21 de marzo de 2026

Corazón ligero, de Antonio Fornés

Leer guías de viaje es un placer porque transforma la planificación en parte de la aventura, permitiendo soñar y anticipar el destino, descubrir su cultura e historia, y encontrar inspiración, ya sea a través de guías tradicionales, blogs o literatura de viajes, lo que expande el viaje más allá del entorno real y verdadero, y enriquece la experiencia general. 

Hasta aquí, lo bonito.

Para el viajero insatisfecho no es lo importante prevenir aventuras, anticipar experiencias y saborearlas antes de haberlas mordido. Prefiere ir con los ojos vendados, con algún resquicio de claridad. Y recuerda el libro “Corazón ligero”. El escritor y doctor en Filosofía, Antonio Fornés —a quien tuvo el honor de conocer en las reuniones viajeras de Altafulla— propone en este ensayo (podría convertirse en “libro-almohada” de cualquier curioso) una lúcida reflexión sobre el acto de viajar como vía de crecimiento espiritual. El viaje no es algo programado, es algo que te hace crecer cuando lo has experimentado. El autor quiere introducirse en el ambiente expedicionario como “un pardillo”, como viajero nada ortodoxo, pero apunta consideraciones de gran peso: “los verdaderos viajeros parten por partir, con el corazón ligero”, y se pregunta en qué consiste la auténtica aventura.

En su opinión no se trata de realizar andanzas fuera de lo común o vivir mil peripecias complejas, sino de hacer algo más simple y radical: salir a la ruta que tiene el componente real de vida. No pretende simplemente explicar al lector mil y una curiosidades exóticas de los sitios que ha visitado, sino que va mucho más allá: contempla con ojos de filósofo el paisaje físico y humano de cada territorio para abordar cuestiones que trascienden la experiencia viajera. Sus estancias en lugares tan dispares como el Kurdistán, Namibia, Irán, Etiopía, India o Nepal se ven enriquecidas con reflexiones sobre la muerte, la intolerancia, la terrible herencia de la colonización o las influencias culturales. En el fondo, este florecimiento y beneficio es el fin del libro, y su resultado, una sorprendente mezcolanza enriquecedora, llena de energía y muy entretenida.

Los viajes, bien entendidos, son experiencias amplificadoras, ¿de qué?, del camino que cada uno elija en su paso por la vida.



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6 de marzo de 2026

Parque Nacional South Luangwa / Zambia


Puerta de entrada

La ruta al Parque Nacional South Luangwa desde Lusaka la hizo en dos etapas. El primer tramo finalizó en Chipata, una ciudad de camino hacia el norte y fronteriza con Malawi. Allí pasó una única noche, al día siguiente partiría hacia su destino. Desde el hotel, donde había dormido y se encontraba, le llevaron a la parada de coches —apodados “colectivos”— que partían hacía Mfuwe, población aledaña a la entrada del Parque Nacional. Este pueblo, con un fuerte carácter local africano, estaba sembrado de campamentos, lodges y hoteles, perdidos entre la foresta, que eran la base para las visitas expedicionarias al encuentro de animales.

Jirafa

Al descender del colectivo, contrató a un motorista-taxista para que le mostrara alguno de los campamentos ubicados por los alrededores, pasar la noche y poder organizar así, en uno de ellos, la visita. El elegido, y más barato, fue un campamento a orillas del río Luangwa (Croc Valley Camp), desde donde se podía observar a la perfección hipopótamos, cocodrilos o elefantes en el ancho río que, entonces, tenía escaso cauce.

Poca agua, y en las pozas próximas que se formaban en los meandros, gran cantidad de hipopótamos retozaban casi inmóviles, enseñando sus lomos y emitiendo sus característicos berridos.  Sentado en una butaca, en uno de los márgenes del río, les observaba con placidez. Le llamaba la atención sus escasos movimientos durante el día, si exceptuamos alguna breve pelea entre ellos, a la espera de que la oscuridad motivara su instinto y animara a salir de las aguas para conseguir alimento: esa forma de pastar les ocuparía gran parte de la noche.

Era la segunda visita a este Parque Nacional —la primera hacía once años—; un recorrido siempre placentero en un jeep o 4x4 para ver impalas, kudús, hipopótamos, cebras o elefantes. Partió en la expedición al día siguiente dentro de un grupo, formado por clientes del campamento. Había un inglés, varios holandeses y una pareja de alemanes —siempre acompañados por esa fama de puntuales ciudadanos— que llegaron tarde todos a la cita, al punto de encuentro. Este viajero insatisfecho, habitualmente escrupuloso, llegó el primero y tuvo que “comerse el marrón” de soportar la impuntualidad de sus compañeros de aventura que iba conociendo según iban llegando. ¡Malditos!


Elefantes, saliendo del cauce del río Luangwa

Hipopótamos, en el río Luangwa

Era época seca en el recinto y las extensiones de pasto, arbustos y árboles aparecían casi marchitos. Recordaba, de su anterior visita, las extensiones verdes de hierba y la fuerza vital de los arbustos, y le producía cierta tristeza encontrarlo tan seco. Los impalas, kudús o gacelas parecían rallar el suelo sin encontrar vestigio de alimento. Aun así, insistían en su pasteo o ramoneo. Además, vio leones, facoceros o jabalís verrugosos, jirafas y algún leopardo.

Fueron cuatro o cinco horas de game drive, según se dice últimamente. Este mochilero lo llamaría “paseo de avistamiento” de animales del bosque.

El reposo de una pareja de leones


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21 de febrero de 2026

Lusaka / capital de Zambia


Avenida, en Lusaka

Habían transcurrido ya once años desde la primera visita del viajero insatisfecho a Zambia ¿Cómo pasa el tiempo? ¡Once años desde que pisara Lusaka por primera vez! Ahora, no la visitaba por una convulsiva necesidad interior sino por exigencia viajera: el vuelo rumbo a Kigali salía de allí.

Como tenía aún varios días —pensaba pasar más tiempo en Zimbabue, y había previsto una estancia zambiana inferior— dedicó un tiempo a Lusaka que, tal vez, no se merecía, ni tenía previsto. Paseó por sus calles y comprobó, de primera mano, muchos cambios en la modernización de una ciudad; o, quizás, la miró con otros ojos, o se movió por zonas que no había visitado la primera vez. El caso fue que la encontró más tranquila, con algunos edificios más modernos, sin tanto ajetreo africano como recordaba. Todo el “folklore africano”, la gente agolpada y el bullicio parecía estar concentrado en los alrededores de la Terminal de autobuses. Alejándose un buen trecho de allí, la tranquilidad parecía estar alcanzada. No era verdad, pues en otras zonas también se encontraba gran jaleo local. Descrito así, se podría decir que era una ciudad irregular, en la que contrastaba la modernidad con el abigarramiento africano.

Se hospedó en el mismo backpackers en el que lo había hecho hacía años y, ahí sí, vio deterioro. A este hospedaje le había atropellado el tiempo y, hasta cierto punto, el abandono, pero aún así pudo pasar dos días en relativa armonía interior, y personal. Otras dos noches pasaría —en la espera de tomar el vuelo— al regreso de su visita al Parque Nacional South Luangwa, cientos de kilómetros al norte de la capital.

En resumen, una ciudad que, sin abandonar sus raíces, parecía progresar a buen ritmo, o eso apreció este mochilero.


Avenida, en Lusaka

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3 de febrero de 2026

Viaje a la luz del Cham, de Rosa Regás

Libro

Un libro, un relato en primera persona de un “viaje a la luz del Cham”, como se apunta ya en su título. En realidad, una incursión placentera y relajada en Siria.

En este viaje de dos meses, la escritora pone su mirada, su pasión, su inteligencia y su particular manera de observar, en lo esencial del momento vivido. Destaca esa reivindicación de la aventura, necesaria para descubrir, comprender y dar a conocer los lugares, aunque sin extenderse en exotismos culturales.

No solo son trayectos por el país, son momentos estáticos respirados: las calles de Damasco, vividas al momento, o rememoradas como pasado; la existencia de sus gentes; la luminosidad y vastedad histórica del país; los encuentros con las gentes locales y la interacción con ellos; el desierto y sus pobladores. En definitiva, unas vivencias que la autora sabe describir con maestría.

Recorre, además de Damasco, el valle de Orontes, transita por el valle del Éufrates, visita Afamia, Ugarit, Palmira y la famosa Alepo. Llega, incluso, a los altos del Golán, usurpados por los israelíes al país. Interactúa con los drusos, en el sur, y con los beduinos, en el desierto que, si bien, aunque éste le asusta, no se posiciona en su contra.

En el texto se alterna la crónica de esos viajes con la reflexión sobre la situación en que se encuentra el país. Muestra las diversas tendencias de los sirios, y su actitud frente a Occidente y frente al integrismo. Reflexiona sobre el papel que desempeñan los fieles al régimen y sus opositores, la condición de las mujeres y de los niños. Todo ello, salpicado de pequeñas anécdotas de vida.

Un texto en que la autora se suma a la forma de narrar de los autores de libros de viaje que la precedieron. Pone, además, disponible al lector la información para que éste se convierta —si este es su deseo— en viajero que avanza por ese mundo que ella va descubriendo, que le resulta desconocido, pero del que aprende. Incluso, se remonta a hechos del nacimiento de la civilización a la que ella pertenece.


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21 de enero de 2026

Entrada en Zambia


Río Zambeze, desde el puente de hierro

Cruzar la frontera de Zimbabue y entrar en Zambia era un proceso muy sencillo. Sellado de salida en el pasaporte, en la frontera zimbabuense; paseo de unos 800 metros hasta la llegada al puente de hierro —sueño arquitectónico de Cecil J. Rhodes—; cruzarlo, con una inevitable parada para admirar desde lo alto al rio Zambeze, que por un prolongado cañón se alejaba del salto (de las cataratas), y —después— recorrer otros 300 metros hasta la frontera de Zambia. Una simple gestión de comprobación, y sellado de entrada en el pasaporte.
Se encontraba en un nuevo país.

A la entrada al recinto de las cataratas Victoria, por este lado zambiano, consiguió un taxi compartido que le llevaría a Livingstone, la ciudad más grande de los alrededores. Distaba unos 12 kilómetros.

Una población poco interesante en sí misma, aunque muy solicitada para hacer escala cuando se pretende visitar las cataratas por el lado zambiano. El viajero insatisfecho aprovechó la estancia para cambiar dinero, conseguir una tarjeta SIM para su móvil, y poco más.

Pasó una noche en el Victoria Falls Backpackers Zambia —la tarde fue de relax en el amplio patio que ofrecía— y, al día siguiente, emprendería camino hacia la capital del país, Lusaka.

Ya conocía este alojamiento de hacía unos años, cuando había visitado Zambia. Había cambiado ligeramente, con pequeños arreglos en el patio y en los servicios que ofrecía. Aun así, lo mantenía en el recuerdo, y le sirvió para rememorar aquel antiguo viaje. Con una cerveza Mosi al alcance.


"Con una cerveza Mosi al alcance".

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10 de enero de 2026

Cataratas Victoria (Mosi-oa-tunya) / Zimbabue


Cataratas Victoria

Se levantó relativamente temprano en el Shoestrings Backpackers Lodge. Tomó un café con una especie de pastel y se lanzó a la calle en busca de la entrada al Parque Nacional Cataratas Victoria  (Mosi-oa-tunya) que —según le habían dicho— estaba muy cerca del lodge donde había pasado la noche. Aun así, tuvo que preguntar a un comerciante que le observaba, parado a la puerta de su tienda, cuando avanzaba por la calle. Era una mañana espléndida, con el sol ya erguido en el cielo, a medio camino de su plenitud, que —como habitual— sería al mediodía.

El precio de la entrada a las Cataratas Victoria variaba según el lado (Zambia o Zimbabue), siendo actualmente 50 USD para adultos en Zimbabue. El viajero insatisfecho ya había tenido la experiencia del lado zambiano; ahora, se precipitaba hacia una nueva experiencia, en el lado zimbabuense.

Desde la entrada hasta la escultura de Livingstone, que se consideraba el inicio del recorrido, habría unos 400 metros, transitados entre un sencillo sotobosque por un paseo asfaltado y en buenas condiciones: ser destino turístico famoso obliga.


Estatua de Livingstone
Salto, al principio del recorrido

Después de dar varias vueltas a la estatua del gran explorador se acercó al primer punto o primer mirador (hay unos 17 miradores en todo el recorrido). Ya desde éste, o desde el segundo —no recuerda—, pudo darse cuenta del bajo nivel del agua en las cataratas: era época seca y el cauce del rio Zambeze disminuía bastante, lo que afectaba —como era natural— al fluido que formaba el salto. Aun así, en algunos miradores, el agua desprendida por la fuerza del salto flotaba y caía sobre las cabezas.

(Su altura era algo más de 100 metros).


Época seca: poco agua en algunas partes de la catarata

Fue un paseo tranquilo, admirando los grandes y más pequeños saltos que formaba la naturaleza, y que mostraba en todo su esplendor. Más que describir, la experiencia in situ era —y es— fundamental: sentir la fuerza del agua; el ruido que surge del barranco pedregoso; el rocío de agua que se eleva como una nube y llega hasta las cabezas de los visitantes, y la sensación de inmensidad. Casi todos los visitantes hacían el recorrido en el mismo sentido y no de manera atropellada, pues la afluencia de turistas en la época era poco elevada. Pidió, en ciertos miradores, a alguno como él que le hiciera fotos para dejar constancia a la posteridad de su paso por allí.

El recorrido terminaba al lado del puente de hierro, que fue el sueño de Cecil J. Rhodes para su ambicioso proyecto de unir por tren El Cairo (Egipto) con Ciudad del Cabo (Sudáfrica). Esta obra arquitectónica, diseñada por H.S. Hobson y construida a primeros del siglo XX, era, además, frontera entre Zambia y Zimbabue.


Puente de hierro, frontera entre Zambia y Zimbabue

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Antiguo 'post' sobre las cataratas Victoria, desde el lado zambiano [AQUÍ].
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