Tren Yangón-Bago
Estación de Myitkyina
En el mundo actual, lleno de AVE’s, rápidos Altaria’s, Talgo’s o los trenes-bala
japoneses, ¿quién no añora con cariño aquellos trenes de mitad del siglo
pasado, lentos, zigzagueantes, ruidosos, machacones y perezosos?. El viajero insatisfecho si los añora, en
especial el que conoció de niño, aunque no en su tramo completo: el famoso tren
de vía estrecha La Robla-Bilbao, y más, en concreto, el ramal del mismo estilo
entre León y Matallana de Torío. El origen del proyecto del ferrocarril de La
Robla -según explica Wikipedia- “habría
que buscarlo en la gran importancia adquirida por la industria metalúrgica en
el País Vasco a finales del siglo XIX, y su considerable repercusión en el
desarrollo industrial del norte español. El combustible fósil llegaba a los puertos vizcaínos por vía marítima,
procedente de Asturias e Inglaterra en los mismos barcos que exportaban el
mineral de hierro. Pero la brusca subida del carbón inglés
entre 1889 y 1890 dio lugar a que el poderoso capital
siderúrgico vasco buscase alternativas en las cuencas carboníferas
leonesa y palentina. Fue entonces cuando surgió la necesidad de
un medio de transporte eficaz y económico que uniera las emergentes
acerías vascas con las aisladas cuencas mineras. El elegido fue
el ferrocarril, que tras la Revolución industrial se había
convertido en el transporte terrestre más ventajoso”.
Algunos recuerdos, e historia.
En la actualidad, y en cuanto a la red española de alta velocidad, es la
más extensa de Europa, con 3.100 kilómetros, y la segunda más larga del mundo
solo superada por la china. Pero este mochilero leonés debe ir al grano, a
referirse a su última experiencia en trenes lentos, muy alejados del AVE
actual. En su último viaje a Myanmar tuvo oportunidad de disfrutar de dos
recorridos en este pausado transporte. Uno de ellos, le llevó prácticamente el día solar,
salió de Myitkyina sobre los 8 de la mañana y llegó a Katha
(su destino final) sobre las 5 de la tarde, cuando el sol comenzaba a dar sus
últimas bocanadas. El otro trayecto, mucho más corto, fue entre Yangón
y Bago, antigua capital birmana. En ambos trenes (en el primero de ellos acoplado en
un anticuado pero cómodo asiento mullido de primera clase) disfrutó a sus
anchas. No le pareció una pérdida de tiempo, sensación tan extendida en este
mundo de prisas y atropellos. Disfrutó del paisaje, a veces semi selvático;
otras, moteado de pueblos birmanos con vida, con gentes, con antiguas y
pequeñas estaciones, con jolgorio aunque, quizás, todo ello entumecido por el
carácter apacible de sus gentes.
Trayecto Myitkyina-Katha
Trayecto Myitkyina-Katha
El trayecto Yangón-Bago (alrededor de dos horas y
media) lo utilizó de ida y vuelta. A juicio del mochilero leonés, un medio
barato hasta la saciedad, con clásicos asientos de madera que le transportaron
su mente a aquel viaje infantil en tren León-Villamanín, también lento
y con duros asientos de tiras de madera. Su objetivo era visitar la antigua
capital birmana de Bago. De acuerdo con la leyenda, el símbolo de la ciudad era una hamsa hembra (ave mitológica) sobre el lomo de una hamsa macho. A
un nivel más profundo, el símbolo representaba la compasión del ave macho que
ofrece a la hembra un sitio donde posarse en medio de un lago en el que solo
había una isla. Por eso se decía que los hombres de Bago eran más gentiles que los
de otras partes de Myanmar. Sin embargo, en la cultura popular birmana los
hombres bromeaban diciendo que no se atrevían a casarse con mujeres de Bago por
temor a ser dominados.
Este tímido mochilero, en su visita, no vio hamsa alguno.
Este tímido mochilero, en su visita, no vio hamsa alguno.
Historias y leyendas.
Pequeños, entrado en un monasterio, en Bago
No tenía mucho tiempo para recorrerla queriendo, como quería, regresar a
Yangón ese mismo día. Alquiló, una vez más, una moto-taxi con una misión clara: recorrer los lugares más emblemáticos de la ciudad en sólo tres horas. Esto ni
es de empedernido y ducho viajero ni siquiera de un bisoño turista, pero era el
tiempo que tenía y a ello se atuvo. De la visita en si a la ciudad, más de lo mismo. Mucho templo,
muchos budas, alguno de ellos gigantesco, y grandes estupas doradas.
Fin.
“¡Quiero, quiero, quiero volver a África!”.
Gigantesco Buda tumbado, en Bago
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