27 de mayo de 2008

El mensaje de “El Roto”

Este mochilero no pudo menos que reírse al ver el chiste de “El Roto”, ayer en el diario El País. Pensó en los bloggers, en general, y, en alguno, en particular. Entre ellos, en él mismo.
Este descarnado humorista (que siempre incide en la diana con sus particulares maneras) no se refería expresamente a nadie en concreto, claro está, sino que podría ser un mensaje a todos los que tienen una pequeña bitácora.
El viajero insatisfecho se aplicó el cuento (andantes = viajeros), tomó nota, e intentará mejorar para tener “más pegada”.
Difícil misión.

¿No somos todos merecedores de tener “más pegada”?.
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23 de mayo de 2008

¿Cacique o sueño?

El viajero insatisfecho se ha relacionado con chamanes (son un misterio) y con jefes de comunas (normales y corrientes), pero nunca lo ha hecho con caciques.
Pero caciques antiguos.
Aquellos de las películas infantiles que, aunque bravos, mantenían un cierto aire de exotismo. No como los de ahora, que se convirtieron hace tiempo en peligrosos.
Aquellos, ya no existen. En sus paseos los ha buscado y en su interior los tiene descritos, pero no los ha visto. Se va a atrever con la descripción de uno de ellos que tiene en su mente:
Era uno de los hombres más notables y más aristocrático de entre los de su raza. Para ser un cafre (habitante de la antigua colonia inglesa de Cafrería, en Sudáfrica), su corpulencia resultaba inmensa; pero no era solamente grueso, sino de aspecto imponente, monumental. Su cuerpo erguido estaba cubierto de bellos y ricos ropajes, de sedas trenzadas y coloreadas y de bordados de oro. Su enorme cabeza, iba envuelta en un pañuelo verde y negro; la cara grande, redonda y llena de arrugas y sinuosidades; dos profundos surcos semicirculares partían de cada lado de las anchas y exageradas ventanillas de la nariz y parecían encerrar la boca, de gruesos labios, en una cerca prisionera. El cuello era macizo como el de un toro. Constituía, en fin, un conjunto que, una vez visto, no se olvidaría jamás.
¿Sería un cacique o sería un sueño?.
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16 de mayo de 2008

El 100 por 100

Para cruzar el río Zambeze era necesario hacerlo en una barcaza que transportaba camiones, autobuses, bicicletas y pasajeros. El viajero insatisfecho así lo hizo en su trayecto de sur a norte de Mozambique. Siempre le llamaron la atención estas barcazas: parecen construidas para sufrir un inevitable percance.
No sabe por qué.
El puente que construían allí iba para largo (ver uno de sus pilares en la fotografía). No hacía falta ser ingeniero para deducir tal afirmación.
Era un río impresionante, mucho más si el día era lluvioso, con las nubes cayendo amenazadoras en el horizonte, que imprimían una terrible sensación de humedad. Cuando se llegaba a laorilla, uno se veía desbordado por la cantidad de vehículos que aparecían por sus alrededores. Los camiones se mezclaban con las personas que por allí merodeaban; con los puestos de venta de frutas, de bebidas, de comida aparentemente insana, de venta de todo tipo de artículos, en un raro desorden, que los guardias mozambiqueños conseguían controlar no siempre con adecuados modales.
Los vehículos fueron los primeros que ocuparon un sitio. El resto del pasaje, amontonado, al final. Tres blancos, contados, subieron en ese turno a la barcaza-transbordador. Cuando ya navegaban por el centro del río, el viajero vio detrás, por el rabillo del ojo, a los otros dos. Mientras, les escuchaba hablar en español.
Se giró completo e hizo la siempre impertinente pregunta: ¿Españoles?. Si. ¿Qué hacéis por aquí, de 'turisteo'?. No, somos cooperantes de Cruz Roja. Estamos aquí, al lado, en un pueblo. Por aquí pasaremos un mes….
¡La cosa tiene serendipia!
Tres blancos, los tres españoles.

El 100%.
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7 de mayo de 2008

La lucha del viajero

Viajar es algo muy, muy serio,…… Y divertido, y apasionante, y enfermizo, y gratificante…. Hubo un tiempo -cree este intrépido mochilero- que la marabunta viajaba porque así al regreso de vacaciones tendría algo que contar, y si salía en la conversación -que salía- tendría algo de que hablar. De esta manera, viaje se convertía en un fonema más dentro del feliz reencuentro delante de un café con churros, y salía de su boca como la palabra atasco, o playa, o suegra, o hamaca.
Podría convertirse en algo odioso o, quizás, contradictorio.
Pero no.
El viaje y el viajero no son como el día y la noche que se empujan mutuamente: te ocultas tú, para aparecer yo. No, el viaje y el viajero son como la luna y la noche: donde estas tú, estoy yo.
El primer viaje de este mequetrefe fue a la India. Fue un pronto, un impulso, una decisión impetuosa, una manera de homenajearse a sí mismo, a su trayectoria. Hasta entonces.
Pero a partir de ahí, todo cambió.

La lucha por conseguir lo alcanzable había comenzado. Surgió en los recovecos de la mente de un muchacho que iba camino de convertirse en un paseante más, en un merodeador más, y un caminante más de las calles y recodos del Madrid de entonces, y de ahora.
Y luchó, luchó y luchó por evitarlo.
Ahora, el viajero insatisfecho, en sus recorridos mochileros, ve hasta imágenes y caras en las rocas ¿se habrá fumado un porro?.
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29 de abril de 2008

El gallo canta (Para mi amigo Pp Porras)

Los diez primeros días de su viaje-mochilero por Colombia se dejó acompañar por un amigo. Era, o parecía, un momento peligroso para viajar por ese país, en especial si se leían los periódicos, con informaciones, día sí y día no, de secuestros y encontronazos del Ejército con la guerrilla y las FARC.
Desde Bogotá, un vuelo les llevó, a su amigo y a él, a Leticia, a orillita del río Amazonas. Una barca contratada les adentró en la inmensidad de la selva por afluentes amazónicos llenos de vida animal, vegetal, salvaje, y de pirañas. La noche la tenían que pasar en un poblado amazónico, ya en territorio peruano.
Las comodidades de la vida madrileña contrastan con las incomodidades de la selva amazónica. Yo, aquí, no creo que pueda dormir, aseguró el amigo al subirse, no sin ayuda, a la hamaca en la que debería descansar.
Ya en la suya, la mente del viajero insatisfecho comenzó a fantasear. Reinaba un completo silencio y quietud, y en los rincones se amontonaban las sombras que producía una mísera vela encendida, cuando -a los dos minutos- el amigo-que-no-podría-dormir roncaba como gorrino en su cochiquera. No pudo este viajero evitar el golpe de risa convulsiva, forzada y, a la vez, entrecortada ante la sorpresiva aparición de aquellos ruidos venidos, quizás, de ultratumba. Seguro que se les oiría más allá de la quietud de la estancia, en la orilla del río que hacía poco habían surcado -ambos- sin el menor indicio de agotamiento.
Varias horas después.
Pocas.
Los que han velado alguna vez a un enfermo conocen esos débiles ruidos que se oyen en medio del silencio. De repente, en ese duerme-vela amazónico, el canto del gallo sonó como un estruendo dentro de la cabaña.
Se acabó el feliz descanso.
- ¡Hijo-e-puta! Fue el grito que al unísono soltaron el viajero y su amigo cuando el día comenzaba a levantarse.
No eran más de las seis de la mañana y el gallo entonaba su habitual canto de libertad debajo de las hamacas, al margen del sueño, cansancio o espanto de unos mochileros venidos de lejos.

¿Quién molestaba a quién?.
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22 de abril de 2008

Ilha de Moçambique

El explorador portugués Vasco da Gama desembarcó en Ilha de Moçambique de camino a hacia la India, en 1498. Eso fue hace más de 500 años. Este viajero insatisfecho llegó a pisar sus huellas, atravesando un estrecho puente de unos tres kilómetros de largo, que es lo que la separan del continente. Apareció por allí cuatro días después de un fuerte ciclón, del que todavía se veían sus efectos. Muchos de los árboles centenarios que tenía la antigua ciudad aparecían arrancados (fotografía grande), todavía en el suelo donde la fuerza de la naturaleza les había dejado.
Tres partes tiene la isla -pequeña y alargada- muy diferenciadas, las tres muy mal cuidadas: la fortaleza, la ciudad de piedra y la ciudad de Makuti.
Le sorprendió la fortaleza (fotografía pequeña), o fuerte de Sao Sebastiao, abandonado.
Le sorprendió la ciudad de piedra, Patrimonio Mundial de la UNESCO, muy tranquila y ligeramente cuidada; aún así, la consideró abandonada. Dos estatuas modernas, en apariencia levantadas en algún acto conmemorativo de pasados centenarios, representando a conquistadores o antiguos exploradores o dueños, no tenían letrero indicativo alguno ¿No habrá algún movimiento anticolonialista, destructor de conmemoraciones ridículas?.
Le sorprendió la ciudad de Makuti, ciudad de pescadores -semihundida entre calzadas laterales- en cuyos angostos callejones, de negro y viejo aspecto, resonaban los murmullos de las madres, los gritos de los niños, los ladridos de los perros y las alborotadas gallinas. Mientras, los todavía artesanos pescadores entretejían y reparaban sus redes en la arena.

Muy cercana.
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16 de abril de 2008

El kudú


Nada que ver con las vacas que crecieron a la par con el viajero insatisfecho. El animal más salvaje que pudo ver durante sus primeros años de vida.
Sus lejanos días infantiles.
El kudú es el símbolo del Parque Nacional Kruger (Sudáfrica). No lo es el fiero león, ni el poderoso elefante, ni el imponente rinoceronte negro. El kudú es como la salvaje naturaleza, como los animales que acampan por la sabana, como este viajero: asustadizo y libre. Viste rayas discretas, nada que ver con las folclóricas de las cebras, ni -en el otro extremo- con las inapreciables del impala.
Hay muchos. Se vislumbran a lo lejos, pero en cuanto el coche se detiene y el ávido viajero apunta la cámara, o permanecen inmóviles o salen huidizos hacia la espesura. Es muy bello el kudú, con ese cuerpo en apariencia fibroso, sin la agilidad de un impala pero con la fuerza en la carrera de un depredador.
Y es herbívoro.
Sus cuernos en espiral y fuertes tienen la fuerza visual de algunos de los mejores momentos de la película King-Kong, versión antigua (1933). No pregunten a este mochilero -por un día convertido en voraz turista- el por qué.
Como alma-animal huidiza que es en su llanura selvática, no pudo captar una buena fotografía. La que muestra es la mejor, lograda aprovechando el zoom de su humilde cámara, con la calidad que, tal vez, no sea la apropiada para los muy admirados y expertos fotógrafos de la blogosfera.

11 de abril de 2008

¿Mozambicano o cubano?

Siempre defendió, y lo sigue haciendo a pesar de lo agotado que siempre termina, que los viajes en autobuses africanos son como “la madre de todas las batallas”, “la teta donde mama el viajero”, “la vitamina de los amaneceres”,… Y eso que, también, este viajero insatisfecho defiende su espacio vital, que se va ¡al carajo! en el momento en que sube al dichoso 'carro'. Todo es contacto, codazos inoportunos, sudores que se mezclan con la ropa del vecino, roce sistemático de brazos, piernas encogidas,…..
¿Dónde quedó su espacio vital?.
En ese vehículo mozambicano, sentado en la parte de atrás, el mochilero escuchaba la conversación del joven que estaba a su lado y otro que se acomodaba, en diagonal, en la fila anterior. Unas veces hablaban portugués, lengua oficial en el país, y otras, cubano. Si, cubano, el acento era su seña de identidad.
Morenos, casi negros. Jóvenes. Cuando se expresaban en portugués, les veía en Mozambique. Cuando lo hacían en cubano, les imaginaba en La Habana.

Uno de ellos se apeó. El que estaba al lado continuó viaje.
“¿Qué hace un cubano tan lejos de su tierra?”, preguntó el viajero. “No. Soy mozambicano, pero mi niñez y juventud las pasé en Cuba”, dijo en perfecto español cubanizado. Otra vez que el mochilero no acertó.
Y van,….. veinte mil.
Pocos años después de la independencia, con Samora Machel al frente del FRELIMO y de la República Popular de Mozambique, los intercambios entre Cuba y este país africano fueron frecuentes. Fidel Castro enviaba personal especializado (médicos, profesionales, militares,…) a este país del hemisferio sur, mientras Mozambique desplazaba a la isla caribeña jóvenes a estudiar y formarse como futuros comunistas. Pero apareció el RENAMO a desestabilizar al FRELIMO, a Samora Machel, y paralizar al país entero.
Guerra civil.
En este intercambio Cuba-Mozambique participó el vecino de asiento y compañero de viaje. En la Isla de la Juventud (Cuba) le pilló la guerra civil de su país y se pasó seis años ¡seis! sin noticias de su familia. A su regreso, a principios de los noventa, con 24 años, comprobó que todos estaban desaparecidos.
Solo, sin ser querido alguno, se volvió loco. Vagabundeó cuatro años por el país, durmiendo en la calle, viviendo de limosnas y perdido.
Ahora ya no. Todo se arregló con el matrimonio, que me salvó. Me casé y tengo dos preciosas hijas”.
Este mochilero leonés conoció a una de ellas, cuando vino a recibirle al bus.


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7 de abril de 2008

El puente


En algún blog -leído estos días- le han dado protagonismo a los puentes. ¿Qué mejor manera que mostrarlos en todo su esplendor a través de una fotografía?.
El viajero insatisfecho va a añadirle además un breve comentario a su particular puente.
Se encontraba de camino a "La Ciudad perdida", en la Sierra Nevada colombiana, en uno de los puntos de obligado paso después de dos días de agotadoras caminatas con subidas y bajadas por las estrechas veredas de las estribaciones montañosas. Este puente sobre el río Buritaca había sido construido por los kogis y arzario, pueblos de la zona, dignos herederos de la famosa civilización tayrona ya extinguida.
Al cruzar esta artesanal e impresionante obra ingeniera (?), le hicieron una fotografía de recuerdo (ver), para regalar a su paisano y amigo, ingeniero de Caminos y diseñador de puentes en España.
A este caminante le impresionó -también- la breve charla con el chamán-mamá Lorenzo, hombre difícil y poco comunicativo pero verdadero jefe espiritual para las gentes de la zona, que acuden a su destartalada cabaña, a unos metros del río, en son de consejo y buenaventura.

2 de abril de 2008

Todo el mundo tiene talento....

Todo el mundo tiene talento, es original y tiene algo importante que decir
BRENDA UELAND
.
.
Basándose en esta frase que leyó hace unos días, el viajero insatisfecho trató de autojustificarse sobre el por qué escribía en un blog. Nada más lejos que intentar ponerse rosas sobre su linda cama; nada más lejos que pretender adornarse con adulerías de otros, pero…..
Hace tiempo que conocía un blog-colega, que también habla de viajes, que le había dedicado una entrada, compartida con otras dos bitácoras (pinchar). No había querido sentirse orgulloso, ni pregonar su existencia pero hoy le ha dado por ello.
Cede su orgullo a sus lectores.

28 de marzo de 2008

Cerca de la frontera


ESCRITO YA EN ESPAÑA.
DE VEZ EN CUANDO, EL
"VIAJERO INSATISFECHO" SEGUIRÁ CONTANDO COSAS DE MOZAMBIQUE.

Cuando estaba leyendo la experiencia sobre lo oído en la frontera, entre Nicaragua y Costa Rica, por los autores, Rosa Regàs y Pedro Molina, del libro Volcanes dormidos, este viajero no pudo menos que recordar los problemas existentes entre Zimbabwe (ahora arruinado -política y económicamente- por Mugabe) y Mozambique. En Manica, una ciudad muy cerca de la frontera con “el territorio Mugabe”, gran cantidad de refugiados anglo-parlantes son criticados por los portugo-parlantes de Mozambique.
“Su dinero no vale nada”, decían -entre orgullosos por el suyo y apenados por sus vecinos- los herederos de los lusitanos. El viajero insatisfecho lo pudo comprobar al comprar un billete de 10.000.000 de dólares de Zimbabwe por 10 meticais, moneda mozambicana (unos 30 céntimos de euro).
(La fotografía que acompaña este “post” es la reproducción exacta del billete de curso legal que este mochilero adquirió como artículo de recuerdo).
“Sus mujeres no quieren trabajar”, decía el mismo conversador, haciendo referencia al grupo de llamativas y flamantes negras, de escotes generosos y modales procaces que merodeaban por la terraza del bar del hotel. El conversador en cambio no dijo -y querría este mochilero dejar constancia de ello- que en otras ocasiones -la mayoría- estas mujeres, u otras parecidas, hacían los trabajos más bajos y menos gratificantes en suelo mozambicano.
Pero no sería justo viajar a Mozambique a reclamar con los menos favorecidos una sensibilidad que los españoles de hoy, en una situación similar (salvando las diferencias y distancias), tampoco parece que estemos muy por encima de los mínimos exigibles.

24 de marzo de 2008

Los mercados africanos (Mozambique)


Ser simple y sencillo es una buena medicina para la comprensión y el entendimiento de ciertos matices, sensaciones o pasiones vividas.
Si hay una cosa caótica, al menos en apariencia, son los mercados africanos. Pero no esos mercados con artesanías inservibles para los turistas impulsivos de las compras anodinas, sino los puestos de venta de sus productos básicos, locales y cotidianos.
Puro caos.
Son cosas y más cosas apiladas en inestables tenderetes (estos, si son artesanía), colgadas de los árboles y colocadas en el suelo; encima de otro producto, sobre la destruida acera o sobre un pequeño arbusto cercano (verde, siempre verde). Personas resguardadas del sol bajo sus propios tenderetes, mujeres sentadas en un saco de arroz y detrás de varios cestillos con pequeñas cosas (pocas): tomates, patatas, arroz, pimientos, guindillas, naranjas, verduras raras,….
Ninguna de estas unidades productivas pasarían los controles de calidad de los países europeos, lo que le hace pensar a este caminante que difícil colocación tendrían en cualquier mercado de la Vieja Europa (hartos estamos de ver tomates todos iguales. ¿Quién compraría un kilo de este popular producto si sus unidades no fueran todas la viva imagen unas de otras?).
Y gritos.
Muchos gritos.
Y, otras, silencio.
Una vende arroz, o maíz, y tiene sobre su producto varias latas de diversos tamaños (tal vez, ¿un kilo?, ¿medio kilo?). Latas de hojalata que ahora sirven para medir pero que otrora, hace muchos años, fueron el glorioso envase de buenos productos exportables. Y niños (muchos niños), sentados en las aceras con su palangana de cacahuetes, con su cortada botella de plástico que hace de medida. Los niños, también las mujeres y jóvenes, al pasar el viajero insatisfecho, le miran con extrañeza. Los niños, tal vez, con tristeza, y hacen amago de ofrecerle su venta. Si les mira a los ojos, se amilanan y se olvidan de su ofrecimiento.
Al viajero le ofertan productos inservibles:
¿Para qué quiere una pequeña caja de herramientas, made in China?.
¿Para qué le sirve un juego de cuchillos?, y
¿para qué un viejo y oxidado pestillo de una puerta?.


Copyright © By Blas F.Tomé 2008

20 de marzo de 2008

Gorongosa (Mozambique)

El Parque Nacional de Gorongosa fue antaño uno de los más importantes de África.
Otra cosa venida-a-menos.
Parece ser que estos últimos años resurge, aunque la población animal no puede compararse con la que tuvo en sus primeros comienzos.
Se pueden ver impalas, antílopes acuáticos, oribis, kudus, jabalíes verrugosos, hipopótamos, elefantes y, con suerte, algun león. La gran cantidad de aves es una maravilla. En el noroeste del Parque se encuentra el monte del mismo nombre, envuelto en leyendas locales, que despiertan la voraz curiosidad del occidental que llega a sus cercanías.
Como persona que escribe esta entrada lo vió, como viajero insatisfecho lo soñó. Gorongosa estaba cerrado al subir al norte del país, por fuertes lluvias e inundaciones (es la época lluviosa). En un fracasado intento pudo imaginar todo eso, y soñar, y arrepentirse de haberlo soñado, e intentarlo de nuevo a la bajada del norte, y volver a fracasar.
Cuando estaba escribiendo este breve texto en su libreta de notas, al lado de una cerveza, alguien le preguntó: “¿periodista?”.
- No, “blogger”.
Miró con "cara-de-haba" y se fue.

13 de marzo de 2008

No se identifica con lo escrito (Mozambique)

De Beira a Quelimane (dos ciudades costeras de Mozambique), debería haber sido un viaje de nueve horas, según lo previsto, pero derivaron en veinte.
Debería este mochilero haber viajado en un cómodo (relativo este adjetivo en África) pero viajó en un pequeño microbús atestado de personas y, a ratos, cuando la lluvia arreciaba (!!y cómo llueve!!, cuando llueve en Mozambique), abrazado a su mojada mochila, que viajaba normalmente en el techo de autobús, pero cuando era rescatada de allí, después de hacer detener al “carro”, goteaba ya empapada. Créanle, que no había otro sitio en el dichoso autobús.
Debería haber “falado” con los viajeros que le rodeaban pero eran parcos en palabras, casi mudos y antipáticos y poco predispuestos a entretener al blanco barbudo, que debería haberse quedado -pienso que pensarían ellos- en su país para viajar con su gente, evitar entrometerse en su ambiente, de ellos, y, con ello, no provocarles el trastorno de parar el buseto cuando llovía y rescatar la mochila de dónde nunca debería haber sido colocada por el propio cobrador mozambicano (!!Y encima el que se creaba enemigos era este indefenso mochilero!!).
El viajero insatisfecho, después de 20 horas de un pesado y cansino viaje, repleto de paradas, también de averías, con el dolor de espaldas de rigor y harto de sí mismo y los demás, escribió en su libreta de notas el siguiente texto con el que ahora ni se identifica, ni pareciera haber salido de su pensamiento y pluma:

Siempre tuve la extraña impresión que iba a ser viajero hasta la eternidad, pero parece que la eternidad encontró ya su meta. Porque ya no me siento el viajero que fuí. El goce de viajar se está convirtiendo en una neblina. Difícil traslucir lo que hay detrás”.

7 de marzo de 2008

Contrastes, demasiados (Mozambique)


Casa colonial en Beira

En África las cosas son como son. Si cambiaran ya no sería África, sería Honolulú, o Torremolinos o el Shangai de los chinos. No importa saber cuando comenzó este empobrecimiento porque, en realidad, ese paso-atrás nunca ha acabado.
Este viajero insatisfecho ha encontrado este continente -una parte de él, pero significativa- como la dejó hace varios años. Todos aceptamos la tradicional y discutible distinción entre el fondo y la forma. Tratará de explicar la forma, siempre sencilla e inteligible, pero no el fondo que es siempre profundo y complejo.
!! Ay, el fondo!!.
El continente estaba lleno de jóvenes, también de niños que jugaban y gritaban cuando el sol ha caído. De personas sin-techo, sucios, demacrados, envejecidos (era curioso que nunca les ha visto con su botella-tetra-brick de vino o alcohol al lado). Estaba lleno de trabajadores que en las pocas terrazas de los pocos cafés, se movían -en apariencia, ajenos- en la vorágine de la vida diaria, de su vida africana.
Esto ha visto en Mozambique, donde, si les mirabas a los ojos, se anticipaba e intuía a las boas pesoas.
Esto ha visto en Beira (en el centro del país), una ciudad venida-a-menos, de destartalados y sucios edificios coloniales, de demasiadas personas tumbadas bajo los singulares árboles africanos, de demasiados niños descalzos vendiendo chucherías.
Como contraste, tribus de niños y niñas guapos, aseados, saliendo de escuelas sucias y desconchadas. Adolescentes enamorados en cualquier esquina en un anochecer de sonrisas en sus corazones, y ejecutivos cansados en las simples (por sencillas) recepciones de las pensaos (pensiones) locales.
Y muchos y modernos móviles Nokia......
¿En qué mundo de contrastes estamos viviendo?.


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28 de febrero de 2008

Próxima parada: Mozambique

El viajero insatisfecho retorna a África, su “País-de-Nunca-Jamás”. Desea sentirse quijote en tierra extraña, despertarse en ciudad desconocida y saborear sensaciones agradables y embriagadoras. Fuertes y, a la vez, ligeras.
Leyó a otro viajero, hace unos días, y decía que cuando estaba lejos “sentía una euforia casi infantil al adentrarse en un mundo desconocido, al observar cosas nuevas”.
Pues eso.
África es y será un continente de retales, de mandiles rotos, de sharis de colores, de turbantes azulones, blancuzcos o jaspeados de rayas, de incomodidades viajeras y de días de meditación y arrepentimiento. Una tierra rojiza y ocre. A veces, encharcada de miseria; otras, reseca de sed y hambruna. De hombres fibrosos y extraños; de mámas de culo africano (african body) o negras mujeres de tipo europeo.
Pero, con todo y con eso, es África.
Con todos los respetos.
El mochilero se olvida de colonialismos y vidas mancilladas, únicamente observa, ve, siente y clama al cielo si algo no le gusta.
Lleva la mochila cargada de libros, de ropajes viejos, de zapatillas queridas y de vaqueros rotos.
Se dejará acompañar por Volcanes dormidos, de Rosa Regàs y Pedro Molina Temboury (lo compró por barato); La tregua, de Mario Benedetti (un regalo); Lord Jim, de Joseph Conrad (lo tenía pendiente), y más libros que quizás lea en sus horas previas al sueño. Y, también, de vuestros mensajes de apoyo, de vuestras caricias y silencios, de vuestros vocablos cariñosos. De vuestras palabras de ánimo, de aprecio, de comprensión, de vértigo y envidia.
No viaja acompañado, pero tampoco solo.
Y en esta salida, menos que en ninguna.

24 de febrero de 2008

La sencillez de un tema complejo

Cuando leyó este fragmento, el viajero insatisfecho no sabía hacia que posición decantarse. Incondicional como era del autor, no creía que esas palabras fueran todo lo precisas que exigía el tema. Las leyó una y otra vez. Y unas veces sí (precisas), otras no (precisas).
Tampoco eran para desmitificar la figura de su hacedor pero sí para poner una nota discordante a las abundantes reflexiones de sus escritos.
Ryszard Kapuscinski decía:
Una nueva mirada a la historia de África. Y es que, en los últimos quinientos años, dicha historia se ha dividido en dos épocas: la de la esclavitud y la del colonialismo; sólo que los historiadores solían tratar la de la esclavitud como algo marginal, tan sólo la mencionaban, mientras que todo el mal que ha perseguido a África lo achacaban al colonialismo. Sin embargo, era una imagen falsa del pasado, pues la trata de esclavos, es decir el robo y el asesinato de la población africana que se prolongó durante más de trescientos cincuenta años, destrozó y despobló el continente, frenó su desarrollo para siglos, lo marginó del mundo y lo condenó a la miseria y a una existencia vegetativa. Se trata del gran crimen, oprobio del mundo, cometido sobre África. El colonialismo, en cambio, que imperó durante un tiempo sensiblemente inferior, pues fueron menos de cien años, es un fenómeno bastante complejo. A pesar de que era un sistema de explotación, abusos y humillaciones, no dejó de tener un lado positivo: aquí y allá construyó escuelas y carreteras, introdujo la administración e instituciones sanitarias. Sin embargo, se sigue omitiendo mencionar, no sin cierta turbación, el horror de la esclavitud, que fue decisivo para el atraso histórico de África y en su lugar se señala al colonialismo como al único culpable de todas las desgracias”.
Este mochilero sigue sin saber qué es lo que le mantiene en esa duda y por qué no apoya completamente las palabras de este monumental periodista.
¿Podría ser por la sencillez con que está expuesto un tema tan complejo?.
¡¡Valiente!!

18 de febrero de 2008

Divisó dos cuerpos

A lo lejos, divisó dos negros cuerpos femeninos que se acercaban balanceándose como dos ramas movidas por el viento. Daba la impresión de que jugaban entre ellas mientras se acercaban lenta, muy lentamente. Ya se sabe que en la lejanía la sensación de movimiento se ralentiza. La escena era entretenida y de exquisita generosidad visual. No lo dudó un momento y el viajero se sentó en uno de esos troncos corroídos, por el agua del mar, que se encontraba muy cerca de donde rompían las pequeñas olas en la arena. Desde allí pudo observar sus cuerpos con cierto disimulo pero -a su vez- con una ansiedad carnal que esos días afloraba en su piel y su interior. Mientras las observaba a lo lejos, ambas mantenían sus juegos, pequeños empujoncitos y lo que creía fueran risas de amistad y complicidad. Era una imagen estéticamente serena. Si fuera de una película, su director la hubiera difuminado para impresionar al espectador y realzar su belleza. Pero la imagen era de una realidad pasmosa. Entre tranquilo y nervioso, esperó a que estuvieran a pocos metros, entonces -se dijo- “las abordaré”.
No fue necesario.
Se acercaron a él entre risas y breves comentarios que oía como un bullicio chismoso. Le ofrecieron artesanía local, collares, anillos y figuras de madera, todo ello labrado, con profesionalidad, pero también con cierta torpeza.

11 de febrero de 2008

Noches de ayahuasca y silencio


El viajero insatisfecho echó un vistazo al interior de la cabaña, en medio de la selva amazónica, para buscar un sitio donde sentarse y observar la puesta en escena del chamán. Éste se vistió con cierta lentitud programada o, quizás, provocada por el cansancio de caminar los agrestes y húmedos senderos del paisaje selvático.
El mochilero parecía dominar la situación. Dio un trago a la ayahuasca (mezcla hervida de corteza de bejucos y hojas de chacruna, oco-yajé, y otras) del vaso que llegaba a sus manos después de hacer un recorrido por los labios de otros cinco observadores y, sin mucho aspaviento a pesar del fuerte contenido, devolvió el vaso vacío a Humberto, el guía local. Era noche cerrada y la única iluminación que había eran cuatro míseras velas que en el mismo instante en que el chamán comenzara con su rito serían apagadas para vivir la experiencia en la más absoluta oscuridad.
Pasados unos minutos, nuevo trago de ayahuasca, el sagrado líquido.
El chamán, en su continuada parsimonia, lió su cigarro de conjuros, mezclas herbáceas y alucinaciones que, junto con el sagrado líquido, era fundamental en estos rituales. Bebió, fumó, bebió y volvió a fumar hasta que se puso temperamental y bravo. Luego, tras unas frases indígenas de vital calado, comenzó con su ritual de limpieza. De uno en uno.
La ayahuasca salía insistente de ronda, incluso a oscuras, y el aforo comenzaba a sentir sus efectos.
Al llegar su turno, el sumiso mochilero se sentó frente al hombre, que -entre tragos y bocanadas de humo- recogía con exagerados gestos los malos espíritus. Insuflaba y, después, absorbía el humo de su cabellera (ver fotografía), como quien aspira el veneno después de una mortal mordida de serpiente.
Malas enfermedades y augurios, pero “el viajero no debe preocuparse -dijo- la limpieza cumplió su cometido”.
El ritual había terminado.
Mientras los allí congregados, ya trastornados por el brebaje, desgranaban alguna de sus vivencias, el anciano chamán y su anciana compañera, con una humildad que parecía casi un insulto, se acurrucaron en una esquina de la cabaña para así pasar la noche, en este caso, no de lobos. El chamán miró al grupo por última vez. Parecía cansado, pero el suyo era un cansancio infinito que procedía de algún rincón profundo de su interior. El hombre parecía llevar una carga interna, el peso de las penas, la angustia y la tristeza de la humanidad entera. O quizás, también, los malos espíritus de este avieso trotamundos.

7 de febrero de 2008

Hoy toca escuchar

Nada que contar.
Hoy toca estar callado.
El viajero insatisfecho piensa en esa gente que encuentra, a veces, por los caminos de otros países y por las rutas de otras tierras, que tienen auténtica serenidad a la hora de estar y aparecerse en momentos delicados.
Y reflexiona: “cuando uno habla con estos personajes, termina uno callándose. Todo lo que presentan, hasta su triste mirada, es pura y absoluta verdad”.

Hoy toca escuchar.

3 de febrero de 2008

La Nariz del Diablo

De toda la línea del ferrocarril ecuatoriano trans-andino entre Guayaquil -en la costa pacífica- y Quito sólo se conserva el trazado que va de Riobamba a Alausí. Es un tren de vía estrecha que pasa por lugares irrepetibles y que circula con una obligada lentitud debido a sus difíciles curvas y pendientes.
El ferrocarril (toda una obra de ingeniería), que comenzó a construirse por Guayaquil, llegó Riobamba en 1905, después atravesó su punto más alto en Urbina (3.618 m) y finalmente llegó a Quito en 1908. Pero los desprendimientos de tierra que provocaron las lluvias torrenciales de El Niño (1982-1983) y los daños que produjo este fenómeno en 1997-1998, obligaron al cierre de todo el recorrido, tan sólo se pudo reparar el tramo que discurre entre Riobamba y Alausí, y unos pocos kilómetros más, hasta atravesar la Nariz del Diablo, en un espeluznante descenso y en un increíble zigzag que obliga en ciertos tramos a ir marcha atrás.
A veces, puentes de aspecto desvencijado cruzan profundas quebradas. Toda una movida-turista desde el techo del tren donde se viaja (ver imagen grande), sin otra separación de los precipicios que el vacío. La experiencia de este viajero en ese tren se saldó con ocho descarrilamientos (ver imagen pequeña). Ocho, que un grupo de empleados ferroviarios solucionó con una habilidad pasmosa.
De verdad, que fueron ocho. El viajero insatisfecho no salía de su asombro.

Fue allí para conocer y palpar un poco más la historia de este trazado ferroviario, buscando y queriendo entender su historia. Pero una vez allí, simplemente, lo sintió. Los viajes son un patrimonio personal, un bagaje que no permanece estático, sino que se alimenta día a día. No se si alguien imagina lo que puede salir de una aburrida y perezosa charla en un autobús o, en este caso que nos ocupa, en un ribazo a orillas de la vieja vía, esperando que el tren retorne al sitio de donde nunca debió salir: de sus raíles.

27 de enero de 2008

No todos los caminos llevan a Roma

El Parque Nacional Tortuguero, en Costa Rica, fue un delicioso lugar para este viajero insatisfecho.
A veces él mismo se asombra de lo despistado que puede estar en un país, cuando se trata de ir a un lugar previamente decidido. Señala en el mapa, quizás, una ciudad cercana a donde piensa dirigirse. Y allí, sin más, se encamina. Pero, sobre todo, cuando los parajes son complicados “no todos los caminos llevan a Roma”. La proximidad puede no ser el lugar ideal para lanzarse al descubrimiento de un territorio cercano insensible al caminante o viajero. A veces dependerá de las lluvias; a veces, de la época turística; otras, dependerá de la propia naturaleza que cortará el paso. No siempre se llega en el primer intento.
Pero fue divertido, una vez descubierta la ruta, lanzarse con un bote a motor (de caro alquiler -otro paisano local insensible a las miserias de este mochilero-) por la multiplicidad de canales que atraviesan el Parque y que brindan al visitante una oportunidad única de conocer la exuberante flora y fauna de la zona.
Las tortugas que desovan en sus playas no las vió. La época no era propicia. Pero si se relajó en medio de esa inmensidad natural con mezclas de agua salada y agua dulce cristalina, perfectamente diferenciadas; observó incrédulo y silencioso a un colibrí explorando las flores de un pequeño arbusto, y escudriñó entre dos luces varios estrechos canales en una silenciosa piragua. Apreció la diversidad de animales que moran allí.
Preciosos amaneceres.
Amaneceres de monos cariblanca, manatíes, tapires, zopilotes, oropéndolas de Montezuma, gavilanes cangrejeros, jaguares, nutrias, perezosos de tres dedos, murciélagos pescadores, pecaríes, mapaches, y más, y más,………., y más.

22 de enero de 2008

Y si fuera la niña sagrada

Cuando sacaba esta fotografía (ver) casi le temblaban las manos. Este mochilero acababa de salir del patio del viejo templo nepalí, donde, con la disculpa de la religión y la tradición, mantenían a una niña semi-secuestrada. Esta otra niña, que vio unos minutos después asomada a la ventana del bello balcón de una calle cercana, era la viva imagen de la escena que podía haber presenciado -y no presenció- en el patio del templo.
Era la viva imagen de la niña sagrada.
La secuestrada.
Y si fuera.
Y si fuera la niña sagrada.
Si fuera la niña, la arrancaría de un tirón de semejante prisión religiosa, de semejante condena.
El templo, y su patio, era uno de los más antiguos de Katmandú. El libro-guía contaba la tradición al viajero, que se acercó, para reconocer más tarde, en sus recuerdos, haber estado allí, en Kumasi Bahal.
En esta casa, habita la diosa viviente. Es una niñita elegida hacia la edad de 4 o 5 años, dentro de una casta determinada, por su cuerpo sin defectos, su horóscopo que encaje con determinados criterios,…. Se satisfacen todos sus deseos y no sale más que para algunas ceremonias religiosas. Sobre todo no debe herirse, puesto que la aparición de la sangre significa para ella el fin irremediable de su carácter sagrado.
Por tanto, no juega, casi no se mueve y termina su carrera cuando tiene su primera regla. Se la devuelve, de nuevo, a su familia con un montón de regalos… y un poco “tocada” de la cabeza. Además, su vida quedará estropeada definitivamente ya que en la práctica nunca encontrará marido. Según una tenaz superstición, él moriría en los meses siguientes al matrimonio.
Puede asomarse a la ventana, pero está formalmente prohibido fotografiarla
”.
El viajero insatisfecho no la vio.
Vio a la otra.
A la inocente niña. A unos metros de su posible destino fatal.

15 de enero de 2008

De ronda de cervezas y ron

Si le pasa algo a mi amigo, le monto una balasera que no queda vivo ni el gallo”. Eso, o algo parecido, le dijo el joven-rancherito-venezolano al conductor del bus que llevaría al mochilero al centro de Caracas.
Ahora, desde la reflexión y el reposo, no sabe cómo llegó hasta allí (bueno, sí: despistado) pero lo que tiene claro es que jamás volverá a los ranchitos caraqueños en las condiciones que lo hizo en aquella ocasión.
Subió paseando. Miraba y miraba las casas y pequeños escaparates cercanos y, de vez en cuando, trataba de encontrar un punto donde divisar la ciudad en toda su extensión ¡Más arriba!, pensaba. Así, casi sin ser consciente de nada, se adentró en un territorio marginal, asfixiante, sorpresivo y peligroso. Cuando se encontró en pleno callejón sin salida -casi precipicio- con las caras de cuatro niños y señoras regordetas y sucias mirándole extrañadas, se dio mediana cuenta de dónde se encontraba. Dio la vuelta. Cuando se sintió rodeado por cuatro chavales bien vestidos pero de maneras provocativas -como provocativo es ser dueño de un territorio o calle sin ley- se puso a la defensiva.
La naturalidad parecía, en esos momentos, su mejor arma. Y esa naturalidad le llevó a invitarles a rondas de cervezas y ron; a dejarles la cámara de fotos como si no fuera con ellos su drama interior; a visitar una casa donde cuatro plañideras rezaban al muerto que tenían en la vecina habitación. Apuñalado, jovenzuelo, hermano del acompañante, ya casi amigo, de rondas de cervezas y ron.
Verle tieso en la cama tan moreno, casi imberbe, y oír a las plañideras rezar y llorar, llorar y rezar, fue como trazar una raya entre lo verdadero y lo falso. La muerte no era nada más que muerte, adornada con un mínimo candor de unas mujeres que, aparte de plañir, ofrecían al viajero insatisfecho arroz blanco y le invitaban con gestos a pasar al muy cutre salón. Mientras, en su cabeza, planeaba una salida digna del lugar, con naturalidad de amigo y sin sentirse trasquilado.
De allí, otra vez de rondas de cervezas y ron. Por fin, al bus. “Si le pasa algo a mi amigo, le monto una balasera que no queda vivo ni el gallo”.

11 de enero de 2008

Dakshin Kali

A unos veinte kilómetros de Katmandú estaba Dakshin Kali. Todos los sábados tenía lugar una ceremonia religiosa en honor de la diosa Kali, y allí se presentó el viajero insatisfecho siguiendo los consejos, recomendaciones o sugerencias del libro-guía “Salvat del Trotamundos”. Para recorrer estos veinte kilómetros desde Katmandú, nada mejor que un autobús local, cuya parada (bus-stop) no tenía pérdida si la mente-cuerpo-espíritu del viajero se encontraba por la zona o sus alrededores. Todo muy sencillo: seguir a los viandantes que llevaban en sus manos pollos colgados o tiraban con débiles cuerdas de rebeldes machos cabríos.
Dakshin Kali era un pequeño templo cobijado en un verde valle, más concretamente, en un verde barranco de pendientes escaleras de acceso, donde los sadhus -a veces con su particular parsimonia- hacían 'su agosto'. Todo analizado desde la distancia, pues 'su agosto' eran unas pocas monedas.
Para calmar la sed sanguinaria de la diosa Kali, muchos nepalíes se dirigían allí, ese día, para sacrificarla pollos y jóvenes machos cabríos. Ofrecerle flores, frutas e incienso.
Fue un espectáculo bastante impresionante, puesto que los oficiantes-carniceros chapoteaban en la sangre, igual que lo hizo este intrépido viajero sin querer, únicamente por su obsesión de implicarse en semejante ceremonia. Y allí se sintió observado, hasta que en lo alto de la empinada escalera apareció un grupo de turistas, que (¡Dios!) le hicieron huir de semejante templo de seducción o, tal vez, degeneración semi-carnal y cuasi-caníbal.
No vio religiosidad aparente, no entendió su significado. Más bien le pareció parafernalia de nepalíes que pretendían iniciar, así, el descanso semanal.

¿No se inician en España -a veces- los descansos festivos con sacrificios de animales de difícil comprensión?.


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7 de enero de 2008

Un lago de asfalto

Cuando el billete a Caracas ya estaba en su poder, el viajero insatisfecho hablaba en Madrid con un amigo que le explicaba vivencias de cuando él había estado en Trinidad y Tobago, como empleado de radio en un barco mercante. El amigo le comentaba, con un vaso de cerveza delante, que iban a cargar el barco de material asfáltico en un pequeño puerto de la isla Trinidad.
Después de Venezuela, era a donde tenía previsto llegar.
Para este mochilero, fue una larga estancia en Port of Spain, capital de esta pareja de islas que conforman un país. Tuvo tiempo de conocer la isla, hacer visitas a escondidas playas y, sobre todo, trasnochar en los panyards, escuchando música en directo.
Son muchos los motivos que impulsaban al viajero a moverse, y el acicate intelectual podría estar presente en todos ellos; pero en el fondo lo que contaba era el deseo de saber, a secas.
En uno de sus recorridos “triniteños” se acercó a conocer el puerto donde su amigo -hacía ya muchos años- cargaba asfalto y el lago natural de este material que aún existía y constituía una curiosidad turística. Una de las pocas que tenía la isla. Por otra parte, bastante poco atractiva para los cruceros caribeños que ni siquiera se acercaban a ella con regularidad.
Situado en la localidad de La Brea, era considerado uno de los lagos naturales de asfalto más grande del mundo: unas cuarenta hectáreas. Noventa metros de profundidad en el centro. A pesar de su fácil explotación y excelente calidad del asfalto natural, la extracción era de baja intensidad desde hacía tiempo pues el asfalto solía obtenerse más barato como segundo producto del petróleo. Este mochilero paseó por el lago sólido con esa sensación de perplejidad, producto de su desconocimiento, no creyéndose aún lo que su amigo le reveló -delante de unas cañas- como una curiosidad.
Producía una extraña sensación caminar por su centro, dónde máquinas -no muy avanzadas tecnológicamente- se dedicaban a recoger las capas superiores de este material para llevarlo a la planta industrial de tratamiento que se divisaba en uno de sus extremos. Al pisar por encima se veían pequeñas grietas con un cierto abombamiento que producían efecto de presión asfáltica del fondo a la superficie. Éstas, se cubrían de agua de manera natural (fotografía).

Nada espectacular.

1 de enero de 2008

El viajero también se deja engañar

A la ciudad de Mahajanga (en el noroeste de Madagascar) el viajero insatisfecho llegó procedente de Antananarivo (capital), después de un ajetreado y accidentado trayecto -de más de un día (avería, incluida)- entre saltos de bache en bache en un remozado Peugot 504, habilitado y ocupado ora por doce personas ora por quince.
Que ¿cómo entraban?.
Todavía se lo pregunta.
Después de una corta noche y mañana de profundo sueño en un hotel de Mahajanga, este viajero no tenía ganas de hacer grandes descubrimientos. Únicamente pasear por la pequeña ciudad. Hasta en eso es diferente Madagascar, sus calles llegan a ser interesantes.
Pasear, pasear, pasear, paseaaaaar….
Pero otro interés al del viajero-despistado tiene el hábil joven local. Ve negocio en cuanto asoma en la lejanía de la calle el blanco barbudo, a quien observa pasear sin rumbo por las calles polvorientas, cercanas a su hotel salvavidas.
No siempre es fácil desentenderse del incansable y simpático buscavidas, de los muchos que hay por las veredas y caminos africanos. A veces por simpatía, a veces por aburrimiento el mochilero deja que el villano (vecino del estado llano en una villa o aldea) decida cómo debe pasar la jornada.
En aquellas calles polvorientas cualquier emprendedor negocio turístico parecería alejado de cualquier viajero, pero si el buscavidas se lo sabe montar, podría organizar un recorrido por los alrededores que difícilmente realizaría una persona por sus propios medios, a no ser que el tiempo le olvidara en la ciudad un par de semanas.
Encomendándose a la buena voluntad del caza-turistas, el descubridor-viajero tuvo algunas veces posibilidades de descubrir ya parajes inolvidables.
No fue así en aquella ocasión.
Siguiendo las ocurrencias del joven -nada parecido a un plan preestablecido- en su oxidado Peugot (de poca cilindrada), este viajero vislumbró, entre otras insulsas plazas, un pequeño embalse sagrado, en medio de la nada, y plagado -a cientos- de peces, también sagrados, que ocupaban las limpias aguas de una especie de charco-oasis, ni necesario, ni maravilloso, ni auténtico merecedor de una fotografía.

26 de diciembre de 2007

Yo vi "Moolaadé"


Hace unos pocos días al mirar la programación televisiva, en La 2 anunciaban Moolaadé, una película desconocida de un cineasta octogenario senegalés. Pero lo que le llamó realmente la atención fue la breve crítica de El País: “En estos tiempos, Moolaadé es un filme imprescindible, que clama en contra de la ablación y a favor de la dignidad de las mujeres. Una obra, protagonizada por actores no profesionales, que desprende vida y verdad. Su proyección en todos los institutos debería ser obligatoria”.
Era difícil ver en este periódico una crítica de este estilo. Creedle. Al menos el viajero insatisfecho no había leído tal. Por esto y porque no era la típica película con el mensaje tópico americano se quedó a verla.
Mediante una estética africana manda al espectador un mensaje, sin afán moralizante, pero un mensaje contundente de los problemas de la sociedad rural senegalesa, a través de unos personajes entrañables. Se dejaba querer la tía Cole, también Dukuré (tío), y se dejaba querer Ansatu, la hija que no quiso someterse a la ablación y tendrá problemas para casarse al ser una vilacoro (no purificada). La cinta transcribe tan bien la vida de un poblado, desde una estética tan cuidada, que le recordaron sus días en Senegal, donde sin llegar a apreciar y a entender lo que vivió con la película, pudo captar una sociedad de religiosidad casi fanática y con tradiciones tan árabes como la ceremonia del té (ver fotografía). Pudo ver lo que supone para las mujeres del poblado ir por agua al pozo cercano o, tal vez, lejano: un momento de esparcimiento, de cotilleos, de relaciones humanas, de risas, de feminidad senegalesa y africana.



Copyright © By Blas F.Tomé 2007

20 de diciembre de 2007

El volcán Poás

Al mirar esta instantánea, a este mequetrefe le viene a la cabeza únicamente el olor percibido en el mirador que los costarricenses tienen perfectamente construido en un lateral de este peculiar volcán, el Poás. El mirador, acondicionado con suelo de cemento y apoya-brazos de madera, parece puesto a propósito para que todos los turistas saquen la misma foto.
Ni se asemeja a un volcán; ni tiene el exotismo de un volcán, ni se llega a su cráter por complicadas sendas que trepan por una pendiente ladera. Nada más lejos de una dificultosa ascensión y nada más lejos de una hazaña aventurera y complicada.
Eso sí, al mirar ésta u otras muchas fotografías similares que los visitantes habrán sacado desde este pseudo-púlpito, con la intención de recordar el paseo por uno de los lugares turísticos de Costa Rica, este viajero insatisfecho siente ahora el desagradable olor a azufre, a huevos podridos, desprendido por decenas de fumarolas que surgen en los alrededores cráter, convertido de manera natural en un lago verdoso.
Decía el libro-guía: El Poás es un volcán basáltico, con una altura de 2.708 m de altura y una actividad efusiva lenta, tipo lacustre.

Para cuasi-expertos.

17 de diciembre de 2007

La pagoda de Ly Thai To

Vietnam es uno de esos países que sorprendió a este mochilero. Por sus gentes, por su paisaje, por su orientalismo nada fanático y -en especial- por los momentos regalados. Cada fotografía, un “post”. Cada recuerdo, una sonrisa. Cada aventura, un recuerdo. Cada día, una aventura. Quizás no todos los que hayan visitado este país puedan decir lo mismo.
La fotografía esta tomada en Hanoi, su capital, y esto es lo que decía La guía del trotamundos sobre ella:
La pagoda del Pilar único es una pequeña y encantadora pagoda, en medio de un estanque en el que florecen los lotos, edificada en el siglo XI. Según cuenta la leyenda, fue construida por el rey Ly Thai To en honor de la diosa Quan Am, como muestra de agradecimiento. Careciendo de heredero varón, vio en sueños a la diosa sentada sobre un loto, tendiéndole un bebé. El rey se casó entonces con una bella campesina que encontró en su jardín, y tuvo el heredero deseado. La pequeña pagoda, contraída sobre un solo pilar, debía evocar, según la idea del arquitecto, un loto. Lástima que el pilar de madera original haya sido reemplazado por otro de hormigón. De todas formas, el conjunto resulta francamente encantador. Además, es el símbolo de la ciudad”.

A este viajero insatisfecho le pareció la historia tan oriental y vietnamita, aunque tan alejada de su espíritu anarco-viajero, que posó en el último peldaño, como queriendo jugarse a sí mismo una mala pasada.

12 de diciembre de 2007

No pensaba escribir este "post"

No pensaba escribir este “post”, ni lanzar a la blogosfera este momento mochilero que recoge la instantánea, pero hace unos días un colega del viajero insatisfecho le animó a ello. No podría traicionar su persona y mentir sobre esta fotografía. Esta colgada en una de las paredes del destartalado cuarto, visible al que se acerque y aborde esta vieja guarida de lobezno con mochila. El colega la vió.
“¿Por qué no hablas sobre ella?”, dijo señalando la fotografía.
Pues ahí va, colega:
En mi etapa de Río de Janeiro -solamente en esa- del viaje a Brasil, me dejé acompañar de un amigo del barrio que disfrutaba de unos días de su merecido descanso en la playa de Copacabana, y solamente en esta famosa playa. No salió de ella en los diez días que tenía como merecidos. Era su tercer año de insistencia veraniega en esa playa. Por ello, por no cambiar de aires, recibía mis críticas.
La playa no era lo mío, pero sí quería conocer Río de Janeiro. Día de sol y arena con mi amigo, cena en uno de los muchos restaurantes cariocas del paseo marítimo y sonido discotequero, también carioca, para finalizar la jornada. Música, toda; baile alegre; alcohol variado; mujeres, muchas,…. La noche salsera la pasé en una Sala de Fiestas con mi amigo y la novia-brasileña-por-interés del hermano de mi amigo, ausente en este viaje. La novia-brasileña-por-interés del hermano de mi amigo que necesitaba vengarse ante esa ausencia tan injustificada. Una venganza de mujer ofendida (nunca entenderé semejante hazaña, sino es pura necesidad, gusto y placer).
Una venganza de mujer ofendida que se venga en mi cama del hermano de mi amigo.
A primera hora de la mañana, se levantó al baño y la robé la fotografía. Nunca se la enseñé al hermano de mi amigo. Nunca estaré orgulloso de la fotografía, pero ahí está, en una de las paredes de mi destartalado cuarto”.

Copyright © By Blas F.Tomé 2007

7 de diciembre de 2007

Jardines de Suzhou


Estos jardines de Suzhou (China) sedujeron al viajero por su sabia combinación de piedras, arbustos y arena, reflejo de la sensibilidad de los antiguos dueños orientales y su amor por la naturaleza.
El casi inevitable surco de agua, junto con rocas semienterradas en el lago y puentes, simula el recorrido de un río y la perspectiva de un valle, apropiados ambos, en mágica armonía, para el recogimiento y meditación de su oriental amo y señor. Las rocas, elementos con gran fuerza simbólica, deben ser elegidas con sumo cuidado y deben tener formas artísticas, aunque importante es saber aprovechar también las ventajas naturales de la roca escogida. Las flores, componentes imprescindibles en la armonía, deben ser discretas para evitar un brusco contrapunto en la atención del visitante. Alguien muy versado en la materia mantuvo: Un jardín sobrio y visualmente panorámico es el secreto de la elegancia.
Este viajero insatisfecho recorrió varios de inusual belleza, vio en el ambiente “armonía, sobriedad, armonía y armonía” y observó cómo las turistas chinas -visitantes orientales de jardines orientales- se quedaban atónitas con su amiga de entonces, pizpireta, de grandes ojos y generosos pechos. Todas pidieron fotografiarse con ella, entre risas y venias orientales. Se convirtió, primero en sorpresa; luego, en incredulidad, y al final, llegó a ser mosqueante.
¿Fueron sus ojos o sus voluminosas tetas las causantes de tanto revuelo?.
Nunca lo sabrá.
Suzhou fue, y es, una de las mejores ciudades chinas para visitar estos jardines. Algunos libros-guía la venden como “la Venecia china”. Nada más alejado de la realidad.
Cuatro canales.
Cuatro sucios canales no le dejan a Venecia otra opción que protestar.
Si pudiera.

1 de diciembre de 2007

Capadocia

En Capadocia, región de Anatolia central (Turquía), a este aprendiz de trotamundos le llamaron la atención tres cosas: la formación geológica única en el mundo, la ubicación de los templos de los antiguos cristianos y la puesta de sol, que puede verse -si la naturaleza quiere- desde uno de los muchos promontorios de la zona. Además, el guía, contratado en este caso para facilitar la excursión, le llevó con puntual rapidez como si una bella atracción turística cerrara sus puertas. Y las cerró, en un momento determinado ante la presencia de cuatro o cinco viajeros que, a esa hora y en ese lugar, encontraron su regocijo muy cerca de la luz y el brillo de los astros.
Del astro rey, en este caso.
A lo lejos se oía música de ritmos orientales, con ecos irregulares, generados por el choque de sonidos con los extraños montículos arenosos y rocosos que completan el paisaje. De algún templo u oratorio musulmán, quizá turcomano, o druso, saldrían esas notas uniformes, celestiales, pero al grupo de viajeros le llegaban con los altibajos y dientes de sierra, similares a cola de dragón.
En los recovecos de estas figuras rocosas dalinianas, la imaginación vislumbra a los cristianos esconderse en agujeros imposibles, en templos decorados con pinturas-murales sobre roca arenisca, y ocultos de miradas de la persecución romana.
De persecución religiosa, sin más.
No se puede mostrar el paisaje, hay que visitarlo.
No se pueden explicar las sensaciones, hay que tenerlas.
No se puede uno esconder entre las rocas, habría que haber vivido en los albores de la civilización cristiana.

27 de noviembre de 2007

Discretamente feliz

Hay pueblos en el imaginario popular tan famosos como Macondo, pueblo ficticio descrito en la novela 'Cien años de soledad', del nobel de literatura colombiano Gabriel García Márquez. Fue en ese pueblo donde el autor reflejó muchas de las costumbres y anécdotas vividas en su infancia y juventud.
No sé por qué el veterano-mochilero-leonés se sintió en Macondo cuando llegó una tarde al poblado tanzano de Mto-wa-Mbu, conocido entre los viajeros como Mosquito Village (Mosquitos Pueblo). En el pasado, centro de trueque de las diversas tribus de la zona -entre ellas, los bantúes- y ahora, punto de descanso y de entrada al Lago y Parque Nacional Manyara (ver fotografía). Hemingway describió en el libro 'Las verdes colinas de África' sus cacerías en los alrededores del lago antes de que éste fuera declarado parque nacional.
Pues este Mosquitos Pueblo poseía una calle principal de tierra, parecida a los poblados del oeste en las películas de vaqueros, salpicada de casuchas y pequeñas villas empolvadas por los efluvios de ese camino-terrero al paso de los múltiples Land Rover que atravesaban, a veces rápidos y fugaces, rumbo al Serengueti y al Ngorongoro.
A uno de los bares, o casa de ultramarinos y bebidas, de la calzada principal fue a parar este mochilero, en cuanto dejó sus bártulos colocados y asentados en la habitación de uno de los hoteles baratos del lugar.
Y allí, en silencio, con una cerveza del tiempo entre las manos, observó a un rebaño de esqueléticas vacas gobernadas por tres niños masais; a tres monos, en apariencia viejos, cruzar entre dos cercanas villas, y a varias jóvenes mujeres, vestidas unas de negro y otras con saris de colores, pasear divertidas delante del solitario viajero. Riéndose ellas, tal vez, del aspecto de él, de su larga y poblada barba polvorienta o de su aparente aburrimiento.
Pero el viajero insatisfecho estaba feliz.

Discretamente feliz.


Copyright © By Blas F.Tomé 2007

23 de noviembre de 2007

Los dabbawallahs

Era la segunda visita del viajero insatisfecho a la India. El recorrido que empezaba en el sur (Trivandrum), finalizaba, tal y como tenía previsto, en Bombay (Mumbai). El vuelo de regreso a España partía de esta urbe.
Cuando se llega a una ciudad con la cantidad de habitantes y extensión que tiene Bombay, y teniendo dos escasos días por delante, la mejor idea es relajarse y ver únicamente lo que un cansado cuerpo -del mochileo- le permita merodear. En este caso, los dabbawallahs:
En la esquina de Queen’s Road, Church Gate Station es, entre semana, uno de los lugares más singulares de Bombay. Hacia las 11,30 horas, llega un tren de cercanías del que se apean unos viajeros poco comunes: miles y miles de fiambreras (dabba) que unos equipos humanos, ‘dabbawallahs’, han recogido en las casas particulares, desde los rincones más lejanos de la periferia. A la llegada del tren especial, que va parando en las estaciones intermedias, otros equipos de ‘dabbawallahs’ se ocupan de las fiambreras y las clasifican, según su número de orden, a lo largo de las aceras hasta que son entregadas a sus destinatarios, pequeños funcionarios y empleados de oficinas. Esta empresa no es sólo una increíble demostración de capacidad organizadora, sino que es también, la expresión de un hecho social importante que se desprende, en la mayoría de los casos, del problema de los tabúes y de la pureza ritual que ha de tener la persona que prepara los alimentos y la manera de prepararlos. En una palabra, para muchos hindúes, sigue estando prohibido aceptar comida preparada por cualquiera y de cualquier manera”.

Intercambio de friambreras

A este insaciable-mochilero le sorprendió el gentío que se reunía, pasaba, pululaba y charlaba por los alrededores de Church Gate Station. No pudo ver todo lo grandioso y extraño de esta reunión de fiambreras y tradiciones (ver fotografía), pero allí estuvo y disfrutó del ágil encuentro con una costumbre hindú, con algo que tiene que ver con las más bellas tradiciones religioso-sociales.

Copyright © By Blas F.Tomé 2007

20 de noviembre de 2007

"El peor viaje del mundo"

Otra vez estoy leyendo un libro de viajes. Esto me va a llevar a la ruina mental. Me va a crear adicción. Bueno, el caso es que estoy engullendo la historia de la expedición del capitán Scott al polo Sur (1910-1913), contada por uno de sus acompañantes. En realidad, pues, son las vivencias de un aventurero.
El libro en cuestión se titula “El peor viaje del mundo”, de Apsley Cherry-Garrard.
Quiero citar un fragmento que me impresionó referido a la naturaleza salvaje, natural y cruel, aunque lo leído hasta ahora sobre los exploradores es todo valentía y pundonor:
Los exploradores que descubrieron a los [pingüinos]-emperadores con sus crías (se refiere a una expedición anterior), observaron que los pingüinos que no podían conseguir uno vivo criaban polluelos muertos y congelados. También encontraron huevos descompuestos que posiblemente habrían incubado cuando ya estaban congelados.
Pues bien, nosotros vimos que estas aves estaban tan deseosas de empollar que entre las que no tenían huevos había algunas que incubaban hielo. Cuando fueron a recoger los huevos, mis compañeros se encontraron en varias ocasiones con pedazos de hielo redondeados, sucios, duros y más o menos del mismo tamaño. En una ocasión, a un ave se le cayó un huevo de hielo mientras la observaban, y entonces apareció otra y se lo guardó, hasta que le ofrecieron uno de verdad
”.
Esta salida desde el campamento-base que hizo el autor (aventurero) y otros dos compañeros a la costa de los pingüinos-emperadores estuvo marcada por el infortunio.
Llegaron el borde de la congelación y la locura.
La marcha del día era una maravilla (-40º) en comparación con el descanso nocturno (-50º), aunque las dos cosas eran horribles. Estábamos en las peores condiciones en que puede encontrarse un hombre que aún es capaz de seguir viajando; pero nunca oí una palabra de queja ni un juramento, y vi que la abnegación superaba todas las pruebas”.

Nunca había leído algo relacionado con aventuras polares. Su lectura es toda una experiencia…….., y aconsejable.