte
particular hasta la ciudad de Moynaq, aledaña al lago seco. Negoció y regateó
un vehículo con conductor y lo arregló por 80 euros, no excesivamente caro pues
eran más de 350 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta. Hacerlo en
transporte colectivo local (no había muchos) le hubiera llevado, al menos, tres
días. No quería perderse la imagen de esta barbarie cometida a finales del siglo
XX y principios del XXI: un lago Aral extinguido por la ambición e
inconsciencia soviética de implantar en la zona el cultivo masivo de algodón,
gran consumidor de agua, y motivo principal (además, de otros) de que este histórico
lago hubiera casi desaparecido. Y era verdad, en la ruta, pudo ver grandes
extensiones de algodón.
Le venían al recuerdo las clases de geografía, cuando estudiaba en la escuela, a finales de los 60 del siglo pasado, y el maestro lo señalaba con el puntero en aquellos viejos mapas enrollables.
La población de Moynaq era un conjunto de casas a ambos lados de la carretera que llevaba al antiguo puerto fluvial del lago, ahora, inexistente. Desde lo alto del terraplén, formado por la falta de agua, pudo ver varios oxidados barcos, grandes embarcaciones de pesca varadas en la arena a merced del sol abrasador. Un sol desértico y asfixiante. Recorrió los fondos areniscos del lago y fotografió los restos de las embarcaciones. Un monumento, en forma piramidal inclinada, homenajeaba al lago, o lo recordaba, pero el hecho evidente era que el inmenso lago había desaparecido.
Algunas noticias recibidas a posteriori de otros viajeros decían que, en la parte opuesta a Moynaq, ahora territorio kazajo, el lago se estaba recuperando un poco. Parecería una buena noticia, aunque este mochilero duda de su veracidad al completo, visto lo visto en Moynaq.

















































