
“Un viajero insatisfecho es un viajero apasionado en potencia”.
He ahí el dilema; tal vez del autor; tal vez de los viajeros en general; tal vez del que lo lee y medita.
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dado en el hotel Casa Blanca, Mancora, para denunciar que el día de hoy, a las 11,45 AM, en los momentos que se encontraba caminando por la playa El Amor, fue interceptado por un sujeto no identificado, el cual lo amenazó con una arma blanca (cuchillo) para luego proceder a quitarle su canguro, color marrón claro, lo cual contenía en su interior una cámara fotográfica digital de color plateada de marca OLYMPUS; un reloj marca LOTUS color dorado, valorizado en 200,00 euros; 200 nuevos soles en dinero efectivo, una conexión de cable USB de su cámara fotográfica. Este tipo presentaba las siguientes características: vestía polo amarillo, short gris, 1, 68 m de estatura. Ted gruesa, color trigueño de pelo corto, para luego de cometer el hecho se dio a la fuga conduciéndose a las lagunas de oxidación, sienta la presente denuncia, ante la PNP, para fines de Ley…….”
Ayer leía Mi viaje por África del premio Nobel de Literatura, Winston Churchill. No había leído nada de él. Conocía lo que conoce la gran mayoría de los ciudadanos: sus días como primer ministro y, por referencias de otros libros leídos, sus andanzas y paso por Jartum.
Muy cerca de Sierra Maestra, cuna de la revolución cubana de Fidel Castro, en el Oriente isleño, este viajero insatisfecho desmitificó en su interior ese histórico acontecimiento.
Este mochilero no pudo menos que reírse al ver el chiste de “El Roto”, ayer en el diario El País. Pensó en los bloggers, en general, y, en alguno, en particular. Entre ellos, en él mismo.
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Los diez primeros días de su viaje-mochilero por Colombia se dejó acompañar por un amigo. Era, o parecía, un momento peligroso para viajar por ese país, en especial si se leían los periódicos, con informaciones, día sí y día no, de secuestros y encontronazos del Ejército con la guerrilla y las FARC.

El viajero insatisfecho retorna a África, su “País-de-Nunca-Jamás”. Desea sentirse quijote en tierra extraña, despertarse en ciudad desconocida y saborear sensaciones agradables y embriagadoras. Fuertes y, a la vez, ligeras.
ba en su piel y su interior. Mientras las observaba a lo lejos, ambas mantenían sus juegos, pequeños empujoncitos y lo que creía fueran risas de amistad y complicidad. Era una imagen estéticamente serena. Si fuera de una película, su director la hubiera difuminado para impresionar al espectador y realzar su belleza. Pero la imagen era de una realidad pasmosa. Entre tranquilo y nervioso, esperó a que estuvieran a pocos metros, entonces -se dijo- “las abordaré”.
Nada que contar.
El Parque Nacional Tortuguero, en Costa Rica, fue un delicioso lugar para este viajero insatisfecho.
Cuando sacaba esta fotografía (ver) casi le temblaban las manos. Este mochilero acababa de salir del patio del viejo templo nepalí, donde, con la disculpa de la religión y la tradición, mantenían a una niña semi-secuestrada. Esta otra niña, que vio unos minutos después asomada a la ventana del bello balcón de una calle cercana, era la viva imagen de la escena que podía haber presenciado -y no presenció- en el patio del templo.
“Si le pasa algo a mi amigo, le monto una balasera que no queda vivo ni el gallo”. Eso, o algo parecido, le dijo el joven-rancherito-venezolano al conductor del bus que llevaría al mochilero al centro de Caraca
s.
A unos veinte kilómetros de Katmandú estaba Dakshin Kali. Todos los sábados tenía lugar una ceremonia religiosa en honor de la diosa Kali, y allí se presentó el viajero insatisfecho siguiendo los consejos, recomendaciones o sugerencias del libro-guía “Salvat del Trotamundos”. Para recorrer estos veinte kilómetros desde Katmandú, nada mejor que un autobús local, cuya parada (bus-stop) no tenía pérdida si la mente-cuerpo-espíritu del viajero se encontraba por la zona o sus alrededores. Todo muy sencillo: seguir a los viandantes que llevaban en sus
manos pollos colgados o tiraban con débiles cuerdas de rebeldes machos cabríos.
Cuando el billete a Caracas ya estaba en su poder, el viajero insatisfecho hablaba en Madrid con un amigo que le explicaba vivencias de cuando él había estado en Trinidad y Tobago, como empleado de radio en un barco mercante. El amigo le comentaba, con un vaso de cerveza delante, que iban a cargar el barco de material asfáltico en un pequeño puerto de la isla Trinidad.
A la ciudad de Mahajanga (en el noroeste de Madagascar) el viajero insatisfecho llegó procedente de Antananarivo (capital), después de un ajetreado y accidentado trayecto -de más de un día (avería, incluida)- entre saltos de bache en bache en un remozado Peugot 504, habilitado y ocupado ora por doce personas ora por quince.
a propósito para que todos los turistas saquen la misma foto.