21 de febrero de 2026

Lusaka / capital de Zambia


Avenida, en Lusaka

Habían transcurrido ya once años desde la primera visita del viajero insatisfecho a Zambia ¿Cómo pasa el tiempo? ¡Once años desde que pisara Lusaka por primera vez! Ahora, no la visitaba por una convulsiva necesidad interior sino por exigencia viajera: el vuelo rumbo a Kigali salía de allí.

Como tenía aún varios días —pensaba pasar más tiempo en Zimbabue, y había previsto una estancia zambiana inferior— dedicó un tiempo a Lusaka que, tal vez, no se merecía, ni tenía previsto. Paseó por sus calles y comprobó, de primera mano, muchos cambios en la modernización de una ciudad; o, quizás, la miró con otros ojos, o se movió por zonas que no había visitado la primera vez. El caso fue que la encontró más tranquila, con algunos edificios más modernos, sin tanto ajetreo africano como recordaba. Todo el “folklore africano”, la gente agolpada y el bullicio parecía estar concentrado en los alrededores de la Terminal de autobuses. Alejándose un buen trecho de allí, la tranquilidad parecía estar alcanzada. No era verdad, pues en otras zonas también se encontraba gran jaleo local. Descrito así, se podría decir que era una ciudad irregular, en la que contrastaba la modernidad con el abigarramiento africano.

Se hospedó en el mismo backpackers en el que lo había hecho hacía años y, ahí sí, vio deterioro. A este hospedaje le había atropellado el tiempo y, hasta cierto punto, el abandono, pero aún así pudo pasar dos días en relativa armonía interior, y personal. Otras dos noches pasaría —en la espera de tomar el vuelo— al regreso de su visita al Parque Nacional South Luangwa, cientos de kilómetros al norte de la capital.

En resumen, una ciudad que, sin abandonar sus raíces, parecía progresar a buen ritmo, o eso apreció este mochilero.


Avenida, en Lusaka

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3 de febrero de 2026

Viaje a la luz del Cham, de Rosa Regás

Libro

Un libro, un relato en primera persona de un “viaje a la luz del Cham”, como se apunta ya en su título. En realidad, una incursión placentera y relajada en Siria.

En este viaje de dos meses, la escritora pone su mirada, su pasión, su inteligencia y su particular manera de observar, en lo esencial del momento vivido. Destaca esa reivindicación de la aventura, necesaria para descubrir, comprender y dar a conocer los lugares, aunque sin extenderse en exotismos culturales.

No solo son trayectos por el país, son momentos estáticos respirados: las calles de Damasco, vividas al momento, o rememoradas como pasado; la existencia de sus gentes; la luminosidad y vastedad histórica del país; los encuentros con las gentes locales y la interacción con ellos; el desierto y sus pobladores. En definitiva, unas vivencias que la autora sabe describir con maestría.

Recorre, además de Damasco, el valle de Orontes, transita por el valle del Éufrates, visita Afamia, Ugarit, Palmira y la famosa Alepo. Llega, incluso, a los altos del Golán, usurpados por los israelíes al país. Interactúa con los drusos, en el sur, y con los beduinos, en el desierto que, si bien, aunque éste le asusta, no se posiciona en su contra.

En el texto se alterna la crónica de esos viajes con la reflexión sobre la situación en que se encuentra el país. Muestra las diversas tendencias de los sirios, y su actitud frente a Occidente y frente al integrismo. Reflexiona sobre el papel que desempeñan los fieles al régimen y sus opositores, la condición de las mujeres y de los niños. Todo ello, salpicado de pequeñas anécdotas de vida.

Un texto en que la autora se suma a la forma de narrar de los autores de libros de viaje que la precedieron. Pone, además, disponible al lector la información para que éste se convierta —si este es su deseo— en viajero que avanza por ese mundo que ella va descubriendo, que le resulta desconocido, pero del que aprende. Incluso, se remonta a hechos del nacimiento de la civilización a la que ella pertenece.


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